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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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Al ver que la caña se doblaba, Max dejó la suya en el soporte de su silla.

– ¿Necesitas ayuda?

– No. Pero tráeme la red -le pidió Lola mientras abría la puerta de la plataforma de baño. Bajó las escaleras mientras empezaba a recoger el sedal y añadió-: También debe de haber algo para tirar del anzuelo.

Max encontró una red en la caja de la que había sacado las cañas y el resto de equipo. También había algo parecido a unos alicates.

Como era de esperar, ella estaba demostrándole que pescaba mejor que él.

– ¡Date prisa! -lo apremió ella mientras bajaba las escaleras.

Ahora las olas eran un poco más altas y el agua de mar les llegaba a los pies. El primer pez que emergió era de color azul y tenía la cola y los ojos de un amarillo brillante. Max no tenía idea de qué pez era, pero el segundo pez debía de ser una variedad de mero. Era de color beige con rayas marrones y puntos grises, y Max calculó que pesaba unos seis kilos. Recogió los peces con la red; el de color azul agitaba la cola frenéticamente.

Se dirigieron de nuevo a la cubierta de popa. Mientras Max llevaba los peces en la red, Lola le dio algunas instrucciones:

– Hay que sacarles los anzuelos y ponerlos en un recipiente con hielo o en algún lugar frío. Puedes limpiarlos ahora, si quieres.

Ningún problema, pero no eran sus pescados.

– Creí que me habías dicho que pescabas con tu abuelo en su barco.

– Así es, pero era él quien sacaba los anzuelos y los limpiaba. -Lola frunció las cejas y lo miró-: Eso es trabajo de hombres.

– ¿Y tu único trabajo es sacar los peces del agua?

– Claro -le contestó, como si Max fuese tonto.

Pero Max no era tonto en absoluto y se daba cuenta de que era ella quien establecía las reglas sobre la marcha. Sacó el pescado azul de la red, le extrajo el anzuelo de la boca y lo dejó sobre la cubierta.

– ¿No son preciosos? -exclamó Lola con orgullo, como si fueran una creación suya.

– Están bien. -Sacó el otro y también le quitó el anzuelo. Vale, había cobrado dos piezas, ¿y qué?-. En Malasia, durante una misión, disparé a una cobra a la cabeza y me la comí para desayunar.

Lola lo miró de reojo.

– ¿Y exactamente por qué me cuentas esto?

Max dejó el pescado al lado del otro, pero no contestó. No sabía por qué le había contado esa estúpida historia. A no ser que hubiera querido impresionarla, lo cual era difícil de admitir incluso ante sí mismo.

– ¿Te sientes amenazado?

Max se volvió hacia ella.

– ¿Por qué?

– Por mí. ¿Es que mi habilidad para la pesca amenaza tu masculinidad?

Max rió. No se sentía amenazado, solamente se sentía ridículo.

– Tesoro, mi masculinidad está estupendamente. Hace falta algo más que tu pequeño ejercicio de pesca para que me sienta poco hombre.

– Pareces celoso.

Quizá lo estaba un poco, pero nunca lo reconocería. Nunca.

– ¿De estos dos pescaditos? Bueno, quizás en otra vida.

Baby saltó del banco y se acercó a los pescados. El mayor sacudió la cola contra la cubierta y el perro retrocedió de un salto.

– Vigila a Baby mientras busco un recipiente con hielo -le dijo ella, y entró en la cocina.

Max echó un vistazo a la puerta de la cocina.

– No seas tan mariquita -dijo en voz baja-. Vamos. -Se negaba a llamar al perro por ese ridículo nombre, así que continuó-: Acércate, B.D., y enséñales a esos pescados quién manda aquí.

Animado por esas expresiones de aliento masculinas, Baby se acercó a la cabeza del pescado, lo olisqueó un par de veces y le lamió un ojo.

– Muy bien, buen chico.

– ¡Baby! -Lola salió de la cocina y dio un manotazo a la nevera de plástico que llevaba. La dejó en la cubierta y miró a Max-. Creí que lo vigilabas.

