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El Misterio De Los Hermanos Siameses

Электронная книга - «El Misterio De Los Hermanos Siameses». Краткое содержание книги:

Ellery Queen y su padre deben poner todo su ingenio a trabajar para resolver un caso en el que todo parece duplicado: los muertos, los hermanos, las claves, las soluciones y quizá incluso los culpables. Pero no hay nada que se resista a la sagacidad e imaginación de los Queen.
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– Sí -levantó los ojos de nuevo, suplicante-. Yo… no quería que… no quería que se supiera…

– Por eso se ocultó usted anoche cuando llegamos mi hijo y yo, claro, por eso toda esta gente estaba tan nerviosa, ¿cierto?

Susurró:

– Sí.

El inspector se incorporó y tomó un poco de rapé, pensativo. No parece muy prometedor, pensó. Lanzó una mirada alrededor, buscando a Ellery. Pero Ellery había desaparecido subrepticiamente.

– Así, pues, no conocía usted a nadie aquí, y vino exclusivamente para un tratamiento médico. ¿Para ser puesta en observación, tal vez?

– Sí, inspector. ¡Eso es!

– Hmmm -el viejo dio una vuelta por la habitación. Nadie dijo nada-. Dígame usted, señora Carreau… ¿Salió usted anoche de su habitación para algo?

Apenas si pudo oír lo que respondía.

– ¿Eh?

– No.

– ¡Mentira! -gritó la señora Xavier de golpe, abriendo los ojos. Se puso en pie, desplegando su magnífica estatura, furiosa-. Salió. ¡Yo la vi!

La señora Carreau palideció. La señorita Forrest se incorporó a medias, con los ojos alerta. Mark Xavier parecía confuso y extendió la mano con un raro y curioso gesto.

– ¡Quietos todos! -exclamó el inspector-. Todos son todos. ¿Ha dicho usted que vio a la señora Carreau salir de su cuarto, señora?

– ¡Sí! Salió de su habitación un poco después de las doce y bajó a toda prisa. La vi entrar en… en el estudio de mi marido. Estaban allí…

– Siga, señora Xavier. ¿Cuánto tiempo estuvo?

Hubo una vacilación en sus ojos.

– No lo sé… No estuve esperando…

– ¿Es cierto eso, señora Carreau? -preguntó el inspector con la misma suavidad en la voz.

Las lágrimas habían asomado a los ojos de la mujer. Su boca temblaba, y comenzó a sollozar.

– Sí, sí. Oh, sí -lloraba, ocultando el rostro en el pecho de Ann Forrest-. Pero yo no fui…

– Un momento -el inspector miró a la señora Xavier con una sonrisilla burlona-. ¿No nos dijo usted antes que anoche se había ido inmediatamente a la cama y había dormido de un tirón?

La alta figura se sentó de improviso, mordiéndose el labio.

– Sí, mentí entonces. Pensé que sospecharía usted… pero ¡la vi! ¡Fue ella! Ella… -se paró como sumida en la confusión.

– ¿Y no esperó usted -dijo delicadamente el inspector- a que saliera? Ay, ay, ¡cómo pierden nuestras mujeres! Muy bien, señora Carreau, ¿por qué esperó usted a que todos estuvieran dormidos, o al menos eso creía, para bajar a charlar un rato con el doctor Xavier… y pasada la medianoche?

La señora Carreau sacó un pañuelo de seda gris, se lo pasó por los ojos y compuso su cara.

– Fue una estupidez decirle esa mentira, inspector. La señora Wheary había pasado por mi habitación antes de irse a dormir para decirme que unos extraños, es decir, ustedes dos, caballeros, se quedarían a pasar la noche debido a un incendio que había monte abajo. Me dijo que el doctor Xavier estaba abajo. Quedé preocupada, estaba preocupada -un relámpago pasó por sus ojos- y bajé a hablar con él.

– ¿De mí y de mi hijo?

– Sí…

– Y… ¿de su… estado, también?

Se ruborizó, pero volvió a decir:

– Sí.

– ¿Cómo estaba? ¿Lo encontró bien? ¿Natural? ¿Alarmado? ¿Como siempre? ¿Nada de particular?

