El Misterio De Los Hermanos Siameses
- Автор: Куин (Квин) Эллери
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Misterio De Los Hermanos Siameses». Краткое содержание книги:
– Luego -dijo con dificultad el médico- están los xiphópagos, gemelos unidos por el proceso xiphoideo del esternón. El caso más famoso de todos es el de los hermanos siameses que dieron nombre al fenómeno, Chang y Eng Bunker. Dos individuos normales y saludables…
– Muertos en 1874 -anunció Julian-, cuando Chang contrajo una neumonía. ¡Tenían sesenta y tres años! Se habían casado y tenían montones de hijos y de todo.
– En realidad no eran siameses verdaderos -añadió Francis con una sonrisa-, sino una mezcla de tres cuartos de chino y un cuarto de malayo, o algo así. Eran increíblemente listos, inspector Queen, y muy ricos… Como nosotros -dijo rápidamente-: Xiphópagos, no ricos.
– Nosotros somos ricos -dijo Julian.
– Bueno, ya sabes lo que quiero decir, Jul.
– Y finalmente -continuó el doctor Holmes-, hay los del tipo llamado de costado. Los jóvenes, como dije, son frente a frente, con hígados unidos. Y, naturalmente, un torrente circulatorio común -suspiró-. El doctor Xavier tenía la historia completa del caso. El médico particular de la señora Carreau se la facilitó.
– Pero entonces -exclamó Ellery-, ¿con qué intenciones trajeron a este par de mocetones a la Punta de Flecha, señora Carreau?
– Él decía -susurró la mujer- que quizá…
– ¿Le dio esperanzas?
– Bueno…, no exactamente. Sólo una cierta, una muy remota posibilidad. Ann…, la señorita Forrest había oído en algún lado que estaba metido en unos trabajos experimentales…
– El doctor Xavier -interrumpió sin entonación alguna el joven médico- venía ocupándose desde hace tiempo en unos experimentos un tanto… extraños. No debería decir extraños, sino, quizá mejor, poco ortodoxos, heterodoxos. Era un gran hombre, sin lugar a dudas -hizo una pausa-. Gastó mucho tiempo y dinero en los… experimentos. Se dieron algunas noticias, pocas, desde luego, porque era algo que odiaba, y cuando nos escribió la señora Carreau… -se detuvo.
El inspector miraba de la señora Carreau al doctor Holmes.
– ¿Debo interpretar -exclamó- que no compartía usted el entusiasmo del doctor Xavier?
– Eso -replicó secamente el inglés- no tiene nada que ver con nuestro asunto -lanzó una mirada a los gemelos Carreau con una rara mezcla de cariño y miedo.
Nuevo silencio. El viejo dio una vuelta al cuarto. Los chicos estaban tranquilos pero alerta.
El inspector se detuvo.
– Y a vosotros, ¿os era simpático el doctor Xavier? -preguntó bruscamente.
– ¡Oh, sí, mucho! -respondieron al instante los jóvenes.
– ¿Os hizo… os causó algún daño alguna vez?
La señora Carreau se sobresalió, la alarma viva en su mirada.
– No, señor -repuso Francis-. Lo único que hizo fue examinarnos. Hizo toda clase de pruebas con rayos X, comidas especiales, inyecciones y cosas…
– Ya estábamos acostumbrados a esa clase de cosas, precisamente -dijo Julian sombrío.
– Entiendo. Decidme ahora: anoche, ¿dormisteis bien?
– Muy bien, señor.
Tenían ahora un tono solemne, y su respiración se había acelerado.
– ¿No oísteis nada raro, nada especial durante la noche? ¿Un disparo de pistola o algo parecido?
– No, señor.
El viejo se frotó la mejilla unos momentos. Y cuando volvió a hablar estaba más serio y ceñudo.
– ¿Habéis desayunado los dos?
– Sí, señor. La señora Wheary nos lo subió esta mañana temprano -dijo Francis.
– Pero ya tenemos hambre otra vez -añadió rápidamente Julian.
– ¿Qué os parece entonces si os vais a dar una vuelta por la cocina? -dijo amablemente el inspector-. La señora Wheary no será difícil de convencer de que os dé cualquier cosa.
