El Misterio De Los Hermanos Siameses
- Автор: Куин (Квин) Эллери
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Misterio De Los Hermanos Siameses». Краткое содержание книги:
La desmayada había vuelto en sí gracias a los desvelos del doctor Holmes y la señorita Forrest, sorprendente joven, con abundante experiencia como enfermera durante los años anteriores a su entrada al servicio de la señora Carreau. Los hombres trasladaron el pesado cuerpo de la señora Xavier al piso de arriba, al dormitorio.
– Sería mejor que le diera algo que la mantenga dormida un buen rato, jefe -dijo el inspector pensativo, echando una mirada a la bella mujer. No había señal alguna de triunfo en sus ojos, solamente un cierto desprecio-. Es muy nerviosa. De las que se salen de madre a la menor bobada, una emocional. Será mejor tenerla fuera de combate para no tener líos. Y a lo mejor hasta es lo mejor para ella y todo, pobre mujer… Póngale una inyección o cualquier cosa de ésas.
El doctor Holmes asintió en silencio; bajó al laboratorio y regresó con una jeringuilla llena de algo. La señorita Forrest echó a los hombres del cuarto, decidida. Y tanto ella como el médico se turnaron durante el resto de la tarde velando a la enferma junto a su cama.
La señora Wheary, informada de la culpabilidad de su ama, lloró breve y poco convincentemente. Siempre supo, informó al inspector entre lágrimas contenidas a medias, que «eso no podía salir bien; era demasiado celosa. Y él era un hombre amable, bueno, guapo, ¡pobrecito!, ¡si ni siquiera pensaba en mirar a otras mujeres! Yo era ya su ama de llaves antes de casarse, señor, y en cuanto ella vino a vivir aquí con nosotros empezó todo. ¡Celosa, no! ¡Estaba loca!».
El inspector soltó un gruñido y decidió hacer algo práctico. Ninguno de ellos había probado bocado desde la noche anterior, y sería bueno, indicó a la señora Wheary, que tratara de arreglar alguna cosilla para tomar un refrigerio. El, al menos, estaba a punto de morir de inanición.
La señora Wheary suspiró, enjugó la última lágrima y volvió hacia la cocina.
– De todas formas quiero advertirle -dijo al inspector al iniciar su salida- que no hay muchas cosas de comer en la casa, señor, discúlpeme.
– ¿Y eso? -exclamó rápidamente el inspector, deteniéndose.
– Es que -hipó la señora Wheary- tenemos solamente algunas cosas de lata y así, señor, porque las cosas frescas, la leche, los huevos, mantequilla, carne y eso, se han terminado casi del todo. El tendero de Osquewa sube a traer el pedido una vez a la semana, porque es un viaje terrible por estas montañas descarnadas. Tenía que haber venido ayer, pero con el fuego este tremendo y…
– Bueno, bueno, haga usted lo que pueda -dijo el viejo suavemente, y se fue. En la penumbra del corredor, donde nadie le veía, se dejó ir. Las cosas no parecían arreglarse mucho, a pesar de que el caso se hubiera resuelto. Recordó el teléfono y trotó hacia el salón sin grandes esperanzas.
Después de un rato colgó el aparato, alzándose de hombros. La línea estaba cortada. Había sucedido lo inevitable: el fuego había llegado hasta los cables del teléfono y se habían quemado. Y ahora estaban absolutamente aislados del resto del mundo.
No serviría de nada poner a todos los demás en peor estado del que se encontraban, pensó, saliendo a la terraza y dirigiendo una sonrisa mecánica a los gemelos. Maldijo su destino que le había impulsado a tomarse esas vacaciones. Y Ellery…
La señora Wheary salió del vestíbulo anunciando que la comida estaba lista.
¿Dónde estaba Ellery?, pensó el inspector. Había desaparecido poco después de que subieran a la señora Xavier a su cuarto.
Fue hasta el borde de la terraza y miró hacia las rocas calcinadas por el sol. Todo estaba desierto, y vacío, y feo, y triste como la superficie de un planeta deshabitado. Y entonces divisó un atisbo de blanco detrás del primer árbol de la izquierda de la casa.