– Era el mismo de siempre, inspector -dijo en un susurro-. Amable, delicado…, como de costumbre. Hablamos durante un rato y luego volví a subir…

– ¡Maldita! -aulló la señora Xavier, otra vez en pie-. ¡No puedo aguantarlo más! Anda por ahí por las esquinas, todos los días y todas las noches, cuchicheando, susurrando con esa sonrisa falsa suya, desde que llegó… robándomelo… con esas lágrimas de cocodrilo hipócritas… ganándose su simpatía… ¡Nunca fue capaz de resistirse a una mujer guapa! ¿Quiere usted que le diga por qué está aquí en realidad, inspector? ¿Quiere que lo diga? -avanzó ligeramente, con el dedo índice extendido y agitándolo amenazador hacia la figura temblorosa de la Carreau-. ¿Lo digo? ¿Lo digo?

El doctor Holmes habló por primera vez en la última hora.

– Por favor, señora Xavier… -murmuró-. No debería…

– ¡Oh, no! ¡No! -gimió la señora Carreau ocultando la cara entre las manos-. Por favor… por favor…

– ¡Maldita bruja! -gritó Ann Forrest rabiosa, poniéndose en pie de un salto-. No… ¡no lo hará!… ¡Mal bicho! Le voy a…

– Ann -dijo el doctor Holmes con voz grave, poniéndose ante ella.

El inspector los miró con ojos brillantes, casi sonrientes. Estaba muy tieso, sin mover más que levísimamente la cabeza de lado a lado, siguiendo las caras con la mirada de una en una según iban hablando. El gran salón se había llenado de voces furiosas, de respiraciones pesadas…

– ¿Lo digo? -aullaba la señora Xavier con un asomo de locura en los ojos-. ¿Lo digo?

El ruido cesó abruptamente, tal y como si alguien hubiera lanzado un bolo encima y derribado la construcción. Se oía un ruido proveniente del pasmo.

– En realidad no hace ninguna falta, señora Xavier -dijo Ellery alegremente-. Todos sabemos de qué se trata. Séquese usted las lágrimas, señora Carreau, que esto no es una gran tragedia, ni mucho menos. Mi padre y yo guardaremos su secreto cuanto sea preciso. Más tiempo, me temo -dijo con una triste inclinación de cabeza-, que muchos otros… Padre, tengo el gran honor de presentarte a…, esto…, a… lo que viste la otra noche, o mejor, lo que creíste ver -el inspector aguardaba-. Y he de añadir que se trata del más agradable, inteligente, simpático, educado y cariñoso par de jóvenes que he encontrado, en especial de los que se sienten en la imperiosa necesidad algunas noches de salir de la cama y asomar por los pasillos a fisgar quiénes son los visitantes nocturnos que llegan a la casa de su anfitrión. He aquí, de derecha a izquierda, a los señores Julian y Francis Carreau, hijos de la señora Carreau. Los he conocido hace muy poco, pero son verdaderamente encantadores.

Ellery estaba en pie junto a la puerta, con un brazo sobre el hombro de cada uno de dos muchachos altos y guapos cuyos brillantes ojos investigaban con ansia hasta el más mínimo detalle del cuadro que tenían delante. Ellery, sonriendo tras de ellos, lanzó una mirada airada a su padre con disimulo. El viejo cerró la boca, tragó saliva y dio un par de pasos adelante, un tanto inseguro.

Los jóvenes tendrían unos dieciséis años. Fuertes, de anchos hombros y tez bronceada por el sol, facciones correctas muy parecidas a las de su madre, en versión masculina. Podrían haber sido, además, copia exacta el uno del otro, una reproducción en escayola, policromada, porque eran idénticos hasta en el menor detalle físico, de rostro y cuerpo. Incluso sus trajes eran idénticos: de franela gris, muy bien planchados, corbatas azul celeste, camisa blanca y zapatos negros.

Pero no era eso lo que había dejado semiparalizada en su abertura la mandíbula del inspector. No es que fueran mellizos, sino el hecho de que quedaban ligeramente enfrentados uno a otro porque el brazo derecho del que estaba a la derecha estaba soldado a la cintura de su hermano, y el brazo izquierdo del de la izquierda estaba oculto por la espalda del otro, y sus bien cortadas chaquetas se juntaban y, lo más increíble, se unían al nivel del pecho.

Eran hermanos siameses.

Xiphópago

Se acercaron al inspector un tanto turbados, adolescentes curiosos, ofreciéndole cada uno su mano libre por turno, dándole un firme apretón amistoso. La señora Carreau había revivido como por arte de magia; estaba estirada, derecha sobre la silla, y sonreía a sus hijos. Ellery pensó admirado en el esfuerzo que debía de estar realizando y que nadie, a excepción quizá de Ann Forrest, parecía notar.

– ¡Caramba, señor! -exclamó el gemelo de la derecha con agradable voz de tenor-. ¿Es usted un inspector de policía de verdad como nos ha dicho el señor Queen?

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