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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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Cuando agredieron al chiquillo que los sorprendió fumando hachís, las cosas pasaron de pronto a un nivel superior. Fue entonces cuando a Torsten, con su habitual olfato para la puesta en escena, se le ocurrió que podían llevar máscaras y guantes.

Ditlev y Ulrik recorrieron la distancia que los separaba de Fredensborg con varias rayas de cocaína en la sangre y el acelerador pisado a fondo. Gafas oscuras y unos abrigos largos baratos. Un sombrero en la cabeza, guantes en las manos. El cerebro despejado, nada de sentimientos. Un equipo de usar y tirar para una noche de diversión en el anonimato.

– ¿A quién buscamos? -preguntó Ulrik una vez frente a la fachada de color azafrán del café JFK que había en la plaza de Hillerød.

– Ya lo verás -contestó Ditlev mientras abría la puerta y se sumergía en aquel estruendo de viernes. Había gente ruidosa por todas partes. Un buen sitio para los amantes del jazz y las reuniones poco ceremoniosas. Ditlev detestaba ambas cosas.

Encontraron a Helmond en la zona del fondo. Con su cabeza redonda y resplandeciente a la luz de la lámpara del bar, gesticulaba apasionadamente en compañía de otro político local aún más insignificante que él. Su modesta cruzada pública.

Ditlev lo señaló.

– Puede tardar un buen rato en marcharse, así que vamos a pedir una cerveza mientras tanto -dijo retrocediendo hacia otra barra.

Pero Ulrik permanecía inmóvil observando a su presa con las pupilas dilatadas debajo de las gafas de cristales oscuros, seguramente más que satisfecho con lo que veía y con los músculos de la mandíbula en plena actividad.

Ditlev conocía a su amigo.

Hacía una noche brumosa y tibia y Frank Helmond y su acompañante pasaron largo rato charlando ante la puerta del local antes de despedirse y encaminarse cada uno en una dirección. Frank echó a andar lentamente por la calle Helsingørsgade y ellos, conscientes de que la comisaría no estaba a más de doscientos metros, empezaron a seguirlo a unos quince metros de distancia. Un factor más que hacía que la respiración de Ulrik se entrecortara de deseo.

– Vamos a esperar a que llegue al callejón -susurró-. Hay una tienda de ropa de segunda mano a la izquierda. Nadie pasa por allí tan tarde.

Algo más adelante, una pareja mayor avanzaba por la calle envuelta en la niebla con los hombros encogidos, a punto de llegar al final de la zona peatonal. Se les había pasado la hora de irse a la cama.

A Ditlev le traía sin cuidado, esos eran los efectos de la cocaína. Aparte de la pareja, todo estaba desierto y era perfecto. El suelo estaba seco. Una brisa húmeda se adhería a las fachadas y a los tres hombres, que al cabo de unos segundos adoptarían cada uno su papel en un ritual cuidadosamente planeado y sometido a numerosas pruebas.

Ulrik le entregó la máscara a Ditlev ya a escasos metros de Frank Helmond. Cuando lo alcanzaron, llevaban puestas las máscaras de látex. De haber sido carnaval, le habrían hecho sonreír. Ulrik tenía una caja llena de máscaras como aquellas. Así tenían donde elegir, solía decir. Para esta ocasión había escogido los modelos 20027 y 20048. Las vendían por internet, pero él no usaba ese sistema. Las compraba cuando viajaba al extranjero. Siempre las mismas máscaras y de los mismos números. Imposible seguirles el rastro. No eran más que dos viejos con el rostro surcado por las marcas de la vida, muy realistas y muy distintos de las caras que se ocultaban debajo.

Como siempre, Ditlev golpeó primero. Fue él quien hizo vacilar a la víctima hacia un lado con un pequeño suspiro mientras Ulrik la agarraba y la arrastraba hasta el callejón.

Una vez allí, Ulrik asestó sus primeros golpes. Tres directos a la frente y luego uno más a la garganta. En función de la fuerza con que los descargara, al llegar a este punto muchas de sus víctimas ya estaban inconscientes. Esta vez no se empleó tan a fondo, Ditlev le había dado instrucciones.

