El Misterio De Los Hermanos Siameses
- Автор: Куин (Квин) Эллери
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Misterio De Los Hermanos Siameses». Краткое содержание книги:
– ¿Quiere usted decir -dijo sorprendido Mark Xavier- que… que debemos conservarlo así? ¡Dios mío! Pero…
El doctor Holmes se levantó.
– Por suerte -dijo en tono cortante- tenemos un gran refrigerador en el laboratorio, que utilizamos para algunos experimentos que requieren temperaturas muy bajas. Creo -continuó con esfuerzo- que podremos arreglárnoslas.
– Estupendo -el inspector dio una palmada sobre la espalda del joven-. Se está usted portando muy bien, amigo. En cuanto hayamos quitado el cadáver de en medio estoy seguro de que todos nos sentiremos un poco mejor. Échenos una mano, Xavier, y tú también, Ellery. Va a costar bastante trabajo.
Cuando regresaron al estudio desde el laboratorio, una amplia habitación alicatada y repleta de aparatos eléctricos y montones de extraños y variados cacharros de cristal, todos estaban pálidos y sudorosos. El sol, ya muy alto, calentaba sin piedad y el cuarto estaba insoportablemente caliente y reseco. Ellery movió cuanto pudo las ventanas.
El inspector abrió de nuevo la puerta de la biblioteca.
– Y ahora -dijo serio- tenemos tiempo para hacer algunas averiguaciones. Me temo que vaya a ser largo. Quisiera que cada uno de ustedes viniera conmigo arriba y…
Se detuvo. De algún lugar, por detrás de la casa, llegaban ruidos de metal chocando y grandes gritos. Una de las voces, rebosante de rabia e ira, pertenecía sin duda al viejo Bones. La otra era un vagido profundo y desesperado, con un cierto tono familiar.
– ¡Qué demonios…! -comentó el inspector, girándose-. Creía que nadie…
Tomó su revólver de reglamento, dio una vuelta por el estudio y salió hacia el pasillo en dirección a los furiosos ruidos. Ellery iba a sus talones y los demás les siguieron atropelladamente.
El inspector giró a la derecha en el cruce del pasillo con el principal y se dirigió hacia la puerta del fondo que había entrevisto con Ellery cuando entraron en la casa el día anterior. Abrió la puerta blandiendo el revólver.
Estaban ante una cocina de azulejos blanquísimos.
En el centro de la cocina, en medio de un maremágnum de cazuelas, sartenes y platos rotos, luchaban dos hombres, mezclados en un abrazo.
Uno era el viejo Bones, con su mono, y los ojos saliéndosele de las órbitas, chillando e insultando a su adversario mientras le golpeaba con fuerza de maníaco.
Y por encima de los hombros de Bones asomaba la gruesa y monstruosa cara de sapo del hombre que los Queen se habían encontrado en la oscura carretera que subía al monte Flecha la noche anterior.
Smith
– ¡Ah! Así que es usted -exclamó el inspector-. ¡Basta! -dijo con tono cortante-. ¡Le estoy apuntando y no pienso andarme con tonterías!
Los brazos del gordo cayeron inertes, mientras miraba estúpidamente.
– ¡Caramba! Nuestro amigo el chófer -bromeó Ellery entrando en la cocina. Dio una palmada sobre la cadera y el pecho del gordo-. Buen material. ¡Tsk! Monstruosa visión. Bien, bien, bien, ¿qué nos cuenta nuestro amigo Falstaff?
Sobre los labios del gordo asomó una lengua violácea. Era un individuo macizo y enorme, ancho, alto y grueso, con un gigantesco vientre. Dio un paso hacia adelante y toda su masa carnosa se estremeció como si fuera gelatina. Parecía realmente un gorila de edad madura, y peligroso.
Bones miraba con odio concentrado que sacudía sus facciones angulosas.
– ¿Qué he…? -comenzó el intruso con su desagradable voz de bajo. Luego algo cambió en sus ojos arteros-. ¿Qué significa todo esto? -protestó con dignidad herida-. Esta bestia me atacó…
– ¿En la cocina de su propia casa? -exclamó Ellery.
