La magia del deseo
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
– Debería odiarte -musitó ella con los dientes apretados.
– Pero no me odias.
– ¡Me mentiste! ¡Me utilizaste! ¡Me abandonaste! Y ahora has vuelto.
Travis estaba jugueteando con el cuello de su abrigo, rozándole la piel. Cuando ella intentó apartarse, los dedos se cerraron en la solapa.
– ¡Debería odiarte por lo que me hiciste y por lo que ayer insinuaste acerca de mi padre!
– No te creo capaz de odiar a nadie.
– Entonces es que no me conoces bien.
– Claro que te conozco, Savannah -replicó, con el rostro a unos centímetros del suyo-. Te conozco mejor que tú misma.
Y la besó. Fue un beso largo, profundo, tan cargado de pasión que ahogó toda protesta, que acalló todas las dudas de Savannah. La dulce presión de los labios de Travis pareció borrar el dolor acumulado durante tantos años. La mano que antes había estado detenida en su nuca empezó a bucear bajo su abrigo, haciendo que se le acelerara el corazón.
Savannah se embebió del sabor de su lengua. Logró desabrocharle torpemente los botones de la cazadora, hasta tocar la camisa de franela que cubría su duro pecho. Un dulce y poderoso anhelo empezó a arder dentro de ella.
– Yo siempre te he amado -susurró Travis contra su pelo-. Que Dios me ayude, pero siempre te he amado. Incluso cuando estaba casado con Melinda.
– No…
La acalló de nuevo, besándola con toda la pasión atesorada durante años. Enterró los dedos en su pelo, obligándola a alzar la cabeza y exponiendo la deliciosa curva de su cuello.
– Estar cerca de ti me vuelve loco. ¿Tienes alguna idea de lo mucho que tuve que controlarme para no seguirte hasta tu dormitorio anoche?
– No…, esto no puede ser…
– ¡Savannah, escúchame! Por una vez en tu vida, por una sola vez, confía en mí.
– ¡Ya lo intenté hace nueve años!
– No volveré a hacerte daño -la sinceridad de la mirada de Travis penetraba hasta lo más profundo de su alma.
De repente la levantó en brazos y la llevó a un cubículo vacío, al final del pasillo. Extendió su abrigo sobre el lecho de heno fresco y la depositó suavemente. Con exquisita lentitud, le soltó la cinta de la melena. Los negros rizos cayeron como una cascada, libres.
Acto seguido consiguió desabrocharle el abrigo y deslizárselo por los hombros sin dejar de besarle la cara y el pelo.
– Travis, no…
Él la estrechó en sus brazos. Jadeaba y tenía el pulso tan acelerado como el suyo. Savannah se apretó contra él, únicamente consciente del dulce sabor de su lengua y de la calidez de sus manos mientras le bajaba el suéter para desnudarle un hombro…
La besaba febrilmente, y ella correspondía a su pasión. Sus senos henchidos se destacaban bajo la camiseta interior. Las oscuras puntas presionaban la fina tela, incitadoras. Él localizó un pezón con labios y se concentró en acariciarlo con la lengua. Savannah se retorcía bajo él, enterraba los dedos en su pelo, lo atraía hacia sí…
– Te he echado tanto de menos… -susurró él con voz ronca.
«Y yo», pensó Savannah. Travis le bajó un tirante de la camiseta, desnudando el firme seno, y lo devoró con la mirada antes de acariciarlo con los labios.
Savannah se estremeció visiblemente mientras él le desnudaba el otro pecho. Allí estaba, tendida medio desnuda sobre un lecho de heno, la melena revuelta, la mirada nublada por la pasión…
Vio que él se desabrochaba lentamente la camisa y alzó la mirada a su torso musculoso.
– Esta vez lo haré bien -prometió Travis, inclinándose sobre ella.
– Y esta vez yo no esperaré más de lo que tú quieras darme -susurró Savannah, temblando cuando sus labios volvieron a encontrarse.
Los duros músculos del pecho de Travis rozaron sus senos y el fino vello acarició sus pezones. Sintió unos dedos que recorrían la cintura de sus tejanos y se deslizaban bajo la tela en busca de sus nalgas…
Una especie de fuego líquido comenzó a extenderse por todo el cuerpo de Savannah mientras se dejaba besar y acariciar.