Max no recordaba haberse comprometido a nada.

– Tu perro no oye del todo bien.

Dentro de la nevera, ella había puesto dos bolsas de hielo artificial.

– El hielo del congelador está bastante derretido, pero el de estas bolsas está bien -le dijo y, levantando la vista hacia él, ordenó-: Vamos, ponlas dentro.

Max tampoco recordaba haber aceptado ser su criado.

– Ese honor te corresponde a ti.

– Por mí, bien. A ti las manos todavía te huelen a pescado. -Y, tras fijarse en la ropa que llevaba, agregó-: y yo voy de blanco.

– Ajá.

Max se arrodilló al lado de la nevera y colocó los pescados dentro. Entonces se percató de que su silla se estaba desplazando un poco por la cubierta y que la caña colocada en el soporte estaba prácticamente doblada, en dos.

– ¡Joder! -exclamó, levantándose. Notó que el dolor en el costado remitía bajo la súbita descarga de adrenalina. Asió la caña de pescar y empezó a enrollar el sedal mientras avanzaba hacia la plataforma.

– Tráeme la red -le gritó a Lola. Las olas rompían contra la plataforma y el agua le lamía los pies. Max levantó la caña, dando vueltas al carrete como un loco. Comparado con las dos truchas que había pescado, ese pez pesaba como un tractor.

En cuanto entrevieron el tono rojizo del pez bajo la superficie del agua, Lola lo recogió con la red y Max la ayudó inmediatamente a izarlo a bordo. Sosteniendo la caña con una mano, estudió el brillante besugo. Pesaba, por lo menos, once kilos.

Una vez más, siguió a Lola hasta la cubierta de popa y extrajo el anzuelo.

– Fijate en esto -dijo mientras se arrodillaba y lo extendía sobre la cubierta. Era lo más bonito que había visto en mucho tiempo, con sus pequeñas escamas rojas y las delicadas aletas.

– Es sólo un pez.

Max se levantó y dio un paso atrás para admirar su presa.

– Es enorme.

Lola cruzó los brazos.

– Bueno, pero yo he pescado más que tú.

– Tus dos pescados juntos no pesan ni lo mitad que el mío.

– ¿Nunca has oído eso de que el tamaño no cuenta?

Max se volvió hacia ella.

– Tonterías. -Max rió al ver que Lola tenía los labios apretados-. Sólo un tipo con el paquete pequeño se creería eso.

Lola frunció el entrecejo con fuerza.

– Yo sé que es verdad.

Max rió con ganas.

– Puedo demostrarte que estás equivocada.

– Gracias, pero otra vez será.

– Cuando quieras, Lolita.

CAPÍTULO 6

Lola puso arroz a hervir y mezcló orégano, romero, pimienta de cayena y un pellizco de sal en un cuenco.

«Cuando quieras, Lolita.» Max casi se lo había susurrado al oído. Bueno, quizá no lo había susurrado y quizá tampoco se lo había dicho al oído: se encontraba demasiado lejos de ella. Aun así, la sensación que la había asaltado era de que se lo había susurrado al oído, de que había bajado la voz hasta convertirla en una caricia íntima que le había erizado el vello de la nuca. Una experiencia no del todo desagradable. Lo cual era malo. Muy malo y peligroso.

Ya la primera noche que le vio supo que era un hombre peligroso, pero no se había dado cuenta de que el peligro estaba en pensar en él como un hombre y no como un ladrón o un pirata. No había querido mirarlo a la cara magullada y ver más allá de los morados y las heridas. El azul de sus ojos, su piel morena y su pelo oscuro. La determinación de la mandíbula y del mentón y la sensualidad de sus labios, que habrían dado un aspecto blando a cualquier otro hombre, pero no a Max. Max tenía una sangre compuesta en un noventa y nueve por ciento de pura testosterona; no cabía lo menor duda de que era un macho cien por cien heterosexual.

Lola no quería ver al hombre que había en Max, el hombre que podía matar dragones, que rescataba doncellas y perritos en peligro de ahogarse, que pescaba los peces más grandes.

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