– ¡Miente! -chilló Bones temblando de rabia-. Lo sorprendí colándose por la puerta principal que estaba abierta y rondando hasta dar con la cocina Y luego me…
– ¡Ajá! ¡Las bajas pasiones! ¡Grosero apetito! -suspiró Ellery-. Hay hambre, ¿eh? Ya sabía yo que volvería usted -se dio la vuelta repentinamente y escrutó las caras de los componentes del grupo que estaba a sus espaldas. Todos contemplaban al gordo con ojos de incredulidad.
– ¿Es él? -dijo inquieta la señora Xavier.
– Naturalmente, señora. ¿Lo había visto antes alguna vez?
– ¡No, no!
– ¿Usted, señor Xavier? ¿Señora Wheary? ¿Doctor Holmes…? Qué extraño -comentó Ellery. Avanzó hasta estar al lado del gordo-. Olvidaremos su asalto de momento; hay que hacer ciertos preparativos para los hambrientos aunque no sea más que por puro humanitarismo. Además, teniendo todo eso que alimentar… Comprendo que se haya arriesgado usted a volver hasta aquí esta mañana después de los horribles esfuerzos que debe haber estado haciendo toda la noche para conseguir atravesar el fuego inútilmente.
El gordo no contestó. Sus ojillos saltaban de rostro en rostro, y su respiración hacía un fuerte ruido entrecortado.
– Muy bien -dijo Ellery cortante-. ¿Qué andaba usted haciendo anoche por estos montes?
El pecho del gordo se llenó repentinamente de aire antes de gruñir:
– ¿Y a usted qué le importa?
– Nos resistimos, ¿eh? Me veo obligado a informarle de que es usted altamente sospechoso de asesinato.
– ¡Asesinato! -los carrillos rebotaron y la astucia desapareció como por ensalmo de los ojos arteros y saltones-. ¿Qué…, quién…?
– Basta de cuentos -replicó el inspector con el revólver todavía en la mano-. Quién, ¿eh? Hace un momento se me ocurrió que daría exactamente igual… ¿Quién querría usted que fuera?
– ¡Bueno! -suspiró ruidosamente el gordo sin dejar descansar los ojos-. Claro… un asesinato… No sé absolutamente nada de todo eso, caballeros, ¿cómo voy a saberlo? Me he pasado la mitad de la noche dando vueltas y vueltas para tratar de encontrar una salida del infierno ese. Luego aparqué el coche en cualquier lado y estuve durmiendo un rato, hasta el amanecer. ¿Cómo quieren que yo…?
– ¿No volvió usted hasta la casa cuando se dio cuenta de que no había ninguna manera de pasar hacia abajo?
– Euuh… no, no.
– ¿Y puede saberse por qué diablos no volvió? Era lo lógico.
– Pues…, esto, no sé muy bien. No se me ocurrió.
– ¿Cómo se llama usted?
El gordo dudó un instante.
– Smith.
– Se llama -hizo notar el inspector al público en general-, nos dice, Smith. Bien, bien. ¿Qué Smith? ¿Smith a secas? ¿Su ardiente imaginación no le ha dado aún un nombre de pila que ponerse?
– Frank… Frank Smith. Frank J. Smith.
– ¿De dónde es?
– Euuh… de Nueva York.
– Gracioso -comentó el inspector-, gracioso y curioso. Creí que conocía a todos los malos bichos de Nueva York. En fin, ¿qué andaba usted haciendo por aquí anoche?
El señor Smith se pasó la lengua por los labios otra vez.
– Pues… Supongo que me extravié…
– ¿Supone?
– Bueno, quiero decir que me extravié, perdí el rumbo, ya sabe. Cuando… sí, cuando llegué a la cima y vi que ya no podía seguir adelante di la vuelta y volví a bajar otra vez. Fue entonces cuando nos cruzamos, ¿comprenden?
– No era eso lo que nos dijo entonces, amigo -dijo el viejo, poco de acuerdo-. Y además iba usted con mucha prisa Dice usted que no conoce a nadie en esta casa, ¿eh? Y anoche, cuando andaba por ahí perdido, ¿no se le ocurrió subir hasta aquí a preguntar por dónde se salía?
– Pues…, no, tampoco -los ojos de Smith pasaban de los Queen al grupo que se encontraba detrás de ellos-. Pero ¿podría saber, de todas formas, quién ha sido el infort…?
– ¿El infortunado que tuvo la desgracia de pasar violentamente del acá al más allá la pasada noche? -Ellery se dirigió a él con intención-. Un caballero llamado John Xavier. El doctor John Xavier. ¿Le dice algo ese nombre?