Condujeron el cuerpo casi inerte del hombre con las piernas arrastrando a lo largo del callejón y al llegar al estanque del castillo, diez metros más adelante, la escena se repitió. Primero unos golpecitos por el cuerpo, luego un poco más fuerte. Cuando la paralizada víctima se dio cuenta de que la estaban matando, de entre sus labios brotaron unos breves sonidos inarticulados. No hacía falta que dijera nada, las víctimas no tenían por qué hablar. Sus ojos solían decirlo todo.

Siempre que llegaba a ese punto, Ditlev empezaba a sentir oleadas palpitantes de calor por todo el cuerpo; eso era lo que buscaba, aquellas maravillosas oleadas cálidas. Como cuando jugaba al sol en el jardín de sus padres, tan pequeño que su mundo aún seguía componiéndose únicamente de elementos que querían lo mejor para él. Cuando lograba sentir aquello tenía que refrenarse para no acabar con la vida de sus víctimas.

Ulrik era diferente. A él la muerte no le interesaba demasiado. Lo que le atraía era el espacio vacío que mediaba entre el poder y la impotencia, y aquel era el punto donde se encontraba su víctima en ese preciso instante.

Se sentó a horcajadas sobre aquel cuerpo inmóvil y clavó su mirada en la de la víctima a través de la máscara. A continuación se sacó del bolsillo la navaja Stanley y la sostuvo de tal modo que su enorme manaza la ocultaba casi por completo. Por un momento pareció discutir consigo mismo si debía seguir las directrices de Ditlev o llevar a cabo un trabajo más concienzudo. Los ojos de ambos se encontraron a través de los agujeros de sus respectivas máscaras.

Me pregunto si tengo una mirada tan de loco como él, se dijo Ditlev.

Ulrik acercó la navaja al cuello del hombre y le deslizó el lado romo de la hoja por las venas. Después se la pasó por la nariz y por los párpados temblorosos; la víctima empezó a hiperventilar.

No era como jugar al ratón y el gato, era mucho peor. La presa no tenía escapatoria alguna.

Ya se había abandonado en manos del destino.

Ditlev inclinó la cabeza con parsimonia y volvió la vista hacia las piernas del hombre. Enseguida vería los cortes de Ulrik y aquellas piernas patalearían de terror.

Ahora. Un espasmo sacudió las piernas de Helmond. Esa maravillosa sacudida que dejaba más patente que nunca la impotencia de la víctima. Esa embriaguez con la que nada en la vida de Ditlev se podía comparar.

Vio la sangre que goteaba en la gravilla, pero Frank Helmond no emitió sonido alguno. Había asumido su papel. Al menos mostraba un mínimo de respeto.

Lo dejaron gimiendo a la orilla del estanque, conscientes de que habían hecho bien su trabajo. Físicamente sobreviviría, pero por dentro estaba muerto. Tardaría años en atreverse a salir a la calle.

Los dos Mr. Hyde ya podían irse a casa y dejar reaparecer a los doctores Jekyll.

Al llegar a su casa, en Rungsted, la mitad de la noche había volado y tenía la cabeza más o menos despejada. Ulrik y él se habían lavado, habían quemado los sombreros, los guantes, los abrigos y las gafas de sol en la caldera y habían ocultado la Stanley debajo de una piedra del jardín. Después habían llamado a Torsten para planificar la noche. Torsten, como era de esperar, se puso como un energúmeno. Les gritó que no era el momento de hacer lo que habían hecho y ellos sabían que estaba en lo cierto, pero Ditlev no tenía que disculparse ante él ni suplicarle. Torsten sabía perfectamente que iban en el mismo barco. Si uno caía por la borda, caían todos; así estaban las cosas. Y si intervenía la policía, lo mejor era tener lista una coartada.

Por eso y por nada más, Torsten aceptó la historia que habían urdido: Ditlev y Ulrik se habían encontrado en el JFK de Hillerød ya algo entrada la noche y, después de tomar una cerveza, habían ido a Ejlstrup a ver a Torsten. Llegaron a las 23. 00, esa era la clave de todo, media hora antes de la agresión. Nadie podría demostrar lo contrario. Tal vez alguien los hubiese visto en el bar, pero ¿quién iba a acordarse de quién estaba dónde y por cuánto tiempo? Ya en Gribskov, los tres habían estado bebiendo coñac y hablando de los viejos tiempos, nada especial, solo una noche de viernes con los amigos. Eso dirían. Eso mantendrían.

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