Ellery estaba tumbado a la bartola, a la sombra de un roble, con las manos bajo la nuca, contemplando con dedicación las hojas verdes que le cubrían.
– ¡La comida! -gritó el inspector haciendo bocina con las manos.
Ellery se sobresaltó. Luego se puso en pie pesadamente, se sacudió la ropa y echó a andar hacia la casa.
Fue una comida triste, en silencio casi completo. No había mucho que comer, y excesivamente variado, pero eso no parecía tener gran importancia, porque masticaban sin apetito alguno, dándose apenas cuenta de lo que se llevaban a la boca. El doctor Holmes estaba ausente, velando a la señora Xavier. Cuando Ann Forrest hubo terminado se levantó en silencio y salió. Unos momentos después apareció el joven médico, se sentó y empezó a comer. Nadie dijo nada.
Se dispersaron después de la comida. El señor Smith, a quien no podría llamársele un fantasma más que con el más generoso e impensable esfuerzo imaginativo, conseguía, pese a todo, tener el aspecto de uno de ellos. No se reunió con los demás en el comedor, puesto que ya la señora Wheary le había dado de comer antes. Se quedó aparte y nadie se acercó a él. Pasó la mayor parte de la tarde tumbado por la terraza, mascando un gran cigarro mojado, tan gorilesco como él.
– ¿Qué es lo que te preocupa? -preguntó el inspector a Ellery en cuanto se hubieron retirado a su habitación después de comer para darse una ducha y cambiarse de ropa-. ¡Te vas a romper la mandíbula a fuerza de poner esa cara tan larga!
– ¡Oh, nada! -exclamó Ellery dejándose caer en la cama-. Estoy aburrido y fastidiado.
– ¡Aburrido! ¿De qué?
– De mí mismo.
El inspector hizo una mueca.
– ¿Enfadado por no haber descubierto el papel de cartas con las iniciales? ¡Hombre, no puedes tener tú toda la suerte siempre!
– Oh, no, no es por eso. Eso fue un detalle de astucia por tu parte, no tienes que ponerte modesto. Es otra cosa.
– ¿Qué?
– Que -dijo Ellery- no sé lo que me molesta ni… No lo sé -se sentó, frotándose nerviosamente la mejilla-. Llámalo intuición, o como quieras, esa palabra puede servir. Hay algo que me anda por dentro, intentando traspasar las defensas de mi conciencia y salir a flote. Pero ahora no es más que la intuición de algo. Y que me aspen si sé lo que es.
– Date una ducha -dijo el inspector con simpatía-. A lo mejor no es más que una jaqueca.
Cuando estuvieron vestidos de nuevo, Ellery fue hasta la ventana de detrás y lanzó una mirada al abismo. El inspector daba vueltas colgando su ropa en las perchas y colocándola en el armario.
– Hay que organizarse para una larga estancia, me parece a mí -murmuró Ellery sin darse la vuelta.
El inspector le miró.
– Bueno, así al menos tendré algo que hacer -gruñó al fin-. Tengo la impresión de que no vamos a estar tan bien mucho tiempo.
– ¿Y eso?
Ellery dejó pasar unos segundos y dijo:
– Deberíamos ser absolutamente técnicos en el asunto este. ¿Cerraste bien el estudio, abajo?
– ¿El estudio? -el inspector parpadeó-. No, ¿por qué diantre iba a cerrarlo?
Ellery se encogió de hombros.
– Nunca se sabe. Vamos a dar una vuelta por allá. Tengo ganas de meterme un rato en la atmósfera misteriosa. A lo mejor la intuición se materializa así.
Bajaron atravesando una casa desierta. No había nadie por ella, excepto Smith, en la terraza.
Encontraron la escena del crimen igual que la habían dejado. Ellery, obsesionado por vagos presagios de alarma, examinó detenida y detalladamente el cuarto. Pero la mesa con las barajas, la silla giratoria, el buró, el arma del crimen y los cartuchos seguían sin haber sido tocados.
– Pareces una vieja -dijo burlón el inspector-. De todas formas he sido un tonto dejando ese revólver ahí. Y las balas. Habrá que guardarlos en un lugar más adecuado y seguro.