El Misterio De Los Hermanos Siameses
- Автор: Куин (Квин) Эллери
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Misterio De Los Hermanos Siameses». Краткое содержание книги:
Ellery contemplaba la superficie de la mesa de escritorio.
– Deberías guardar también las barajas. A fin de cuentas también son pruebas. Este es el caso más loco de mi vida. El cadáver tiene que guardarse en un refrigerador, las pruebas conservadas y retenidas en espera de las autoridades adecuadas, y, para colmo, un bonito incendio calentándonos los pies… figuradamente. ¡Bah!
Recogió las cartas y las fue ordenando colocándolas todas con la cara hacia el mismo lado. Las juntó y se las tendió a su padre. La carta partida con el seis de picas, y la otra mitad arrugada se las guardó en el bolsillo tras un segundo de reflexión.
El inspector encontró un llavín colocado en la puerta del laboratorio, del lado de éste, cerró las puertas y echó los cerrojos desde el estudio, cerró también la puerta de la biblioteca con una llave de acero corriente que tomó de su propio llavero y la volvió a usar para cerrar la otra puerta desde el pasillo.
– ¿Dónde vas a guardar las pruebas? -preguntó Ellery cuando empezaban a subir la escalera.
– No lo sé. Habría que encontrar un sitio bien seguro.
– ¿Por qué no dejarlas en el estudio? Te tomaste muchas molestias para cerrar las puertas sobre nada.
El inspector hizo una mueca.
– Hasta un niño podría abrir las puertas de la biblioteca y del pasillo. Las cerré solamente para dar la impresión… ¿Qué pasa?
Un grupito de gente estaba apiñada ante la puerta de la alcoba principal; hasta Bones y la señora Wheary estaban allí.
Se abrieron paso hasta dar con el doctor Holmes y Mark Xavier, inclinados sobre la cama.
– ¿Qué sucede? -espetó el inspector.
– Ha vuelto en sí -indicó el doctor Holmes- y temo que esté un poco fuera de control. Sujétela, Xavier, por favor. Señorita Forrest, tráigame la jeringuilla.
La mujer se debatía desesperadamente, sujeta por los hombres, agitando brazos y piernas como látigos. Sus ojos miraban al techo, desorbitados y, ciegos.
– Vamos -exclamó el inspector. Se inclinó sobre la cama y dijo con voz sonora y clara de mando-. ¡Señora Xavier!
Cesaron los movimientos y la razón volvió a su mirada. Aflojó la mandíbula, mirando a su alrededor con sorpresa.
– Se está comportando usted muy tontamente, señora -continuó el inspector con el mismo tono cortante-. Y eso no va a facilitarle las cosas, sépalo. ¡Ya basta!
Cerró los ojos y se alzó de hombros. Luego los abrió de nuevo y comenzó a llorar dulcemente.
Los hombres se incorporaron con amplias muestras de alivio. Mark Xavier se enjugó la muñeca, mojada, y el doctor Holmes se dio la vuelta, componiéndose.
– Estará bien durante un rato -dijo tranquilamente el inspector-. Pero no creo que convenga dejarla sola, doctor. Mientras esté así al menos, ya me entiende. Y si vuelve a excitarse, hágala dormir.
Se sorprendió al oír la voz de la mujer, inquieta pero controlada:
– No causaré más problemas -dijo.
– Magnífico, señora Xavier, magnífico -dijo el inspector con calor-. Por cierto, Holmes, ¿sabe usted si hay algún lugar en la casa donde pueda guardar unas cosas con toda seguridad?
– ¡Hombre! En la caja fuerte de esta habitación, creo yo -repuso el médico indiferente.
– Es que… no, no. Se trata de las pruebas, ¿comprende?
– ¿Las pruebas?
– Las barajas que estaban sobre la mesa del estudio del doctor.
– Oh.
– Hay una caja metálica con llave vacía en el salón, señor Queen -propuso tímidamente la señora Wheary desde el pasillo-. Es casi una caja fuerte, pero el doctor nunca guardó nada en ella.
– ¿Quiénes conocen la combinación?
– No tiene combinación. Solamente una especie de extraños cierres y cosas y una llave rara. La llave está en el cajón de la mesa grande.
