Lola Lo Revela Todo
- Автор: Гибсон Рэйчел
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
– ¿Qué quieres saber?
– ¿Te has casado alguna vez?
– No.
– ¿Has estado apunto?
– Nunca.
– ¿Por qué?
– Nunca encontré a una mujer que me hiciera pensar a largo plazo.
Lola se quedó callada por un momento.
– Quizá tengas fobia al compromiso -comentó al fin.
Ojalá le hubiesen dado un dólar cada vez que le decían eso. Parecía una idea universal entre las mujeres, como si hubieran nacido con esa manía en el cerebro.
– A lo mejor es que me gusta mi vida tal como es. -El tema del compromiso, que no era uno de sus favoritos, apaciguó bastante sus ardores-. ¿Cuántas veces has estado comprometida?
– Dos.
– Quizá seas tú quien tiene fobia al compromiso.
– No, más bien soy un imán para los idiotas.
Max la miró, miró los labios carnosos y los pómulos altos, los pechos grandes y las largas piernas. Lola Carlyle era un imán, cierto. Decididamente, le inspiraba pensamientos impuros.
– ¿De dónde eres, Max?
Él dirigió la vista hacia el Atlántico.
– Nací en Miami y he vivido por todo el Sur. Principalmente en Tejas.
– ¿En qué parte de Tejas?
– En todas.
– Pero no tienes acento. Una vez salí con un tejano y lo tenía realmente marcado.
Aparte de algunas cicatrices, Max no presentaba marcas ni tatuajes, y había eliminado cualquier acento que pudiera identificarle. Pero el Sur le corría por las venas y, a veces, cuando se sentía cansado o estaba relajado, le salía el deje sureño.
– Me preocupé mucho de eliminarlo. Además, mi padre era cubano, así que tampoco hablábamos así en casa. La verdad es que tuve que esforzarme más por eliminar el acento cubano que aprendí de él.
– ¿Y tu madre?
– Murió cuando yo tenía tres años.
Lola se quedó un momento en silencio.
– Lo siento -dijo-. Debió de ser terrible para ti.
– No tanto. -Max fijó la vista en la cresta de las olas-. No la conocía, así que no la eché de menos. Pero mi padre la echó de menos cada día de su vida.
De repente, Max se preguntó por qué estaba contando todo eso. Él no era un hombre que hablara de sí mismo con cualquiera, y mucho menos con una mujer. Las mujeres siempre le daban unas palmaditas en la cabeza, lo analizaban de arriba abajo y le aconsejaban que siguiera alguna terapia. El hecho de que ahora le hablara así a Lola Carlyle era una muestra de su propio aburrimiento.
– ¿Cómo se llamaba?
Él la miró.
– ¿Por qué?
– Quiero saberlo.
– Eva Johansson Zamora. Era sueca.
Era mejor hablar con ella que pensar en cómo chupaba las uvas.
– Mi padre decía que yo era «cubeco».
Lola sonrió e inclinó el extremo de la caña arriba y abajo.
– No es una mezcla muy común, eso es cierto. ¿Cómo murió?
– Ella y mi padre cruzaban la calle Ocho en Little Havana cuando un coche la atropelló. Él contaba que sintió cómo su mano se soltaba bruscamente de la de él.
La sonrisa de Lola se desvaneció y la caña de pescar que tenía en las manos se quedó quieta.
– Eso es horrible, Max. ¿Y tú dónde estabas?
Ella no mostró demasiado sentimentalismo, no lo miró con compasión ni corrió a abrazarlo, de modo que Max continuó:
– Cogido de la otra mano de mi padre. Ninguno de los dos resultó herido. Ella murió antes de llegar al hospital.
– ¿Tú lo recuerdas?
– En realidad no. Tengo un vago recuerdo de unas luces, pero eso es todo.
– Y yo que pensaba que había tenido una infancia difícil.
– ¿Por qué fue tan difícil? -preguntó Max, contento por el cambio de tema.
