El Misterio De Los Hermanos Siameses
- Автор: Куин (Квин) Эллери
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Misterio De Los Hermanos Siameses». Краткое содержание книги:
El estropeado viejo criado volvió a hacer ruidos amenazadores en el fondo de su garganta.
– No -se apresuró a decir Smith-. Nunca había oído ese nombre.
– ¿Y no había subido nunca, hasta ayer, esta carretera del monte Flecha, señor… señor Smith? Anoche era la primera vez, ¿eh?, el debut.
– Se lo puedo jurar.
Ellery se agachó y levantó una de las blandas pezuñas del gordo. Smith soltó un gruñido extraño y retiró la mano a toda prisa.
– ¡Oh! No voy a morderle, solamente trataba de ver si llevaba anillos.
– ¿Anillos?
– Sí, pero no lleva ninguno -Ellery exhaló un suspiro-. Padre, creo que tenemos el honor y la bendición del cielo de contar con un nuevo invitado durante estos pocos días. Señora Xavier… no, señora Wheary, haga los arreglos necesarios, por favor.
– Pues sí -dijo el inspector, socarrón, guardándose al fin el revólver-. ¿Lleva algún trapo en el coche, Smith, o como quiera que se llame?
– Desde luego. Pero ¿no podría…? ¿El fuego no…?
– No puede y el fuego no. Saque sus cosas del coche. No podemos encomendarle a Bones porque sería capaz de masticarle una oreja. Es un gran hombre, este Bones. Todo espíritu. Mantenga los ojos abiertos -el inspector dio unas palmaditas sobre el hombro del silencioso criado-. Señora Wheary, enseñe usted al señor Smith cuál es su habitación. Una del primer piso, por favor. ¿Hay alguna vacía, verdad?
– Sssí… señor -dijo nerviosamente la señora Wheary-. Hay varias.
– Y luego échele algo de comer. Y usted tranquilo, Smith. Nada de bromas -se volvió hacia la señora Xavier, que se había encogido increíblemente sobre sí misma; parecía que le hubieran blanqueado la carne-. Perdóneme -dijo duro- por comportarme con esta libertad en su casa, señora, pero en los casos de asesinato no podemos andar perdiendo el tiempo en etiquetas.
– No se disculpe, está todo muy bien hecho -casi susurró ella.
Ellery la examinó con creciente interés. El vitriolo parecía haberse evaporado de su cuerpo desde el descubrimiento del cadáver de su marido. El humo y el fuego de sus ojos negros se habían moderado, apagado, habían perdido la vida. Y detrás, un destello de miedo. O así le pareció a él. Estaba completamente cambiada, a no ser su temible media sonrisa. Ese frunce de los labios con toda la enconada vitalidad de un hábito fisiológico.
– Muy bien, señores -dijo bruscamente el inspector-. Ahora vamos a hacer una visita a la dama de la buena sociedad que tenemos arriba. Iremos todos a ver a la señora Carreau, todos juntos, y así podré reconstruir la historia completa sin que nadie ande poniendo zancadillas o tratando de mantener algún punto en la oscuridad. A ver si llegamos a ver la luz del día en este condenado asunto.
Una voz musical, grave y controlada les sorprendió a punto de echar a andar hacia el pasillo.
– No hace ninguna falta, inspector. Ya he bajado yo, como puede ver.
Y en ese mismo instante Ellery tropezó con la mirada de la señora Xavier. Sus ojos volvían a tener el calor, la fuerza y la negrura de antes.
La dama llorosa
Apoyaba su delicada y frágil belleza, suave como el capullo de la flor de una fruta delicada, en el alto brazo de Ann Forrest. No parecía tener más de treinta años, ni siquiera. Su figura pequeña era grácil, graciosa, tierna, alada, como fabricada de algún tejido suave, volador y gris. Su cabello era negro, ahumado, las cejas rectas y decididas marcaban unos ojos castaños. La sensibilidad se dibujaba en el levísimo temblor de la nariz y la boca pequeña. Un delicadísimo toque había marcado débiles arrugas junto a sus ojos. Su aspecto, su porte, la manera de permanecer en pie y de mantener la cabeza, todo denotaba raza, familia. Una mujer muy notable, pensó Ellery, tan notable, al menos y a su manera, como la señora Xavier. La idea le sorprendió. La señora Xavier había recuperado la juventud como por milagro. Nunca había habido en sus ojos un fuego más intenso, y todos sus músculos se habían revitalizado. Contemplaba a la señora Carreau con intensidad felina. El miedo había sido reemplazado por el más franco y desnudo de los odios.
