Lola Lo Revela Todo
- Автор: Гибсон Рэйчел
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
Max dio media vuelta y entró en la cabina. Inspiro con fuerza y dejó salir el aire despacio. Estaba atrapado. El día anterior se había sentido contento con la perspectiva de dejarse arrastrar por la corriente durante unos días hasta llegar a Bimini. Pero ahora no estaba tan seguro de que no fuera más conveniente lanzar alguna señal y arriesgarse con los Cosella. Lola lo estaba volviendo loco. Casi prefería que ella lo insultase y le mirase de nuevo como si él fuera un violador en potencia a que clavase en él esos grandes ojos marrones y le hiciese más preguntas sobre su vida sexual. Eso lo obligaba a recordar cuánto tiempo hacía que no estaba con una mujer, a imaginar qué haría ella si él, de repente, le arrancaba el chal que llevaba a manera de falda y pusiera manos a la obra allí mismo, encima de la mesa de la cocina. Sólo con mirarla lo asaltaba la imagen de sus manos subiendo por las largas piernas de Lola y de éstas enlazadas alrededor de su cintura.
Lola Carlyle constituía una amenaza para su salud mental. Su presencia suponía un incesante ataque a sus sentidos, y no había ningún lugar donde Max pudiese esconderse de ella, ningún rincón donde pudiera estar a salvo de su mirada, de la visión de ella bañándose en el mar, del sonido de su voz, del olor de su cabello mecido por la brisa. Cada vez le resultaba más difícil tener las manos quietas y acordarse de por qué debía hacerlo.
Con los prismáticos en la mano, Max abandonó la cabina y se encaminó hacia el puente, arrastrando la silla detrás de sí. Aunque Lola todavía se encontraba en la plataforma de baño, Baby lo siguió. El perrito se sentó a sus pies y Max se puso a escudriñar el vasto océano sin ver nada. Notó que el perro se tumbaba a su lado, así que bajó los prismáticos y lo miró.
– ¿Qué necesitas? -le preguntó.
Pero Baby parecía conformarse con estar a su lado. Junto a la peluda cola del perro se encontraba la pistola de bengalas que había desencadenado todo el desastre. Max la recogió y la observó.
No, no la utilizaría para señalar su posición a otro barco por mucho que Lola lo hiciese enloquecer. Pero podría resultar útil cuando se acercaran a Bimini.
Síndrome de Estocolmo. Lola decidió que Baby tenía el síndrome de Estocolmo. Desde que Max lo había rescatado del agua, el perro había desarrollado una especie de culto al héroe. Había establecido un vínculo con Max sin esperar que éste diese su aprobación. Y desde allí, sentada en el sofá del salón, no le pareció que este vínculo fuera totalmente unilateral. Lola echó un vistazo por encima del ejemplar de Pesca en agua salada que intentaba leer sin ningún éxito. En la cocina, Max estudiaba un montón de mapas que había desparramado sobre la mesa y apartaba continuamente a Baby.
– ¡Quítate de ahí, B.D.! -le ordenó mientras intentaba trazar una línea sobre un mapa.
Max calculó algo con el sextante y trazó otra línea. El sol se había puesto hacía una hora y los motores estaban en marcha otra vez. La luz de la lámpara iluminaba el pelo de Max y las orejas del perrito.
Lola no sabía qué pensar acerca del afecto que Baby le había cobrado recientemente a Max. Lola nunca había compartido ese afecto con nadie y tenía que admitir que estaba un poco celosa. Pero al mismo tiempo, se alegraba de que su perro hubiese encontrado compañía masculina, aunque fuera temporal. Baby necesitaba una influencia masculina en su vida y Lola se sentía aliviada de que Max ya no amenazara con lanzarlo por la borda o con comérselo.
Se levantó y se dirigió a la cocina.
– ¿Tienes idea de dónde nos encontramos? -preguntó cuando se acercó a la mesa. Max levantó la vista por un momento.
– Aquí -dijo por toda respuesta, y señaló un punto en el mapa.
Lola no podía creer que tuviese que tirarle de la lengua otra vez para sacarle información elemental.
– ¿Dónde es «aquí»?
– Unos nueve kilómetros al sureste de Bimini.
– ¿Cuánto tardaremos en llegar?
– No lo sé. Hoy no hemos avanzado mucho.
Max cogió la pistola de bengalas, una carpeta y un tubo de Super Glue.
– ¿Qué vas a hacer?
Esta vez, Max ni se molestó en alzar la vista.
– Voy a construir una radio, como me pediste.
Sin una palabra más, alcanzó unos prismáticos nuevos que había encontrado por ahí y se los lanzó a Lola.
– Haz algo útil.
Vale, algo lo había puesto de mal humor, así que Lola pensó que más valía despejar la zona. Con los gemelos en la mano, salió, se apartó de la luz que bañaba la cubierta de popa y se internó en la oscuridad. El cielo estaba plagado de estrellas. Lola miró alrededor hasta que localizó la Osa Mayor. El viento le revolvía el pelo, y ella se lo recogió dentro del cuello de la blusa.
Con los prismáticos observó el océano Atlántico. Max no sólo estaba de mal humor, sino que era evidente que la evitaba. Lo cual no dejaba de tener su ironía. El día anterior era ella quien rehuía su presencia.
Parecía que Max se encontraba siempre en el extremo opuesto del yate. Al principio, Lola creyó que era porque ella se estaba bañando y él quería respetar su intimidad, pero cuando ella ya se había vestido y se había topado con Max en la proa, él se había limitado a darle los prismáticos y a alejarse sin decir ni pío.
En la plataforma de baño, Max se había quitado la ropa y, con reflejos del sol en el negro cabello, se había lanzado al mar. Lola se había sentado a proa con las piernas colgando por la borda y, sujetando los gemelos en una mano, había estado observándolo mientras él nadaba alrededor del Dora Mae. Alguna vez él había levantado la vista y la había dirigido hacia donde ella se encontraba, pero no había parado de nadar hasta que hubo transcurrido una hora. No cabía la menor duda de que Max la estaba evitando desde la comida.
La brisa batía el chal contra sus piernas y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Echó una ojeada a babor por los prismáticos, por encima de la espuma blanca de las olas. El yate cabeceaba sobre las olas y, por una fracción de segundo, le pareció divisar un destello. El corazón le latía con fuerza mientras esperaba a que el destello apareciese otra vez. Pasaron unos largos segundos hasta que volvió a verlo.
– ¡Max! ¡Max, ven! iCreo que he visto algo! -gritó. No quería ir a buscarlo por miedo a perder de vista la luz. Max no aparecía, así que gritó de nuevo, más alto-: ¡Max, ven! ¡Corre!
– ¡Dios santo! -exclamó él al salir de la cocina-. ¿Qué quieres?
La luz volvió a brillar.
– Veo algo. Veo una luz.
– ¿Estás segura?
– Estoy segura.
Max se colocó detrás de ella, rozándole la espalda con el pecho. Cogió sus prismáticos y se los llevó a los ojos.
– ¿Dónde?
Lola ya no alcanzaba a verla, pero levantó el brazo y señaló.
– Justo ahí delante. ¿La ves?
– No.
– Fíjate bien. Está ahí.
Por unos momentos, sólo se oyó el sonido de las olas que rompían contra el barco.
– Ah, sí -dijo Max de pronto-. Ahí está.