El Misterio De Los Hermanos Siameses
- Автор: Куин (Квин) Эллери
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Misterio De Los Hermanos Siameses». Краткое содержание книги:
– Pues me temo que sí, hijo -dijo el inspector con un leve guiño-. ¿Cómo te llamas tú?
– Francis, señor.
– ¿Y tú, muchacho?
– Julian, señor -respondió el gemelo de la izquierda. Tenían la voz idéntica. Julian, pensó el inspector, era el más serio de los dos. Miraba con ansia al inspector-. ¿Podríamos… podríamos ver su insignia de oro, señor?
– Julian… -exclamó la señora Carreau.
– Sí, madre.
Los chicos miraron hacia la bella mujer. Sonrieron a dúo, con soltura y alegría. Luego, con perfecta facilidad y gracia de movimiento, atravesaron la habitación con paso regular y el inspector pudo ver sus amplias y jóvenes espaldas avanzar con un ritmo bien estudiado y acompasado. Vio también el brazo izquierdo de Julian que reposaba sobre la cadera de su hermano, en la espalda, unido a su cuerpo. Los jóvenes se inclinaron sobre la silla de su madre y le dieron un beso en la mejilla, uno tras otro. Luego se sentaron con gran seriedad en un diván y fijaron sus ojos en el inspector, sin despegarlos, para turbación de éste.
– Bien, bien -dijo un tanto perdido-. Eso hace que las cosas sean un poco distintas. Creo que ya voy viendo de qué se trata… Por cierto, jovencito…, tú, Julian, ¿qué ha pasado con tu brazo?
– ¡Oh!… se me rompió, señor -respondió el muchacho de la izquierda inmediatamente-. La semana pasada. Nos caímos por las rocas de afuera…
– El doctor Xavier la arregló -dijo Francis-. No dolió mucho, ¿verdad, Jul?
– No, no demasiado -dijo Julian, varonil. Y ambos sonrieron a dúo al inspector.
– Brrr -dijo el inspector-. Ya sabréis lo que le ha sucedido al doctor Xavier, me imagino.
– Sí, señor -dijeron también a dúo, sombríos, mientras sus sonrisas se evaporaban. Pero sin poder ocultar la gran excitación interna que traslucían sus ojos.
– Creo -dijo Ellery penetrando en la habitación y cerrando la puerta del pasillo en la que había estado apoyado- que podremos ir haciéndonos una idea bastante completa. Todo lo que se diga en este cuarto no saldrá de aquí, por supuesto, señora Carreau.
– Sí -suspiró-. Es una gran desgracia todo, señor Queen. Tenía la esperanza de… Ya ve usted que no tengo un gran valor -miró hacia sus hijos, contemplando sus figuras rectas y robustas con una extraña mezcla de orgullo y de dolor-. Francis y Julian nacieron hace un poquito más de dieciséis años, en Washington. Mi marido vivía aún por entonces. Los niños estaban en perfectas condiciones de salud, nacieron perfectamente, robustos y normales, excepto… -hizo una pausa y cerró los ojos- en una cosa, como puede usted ver. Nacieron pegados. Y ya comprenderá que mi familia estaba… horrorizada -se detuvo, respirando un poquito más deprisa.
– La miopía corriente en las grandes familias -dijo Ellery con una sonrisa de aliento-. Ya ha dicho usted misma que no eran héroes. Pero yo le aseguro que puede usted estar orgullosa…
– ¡Oh, sí, lo estoy! -exclamó-. Son los hijos mejores del mundo… Fuertes y buenos y… pacientes…
– Eso es una madre -dijo Francis, guiñando un ojo. Julian se limitó a mirar seriamente hacia su madre.
– Pero era demasiado para mí -continuó la señora Carreau en tono más bajo-. Estaba delicada y un poco… asustada. Y por desgracia mi marido pensaba lo mismo que los demás. Así que… -hizo un gesto extraño, de impotencia No era difícil imaginarse lo que había sucedido. La típica familia aristocrática preocupada de las apariencias, huyendo de la publicidad. Reuniones de familia, enormes gastos absurdos para tapar cosas, los niños discretamente sacados del hospital donde habían nacido y puestos al cuidado de alguna enfermera de confianza, de una nodriza capaz. Una nota a la prensa de que la señora Carreau había dado a luz un niño muerto-. Los veía a menudo, en visitas secretas, a escondidas, y según fueron creciendo, fueron comprendiendo. Nunca les oí una queja, pobres hijos míos, y siempre fueron alegres y sin la menor amargura. Naturalmente tuvieron siempre los mejores médicos y los mejores tutores. Y cuando mi marido murió pensé…; pero todavía no tenía fuerza suficiente en la familia. Y, como ya he dicho, yo no soy muy valerosa. Y pese a mis buenos deseos tuve que seguir llorando…
– Claro, claro -dijo el inspector aclarándose la garganta apresuradamente-. Creo que podemos comprenderla, señora Carreau. Supongo que, además, era completamente imposible hacer nada desde el punto de vista médico, ¿no es así?