– ¿Es usted la señora Carreau, Marie Carreau? -preguntó el inspector. Si continuaba teniendo alguna admiración por ella, como había dicho a Ellery la noche anterior, su voz la ocultaba por completo.
– Sí -repuso la mujer-. Efectivamente… Perdóneme usted -se volvió hacia la señora Xavier con mirada de dolor y compasión en lo más profundo de sus ojos-. Lo siento muchísimo, querida Me lo ha dicho Ann. Si puedo ayudar en algo…
Las negras pupilas se dilataron, la nariz olivácea tembló.
– ¡Sí! -gritó la señora Xavier dando un paso hacia delante-. ¡Sí! ¡Lárguese de mi casa, puede hacerme ese favor! Ya me ha hecho sufrir más de… ¡Salga de mi casa, y llévese a esos malditos…!
– ¡Sarah! -saltó Mark Xavier cogiéndola del brazo y sacudiéndoselo con fuerza-. Contrólate un poco. ¿No te das cuenta de lo que estás diciendo?
La voz de la mujer se alzó hasta ser un grito.
Una burbuja de saliva asomó en la comisura de su boca. Sus negros ojos parecían pozos de fuego.
– Vamos, vamos -dijo el inspector con suavidad-. ¿Qué es eso, señora Xavier?
La señora Carreau no se había inmutado, y el único signo que traducía su emoción eran sus mejillas pálidas.
Ann Forrest sujetó con más fuerza su brazo. Sarah Xavier se estremeció y movió su cabeza de lado a lado. Y luego se dejó apoyar contra su cuñado, dulcemente.
– Eso ya está mejor -continuó el inspector con la misma voz suave.
Dirigió una mirada fugaz a Ellery, pero Ellery estaba observando la cara del señor Smith, el gordo, que se había ido al extremo más apartado de la cocina y luchaba por contener el aliento. Parecía como si estuviera apretándose a sí mismo con fantástico esfuerzo tratando de reducirse a dos dimensiones. La enorme cara estaba púrpura, morada de muerte.
– Vayámonos a hablar al salón.
– Y ahora, señora Carreau -dijo el viejo una vez que todos estuvieron sentados en el gran salón, con el sol penetrando a través de los balcones, calentando fuertemente la habitación-, explíquese usted, por favor. Quiero la verdad, de verdad. Si no me la cuenta usted ahora acabaré sabiéndola por los demás, de modo que es mucho mejor que vacíe usted su pecho ahora de una vez.
– ¿Qué quiere usted saber? -exclamó la señora Carreau.
– Muchísimas cosas. Pero vayamos a las cuestiones prácticas lo primero de todo. ¿Cuánto tiempo hace que está usted en esta casa?
– Dos semanas.
Su voz musical era apenas audible; mantenía la mirada fija en el suelo. La señora Xavier yacía en un sillón con los ojos cerrados, rígida como si estuviera muerta.
– ¿Invitada?
– Podríamos llamarlo así -hizo una pausa, levantó los ojos, los volvió a bajar.
– ¿Con quién vino usted? ¿Vino sola acaso?
Dudó de nuevo. Ann Forrest dijo rápidamente:
– No, vine yo con ella. Soy su secretaria personal.
– Ya lo he notado -dijo fríamente el inspector-. Hágame el favor de no intervenir, señorita. Ya tengo una larga lista de desobediencias suyas; no me gusta que mis testigos vayan y vengan y anden contándose historias unos a otros -la señorita Forrest enrojeció y se mordió el labio inferior-. Señora Carreau, ¿desde cuándo conocía usted al doctor Xavier?
– Hace dos semanas, inspector.
– Entiendo. ¿Conocía usted de antes a alguno de los demás?
– No.
– ¿Es cierto, Xavier?
El hombretón murmuró:
– Sí, es cierto.