– Te amo, Savannah -murmuró contra su cuello. Como no ella no respondía, alzó la cabeza para mirarla a los ojos-. Te amo -repitió.
– Pero… pero yo no quiero enamorarme de ti -repuso ella con un nudo en la garganta-. Otra vez no…
– Tienes miedo de confiar en mí -no era una pregunta, sino la simple y desagradable constatación de un hecho. Apartándose de ella, se pasó una mano por el pelo y masculló una maldición.
Savannah quedó abandonada sobre el heno, desnuda y vulnerable.
– ¿No podemos dejar al amor fuera de esto? -suspiró.
Él la miró por encima del hombro, desdeñoso.
– ¿Es eso lo que quieres? ¿Sólo sexo? ¿Sin sentimientos?
Ruborizándose ligeramente, ella desvió la mirada y recuperó su suéter. Travis soltó una amarga carcajada.
– Ya me parecía a mí… Dios mío, mujer, ¿qué voy a hacer contigo?
Con dedos temblorosos, Savannah se bajó el suéter y cuadró los hombros, irguiéndose.
– Creo que ya es hora de que vayamos a ver a Vagabond. Si todavía estás interesado.
– No me lo perdería por nada del mundo.
Ella sintió una punzada de furia ante la insolencia de su mirada. Acababa de incorporarse cuando Travis le espetó:
– Sólo espero que algún día de éstos acabes entrando en razón… y te des cuenta de que todavía me amas.
– ¡Tú sueñas!
– ¿Ah, sí? -bajó la mirada a su cuello, en cuya base el pulso latía aceleradamente-. Lo dudo -esbozó una confiada sonrisa-. Avísame cuando cambies de idea.
– No lo haré.
– Entonces tendré que convencerte, ¿no te parece?
– Eres un insufrible y un arrogante, ¿lo sabías? -lo acusó, dirigiéndose decidida hacia la salida.
– Y tú tienes el trasero más bonito del mundo.
Ella se giró en redondo y lo miró, rabiosa.
– A eso exactamente me refería. ¿Qué clase de comentario infantil y machista es ése?
– Uno que ha conseguido llamar tu atención -la recorrió lentamente con la mirada-. Sólo espero que te des cuenta de una cosa: no pienso cometer el mismo error que cometí hace nueve años.
– ¡Ni yo tampoco! -exclamó ella, cerrando los puños mientras el corazón le latía con desenfreno-. Ni yo tampoco -repitió, y se marchó.
Vagabond ya estaba en la pista para cuando Savannah se reunió con Lester en la cerca. Se había puesto a llover y el preparador estaba estudiando las evoluciones y carreras del caballo con un cronómetro en la mano.
– Ha hecho una marca fantástica -la informó, alborozado-. Lleva la velocidad en la sangre. Es más rápido que Mystic.
– Yo creía que pensabas venderlo -se burló Savannah con las manos en los bolsillos del abrigo. Sabía que Travis acababa de llegar, pero se negaba a mirarlo o a darse por enterada de su presencia-. ¿O es que has cambiado de idea durante este último par de días?
– Lo que me preocupa es poder controlarlo.
– Un estímulo más para tu trabajo, ¿no? -observó Travis.
Lester soltó una carcajada. Ordenó al jockey que diera una vuelta más a medio galope.
– Basta por hoy. Llévalo dentro -le gritó al jinete antes de volverse hacia Travis-. Siempre me pregunté por qué no decidiste quedarte con nosotros, aquí en el rancho.
– Es curioso -repuso Travis mirando a Savannah-. Últimamente, yo me he estado preguntando lo mismo.
– Ya sabes que podríamos seguir utilizando tus servicios. Nunca sobra un hombre que sepa tratar y trabajar con caballos -se marchó hacia las cuadras, dejándolos solos.
Ella podía sentir la mirada de Travis clavada en su espalda.
– ¿Crees que debería aceptar su oferta y quedarme? -inquirió él.
El corazón de Savannah dio un vuelco.
– Creo que ése sería el peor error de tu vida -mintió. Inmediatamente se giró en redondo para alejarse de allí.
Aquel día, víspera de vacaciones, Joshua salió del colegio más temprano que de costumbre. A la una y media entró corriendo en la casa y dejó los libros sobre la mesa de la cocina.