– Le podemos hablar nosotros mucho de eso -dijo Francis alegremente…
– ¿Ah sí?
– Sí, sí, señor. Verá usted, estamos unidos por el esternón mediante un li… lig…
– Ligamento -dijo Julian, ceñudo-. Nunca recuerdas el término, Fran. Y me parece que ya deberías recordarlo.
– Ligamento -dijo Francis aceptando la severa crítica-. Muy duro, por cierto. ¡Podemos estirarlo seis pulgadas!
– ¿Y no os duele? -preguntó el inspector dando un respingo.
– Ni lo más mínimo. ¿Le duelen a usted las orejas si las estira un poco?
– Pues caramba -replicó sonriente el viejo con viveza-, no lo sé, nunca he pensado en ello. Supongo que no.
– Ligamento cartilaginoso -explicó el doctor Holmes-. Lo que llamamos en teratología una excrecencia xiphoide. Un fenómeno muy curioso, inspector. Tiene una elasticidad perfecta y una resistencia increíble.
– Y hasta podemos hacer algunos trucos -dijo Julian arrogante.
– ¡Por favor, Julian! -dijo débilmente su madre.
– ¡Claro que podemos, mamá! Lo sabes perfectamente. Hemos ensayado el número que hacían los hermanos siameses primeros. Ya te lo enseñamos una vez, ¿no recuerdas?
– ¡Oh, Julian! -dijo desmayadamente la señora Carreau, borrando su sonrisa.
Las duras facciones juveniles del doctor Holmes se iluminaron con un repentino fulgor de entusiasmo profesional.
– Chang y Eng se llamaban los hermanos siameses originarios. Y podían sostener cada uno el peso del otro colgado únicamente del ligamento. Hacían auténticas acrobacias. ¡Dios mío! ¡Si estos mismos pueden hacer muchas más cosas que yo!
– Porque no practica usted lo suficiente, doctor Holmes -dijo Francis respetuosamente-. ¿Por qué no empieza usted por el punching-ball? Nosotros…
El inspector guiñaba al infinito, y la atmósfera del cuarto se había aclarado como por milagro. El tono de normalidad absoluta de la conversación de los dos muchachos y su brillante e inteligente sentido del humor, unidos a su completa falta de amargura o resentimiento, alejaban cualquier sentimiento negativo que su presencia pudiera haberse pensado que habría de originar. La señora Carreau sonreía, mirándolos embobada y orgullosa.
– De todas formas -siguió Francis- no estaría mal que los médicos no tuvieran más que esto -y señaló su pecho- como preocupación.
– Tal vez fuera mejor si me dejaras explicarlo a mí, muchacho -dijo cortésmente el doctor Holmes-. Verá usted, inspector. Existen tres tipos corrientes (¡corrientes dentro de lo que cabe, claro!) de los llamados hermanos siameses, y los tres disponen de ejemplos famosos para ilustrarlos médicamente. El tipo pyogópago, espalda con espalda, es un caso de unión renal, es decir, unión de riñones. El ejemplo más conocido es muy probablemente el de las hermanas Blascek, Rosa y Josefa. Se hizo un intento de separarlas quirúrgicamente… -se detuvo, oscureciéndosele la cara-. Luego están los…
– ¿Tuvo éxito el intento? -preguntó con calma Ellery.
El doctor Holmes se mordió los labios.
– Pues bueno…, no. Pero la ciencia de entonces no estaba tan desarrollada…
– Vale, vale, doctor Holmes -dijo Francis rápidamente-. Estamos al tanto de todas esas cosas, señor Queen, ¿sabe? Las gemelas Blascek murieron de resultas de la intervención. Pero entonces no existía el doctor Xavier…
Las mejillas de la señora Carreau estaban aún más pálidas que el blanco de sus ojos. El inspector lanzó una mirada furibunda a Ellery e indicó al doctor Holmes que continuara su historia.