– Bueno, en realidad no lo fue tanto. Pero pensaba que lo había sido-. Lola miró al océano mientras la brisa agitaba la manga de su blusa. -El hermano de mi madre era predicador baptista, y no era precisamente permisivo. Era de los que no te dejaban beber alcohol, pintarte los labios ni bailar, porque eso podía excitar a alguien. Esos comportamientos eran «mundanos» y «pecaminosos». Sólo se podía bailar en la iglesia, porque el espíritu era el que te inspiraba. En mi familia, tener un tío predicador era como tener al Papa en un hogar católico. Siempre teníamos que sentarnos en el rincón de las oraciones y decir en voz alta «alabado sea el Señor». El hecho de tener a un predicador en la familia significaba, para todos nuestros parientes, estar un paso más cerca de Dios que el resto de mortales. Por eso, cuando a los tres años le pedí a Papá Noel que me trajera un pintalabios, sombra de ojos y unos sujetadores transparentes nadie en la familia sonrió. Cuando tenía quince años, me pillaron bebiendo y mi familia se escandalizo.
El extremo de la caña de pescar se agitó, pero Lola continuó:
– Mi madre estaba convencida de que había heredado los genes anormales de la familia de mi padre. Él tenía unos primos que bebían a morro y fornicaban como marineros de permiso.
Max se rió con ganas.
– Supongo que ser modelo de ropa interior no ayudó mucho,
– Al principio no, pero cuando sorprendieron al tío Jed con una de las chicas Lyle detrás del púlpito, Millicent creo que se llamaba… -Lola se encogió de hombros-. Representó a la perfección el papel de culpable arrepentido, pero Millicent todavía no era mayor de edad y se quedó preñada, así que su propia esposa abandonó la iglesia. Después de eso la familia se comportó como las ratas que abandonan un barco que se hunde y de repente, mi trabajo ya no les parecía tan malo. -Lola le miró un momento y le sonrió-. Me alegraba de no ser yo la mayor pecadora del mundo.
Ahora, al observarla bien, ahí de pie, con los pies descalzos, esas piernas largas, y esa gorra calada hasta la mitad de la frente, Max se dio cuenta de que ya no era para él esa insoportable modelo de ropa interior que había imaginado cuando vio su carné de conducir. Ahora era algo más que una mujer bonita con un estupendo cuerpo en medio del mar azul y bajo un cielo todavía más azul. Ahora veía a una mujer que tenía problemas como todo el mundo. Una mujer con sentido del humor, capaz de reírse de sí misma.
– ¿Hermanos o hermanas?
– Una hermana mayor, Natalie. Era una chica perfecta. Nunca le atrajeron ni el pintalabios ni la bebida. Tiene cinco niños perfectos y es una esposa perfecta. Tiene un marido perfecto, Jerry, que en realidad es un chico muy majo.
Por un momento, a Max le pareció que Lola envidiaba a su hermana. ¿Lola Carlyle, la modelo de trajes de baño del Sports Illustrated, envidiaba a un ama de casa? Imposible.
– No me digas que quieres tener cinco niños.
– No, sólo dos. Pero primero tengo que encontrar un marido. Por desgracia, eso significa que tengo que empezar a salir con hombres otra vez. Y parece que atraigo a hombres posesivos, o, peor aún, a hombres increíblemente necesitados a quienes acabo cuidando yo. -Hizo una pausa para respirar y preguntó-: ¿Tú quieres tener niños?
Niños era lo último que Max quería.
– No.
Ella estudió su rostro por un momento.
– Parece que te haya preguntado si quieres tener dolor de muelas. ¿Es que no te gustan los niños?
Los niños le parecían bien, siempre y cuando fuesen los niños de los demas.
– ¿De verdad quieres que me crea que no sales con nadie? -le soltó Max en lugar de contestar a su pregunta.
Lola suspiró ante ese intento de cambiar de conversación, pero lo dejó estar.
– Hay algunas diferencias entre salir a cenar con un hombre y desear que sea el padre de tus hijos. No tengo precisamente el mejor recuerdo de los hombres. -De repente, la caña de pescar de Lola se dobló con fuerza y casi se le escapó de entre las manos-. ¡Creo que he pescado algo!