– Por tanto lo que la trajo aquí fue alguna enfermedad, ¿no es así?
Se estremeció.
– En… en cierto modo, sí.
– Se da por hecho que usted está en la actualidad viajando por Europa, ¿no es así?
– Sí -levantó los ojos de nuevo, suplicante-. Yo… no quería que… no quería que se supiera…
– Por eso se ocultó usted anoche cuando llegamos mi hijo y yo, claro, por eso toda esta gente estaba tan nerviosa, ¿cierto?
Susurró:
– Sí.
El inspector se incorporó y tomó un poco de rapé, pensativo. No parece muy prometedor, pensó. Lanzó una mirada alrededor, buscando a Ellery. Pero Ellery había desaparecido subrepticiamente.
– Así, pues, no conocía usted a nadie aquí, y vino exclusivamente para un tratamiento médico. ¿Para ser puesta en observación, tal vez?
– Sí, inspector. ¡Eso es!
– Hmmm -el viejo dio una vuelta por la habitación. Nadie dijo nada-. Dígame usted, señora Carreau… ¿Salió usted anoche de su habitación para algo?
Apenas si pudo oír lo que respondía.
– ¿Eh?
– No.
– ¡Mentira! -gritó la señora Xavier de golpe, abriendo los ojos. Se puso en pie, desplegando su magnífica estatura, furiosa-. Salió. ¡Yo la vi!
La señora Carreau palideció. La señorita Forrest se incorporó a medias, con los ojos alerta. Mark Xavier parecía confuso y extendió la mano con un raro y curioso gesto.
– ¡Quietos todos! -exclamó el inspector-. Todos son todos. ¿Ha dicho usted que vio a la señora Carreau salir de su cuarto, señora?
– ¡Sí! Salió de su habitación un poco después de las doce y bajó a toda prisa. La vi entrar en… en el estudio de mi marido. Estaban allí…
– Siga, señora Xavier. ¿Cuánto tiempo estuvo?
Hubo una vacilación en sus ojos.
– No lo sé… No estuve esperando…
– ¿Es cierto eso, señora Carreau? -preguntó el inspector con la misma suavidad en la voz.
Las lágrimas habían asomado a los ojos de la mujer. Su boca temblaba, y comenzó a sollozar.
– Sí, sí. Oh, sí -lloraba, ocultando el rostro en el pecho de Ann Forrest-. Pero yo no fui…
– Un momento -el inspector miró a la señora Xavier con una sonrisilla burlona-. ¿No nos dijo usted antes que anoche se había ido inmediatamente a la cama y había dormido de un tirón?
La alta figura se sentó de improviso, mordiéndose el labio.
– Sí, mentí entonces. Pensé que sospecharía usted… pero ¡la vi! ¡Fue ella! Ella… -se paró como sumida en la confusión.
– ¿Y no esperó usted -dijo delicadamente el inspector- a que saliera? Ay, ay, ¡cómo pierden nuestras mujeres! Muy bien, señora Carreau, ¿por qué esperó usted a que todos estuvieran dormidos, o al menos eso creía, para bajar a charlar un rato con el doctor Xavier… y pasada la medianoche?
La señora Carreau sacó un pañuelo de seda gris, se lo pasó por los ojos y compuso su cara.
– Fue una estupidez decirle esa mentira, inspector. La señora Wheary había pasado por mi habitación antes de irse a dormir para decirme que unos extraños, es decir, ustedes dos, caballeros, se quedarían a pasar la noche debido a un incendio que había monte abajo. Me dijo que el doctor Xavier estaba abajo. Quedé preocupada, estaba preocupada -un relámpago pasó por sus ojos- y bajé a hablar con él.
– ¿De mí y de mi hijo?
– Sí…
– Y… ¿de su… estado, también?
Se ruborizó, pero volvió a decir:
– Sí.
– ¿Cómo estaba? ¿Lo encontró bien? ¿Natural? ¿Alarmado? ¿Como siempre? ¿Nada de particular?