– Estupendo. Perfecto. Muchas gracias, señora Wheary. Ven conmigo, El -y el inspector salió del dormitorio seguido por la batería completa de ojos. Ellery le siguió presto, ceñudo. Cuando bajaban las escaleras camino de la planta baja echó una mirada a su padre, frunciendo interrogante las cejas.
– Eso -sugirió- ha sido un error.
– ¿Qué?
– Error, error, equivocación -repitió Ellery con paciencia-. No es que vaya a haber mucha diferencia, claro, porque la prueba importante la tengo yo en el bolsillo -y se dio unos golpecitos consoladores sobre el bolsillo en el que llevaba las dos mitades del seis de picas-. Y por otra parte puede ser algo interesante. Una especie de trampa retardada. ¿Era ésa tu idea?
El inspector estaba perplejo, sin entender.
– Bueno…, no exactamente. No se me había ocurrido. Quizás tengas tú razón.
Entraron en el salón vacío y buscaron la caja. Estaba colocada en una de las paredes, cerca de la chimenea, con el frente pintado a juego con la madera que recubría el muro, pero bastante evidente pese a todo. Ellery halló la llave en el cajón de arriba de la mesa grande, la miró un instante, se encogió de hombros y se la entregó a su padre.
El inspector tomó la llave y la ojeó con un fruncimiento de ceño; luego abrió la caja. El mecanismo funcionó con una serie de complicados clicks. El profundo interior estaba vacío. Sacó del bolsillo el mazo de cartas y, después de echarles una mirada, suspiró y las depositó en el fondo del escondrijo.
Ellery se volvió sobre los talones al oír un leve sonido procedente de la terraza. La gruesa silueta de Smith aparecía tras uno de los balcones, con la bulbosa narizota aplastada contra el cristal espiándoles sin el menor recato. Se sobresaltó avergonzado al notar el movimiento de Ellery, se sacudió y desapareció. Ellery oyó sus pasos elefantinos resonar sobre el suelo de madera del porche.
El inspector extrajo de su bolsillo el arma del crimen y la caja de proyectiles. Dudó y volvió a meterlos en el bolsillo.
– No -murmuró-, es demasiado arriesgado. Lo llevaré conmigo. Tengo que averiguar antes si ésta es la única llave de la caja disponible. Bien, ya vale -y presionó de golpe la puerta, cerrándola con llave, y guardándosela luego en su llavero.
Ellery estaba cada vez más taciturno según avanzaba la tarde. El inspector, bostezando, lo dejó con sus pensamientos y subió a su habitación a descabezar un sueñecito. Al pasar ante la alcoba de los Xavier, pudo ver al doctor Holmes delante de una de las ventanas delanteras, con las manos cruzadas a su espalda, y a la mujer tumbada, con los ojos abiertos, reposando. Todos los demás habían desaparecido.
El inspector suspiró y siguió su camino.
Cuando emergió una hora más tarde, sintiéndose mucho más despejado y fresco, la puerta del dormitorio estaba cerrada. La abrió cuidadosamente y atisbo el interior. La señora Xavier seguía tumbada exactamente igual a como la había visto antes. El doctor Holmes tampoco parecía haberse movido de su posición junto a la ventana. Pero la señorita Forrest estaba ahora presente, echada sobre una chaise-longue junto a la cama, con los ojos cerrados.
El inspector cerró la puerta de nuevo y bajó.
La señora Carreau, Mark Xavier, los gemelos y el señor Smith estaban en la terraza. La Carreau simulaba leer una revista, pero sus ojos estaban claramente ausentes, nublados, y su cabeza no iba de lado a lado. Smith continuaba patrullando por la terraza y masticando la colilla de su cigarro. Los mellizos estaban embebidos en una partida de ajedrez sobre un tablero de bolsillo imantado, con piezas metálicas. Mark Xavier parecía semidormido, recostado en una silla con la cabeza caída sobre el pecho.
– ¿Han visto por aquí a mi hijo? -preguntó el inspector al mundo en general.
Francis Carreau miró para arriba.
– ¡Hola, inspector! -dijo alegremente-. ¿El señor Queen? Me pareció verlo andar por entre los árboles hace como una hora.
– Llevaba una baraja -añadió Julian-. Venga, Fran, te toca mover. Me parece que estás perdido.