– ¡Sí, señor! -exclamaron a coro, se pusieron en pie, dieron un beso a su madre, pidieron disculpas por ausentarse y salieron del cuarto con su gracioso y peculiar modo de caminar.
El asesino
Una silueta encorvada apareció tras los balcones, en la terraza, atisbando al interior de la habitación.
– ¡Eh, Bones! -llamó el inspector. El hombre se enderezó-. Venga usted, por favor. Me gustaría que estuviera presente.
El viejo criado entró por el balcón. Su cara lúgubre parecía aún más salvaje que antes, y sus largos y flacos brazos se agitaban temblorosos, cruzando y soltando los dedos.
Ellery estudió pensativo el rostro de su padre. Algo tramaba. Una idea, probablemente una idea repentina y todavía a medio desarrollar se cocía en el cerebro del inspector.
– Señora Xavier -comenzó con voz tenue-. ¿Cuánto tiempo hace que viven ustedes aquí arriba?
– Dos años -contestó la mujer, desmayadamente.
– ¿Compró la casa su marido?
– La hizo construir -el miedo volvía a instalarse en el fondo de sus negros ojos-. Decidió retirarse, compró la cima del monte Flecha, lo limpió y construyó la casa. Luego nos mudamos aquí.
– Llevaban ustedes poco tiempo casados, ¿verdad?
– Sí -parecía alarmada-. Unos seis meses, más o menos, antes de venir a instalarnos aquí.
– ¿Era un hombre rico su marido?
Se encogió de hombros.
– Nunca me he metido muy a fondo en sus finanzas. Siempre me daba lo mejor -el destello felino volvió un instante a su mirada al añadir-: Lo mejor en cosas materiales.
El inspector se preparó lentamente un pellizco de rapé; parecía muy seguro de sí mismo.
– Creo recordar que su marido no había estado casado antes de hacerlo con usted. ¿Usted tampoco?
Apretó los labios.
– Era viuda ya cuando le conocí.
– ¿Tuvo hijos en ese otro matrimonio?
Dejó escapar un extraño suspiro.
– No.
– Hummm -el inspector apuntó con el dedo a Mark Xavier-. Usted debe saber cuál era la situación financiera de su hermano, supongo.
Xavier pareció salir de un profundo sueño.
– ¿Qué? ¡Ah, dinero! Sí, sí. Estaba bien cubierto.
– ¿Bienes tangibles?
El hombre se encogió de hombros.
– Inmobiliario, por ejemplo, y ya sabe usted lo que valen hoy en día los terrenos. De todas formas, la mayor parte la tenía en valores del gobierno, papel seguro… Tenía algún dinero heredado de nuestro padre, y yo también, claro, cuando empezó a ejercer su carrera. Pero la mayor parte de su dinero lo hizo como médico, practicando su profesión. Yo era su abogado.
– ¡Ajá! -dijo el inspector-. Me alegra que me haya dicho usted eso. Estaba preguntándome cómo íbamos a arreglárnoslas para enterarnos de todo el lío del testamento atrapados aquí como estamos… ¿Así que usted es abogado? Supongo que su hermano dejaría testamento, claro está…
– Hay una copia en la caja fuerte de su habitación, arriba.
– ¿Es cierto, señora Xavier?
– Sí -estaba asombrosamente tranquila.
– ¿Puede decirme cuál es la combinación? -se la dijo-. Muy bien, gracias. Quédense donde están, por favor. Volveré enseguida -se abotonó la chaqueta con gesto nervioso y salió rápidamente de la habitación.
Estuvo fuera un buen rato. El salón estaba en calma. De la parte de atrás llegaba el eco de las amistosas barahúndas de Julian y Francis, dedicados con entusiasmo a cantar las excelencias de los productos ofrecidos por la señora Wheary.
Hubo un momento en que se oyeron unos pasos pesados acercarse a la puerta por el pasillo, y todos se volvieron hacia allí. Pero continuó cerrada y los pasos siguieron de largo hacia el vestíbulo y el recibidor. Un momento después pudieron observar la gorilesca figura del señor Smith en la terraza, oteando el horizonte frente a la casa, sobre la rocosa ladera.
Ellery permanecía en una esquina, chupándose un dedo, malhumorado. Se sentía disgustado por alguna razón nebulosa, demasiado nebulosa para identificarla. ¿Qué demonios sería lo que trataba de probar su padre?