– Era el mismo de siempre, inspector -dijo en un susurro-. Amable, delicado…, como de costumbre. Hablamos durante un rato y luego volví a subir…
– ¡Maldita! -aulló la señora Xavier, otra vez en pie-. ¡No puedo aguantarlo más! Anda por ahí por las esquinas, todos los días y todas las noches, cuchicheando, susurrando con esa sonrisa falsa suya, desde que llegó… robándomelo… con esas lágrimas de cocodrilo hipócritas… ganándose su simpatía… ¡Nunca fue capaz de resistirse a una mujer guapa! ¿Quiere usted que le diga por qué está aquí en realidad, inspector? ¿Quiere que lo diga? -avanzó ligeramente, con el dedo índice extendido y agitándolo amenazador hacia la figura temblorosa de la Carreau-. ¿Lo digo? ¿Lo digo?
El doctor Holmes habló por primera vez en la última hora.
– Por favor, señora Xavier… -murmuró-. No debería…
– ¡Oh, no! ¡No! -gimió la señora Carreau ocultando la cara entre las manos-. Por favor… por favor…
– ¡Maldita bruja! -gritó Ann Forrest rabiosa, poniéndose en pie de un salto-. No… ¡no lo hará!… ¡Mal bicho! Le voy a…
– Ann -dijo el doctor Holmes con voz grave, poniéndose ante ella.
El inspector los miró con ojos brillantes, casi sonrientes. Estaba muy tieso, sin mover más que levísimamente la cabeza de lado a lado, siguiendo las caras con la mirada de una en una según iban hablando. El gran salón se había llenado de voces furiosas, de respiraciones pesadas…
– ¿Lo digo? -aullaba la señora Xavier con un asomo de locura en los ojos-. ¿Lo digo?
El ruido cesó abruptamente, tal y como si alguien hubiera lanzado un bolo encima y derribado la construcción. Se oía un ruido proveniente del pasmo.
– En realidad no hace ninguna falta, señora Xavier -dijo Ellery alegremente-. Todos sabemos de qué se trata. Séquese usted las lágrimas, señora Carreau, que esto no es una gran tragedia, ni mucho menos. Mi padre y yo guardaremos su secreto cuanto sea preciso. Más tiempo, me temo -dijo con una triste inclinación de cabeza-, que muchos otros… Padre, tengo el gran honor de presentarte a…, esto…, a… lo que viste la otra noche, o mejor, lo que creíste ver -el inspector aguardaba-. Y he de añadir que se trata del más agradable, inteligente, simpático, educado y cariñoso par de jóvenes que he encontrado, en especial de los que se sienten en la imperiosa necesidad algunas noches de salir de la cama y asomar por los pasillos a fisgar quiénes son los visitantes nocturnos que llegan a la casa de su anfitrión. He aquí, de derecha a izquierda, a los señores Julian y Francis Carreau, hijos de la señora Carreau. Los he conocido hace muy poco, pero son verdaderamente encantadores.
Ellery estaba en pie junto a la puerta, con un brazo sobre el hombro de cada uno de dos muchachos altos y guapos cuyos brillantes ojos investigaban con ansia hasta el más mínimo detalle del cuadro que tenían delante. Ellery, sonriendo tras de ellos, lanzó una mirada airada a su padre con disimulo. El viejo cerró la boca, tragó saliva y dio un par de pasos adelante, un tanto inseguro.
Los jóvenes tendrían unos dieciséis años. Fuertes, de anchos hombros y tez bronceada por el sol, facciones correctas muy parecidas a las de su madre, en versión masculina. Podrían haber sido, además, copia exacta el uno del otro, una reproducción en escayola, policromada, porque eran idénticos hasta en el menor detalle físico, de rostro y cuerpo. Incluso sus trajes eran idénticos: de franela gris, muy bien planchados, corbatas azul celeste, camisa blanca y zapatos negros.
Pero no era eso lo que había dejado semiparalizada en su abertura la mandíbula del inspector. No es que fueran mellizos, sino el hecho de que quedaban ligeramente enfrentados uno a otro porque el brazo derecho del que estaba a la derecha estaba soldado a la cintura de su hermano, y el brazo izquierdo del de la izquierda estaba oculto por la espalda del otro, y sus bien cortadas chaquetas se juntaban y, lo más increíble, se unían al nivel del pecho.
Eran hermanos siameses.