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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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Sólo después de haber admirado su presa desde todos los puntos de vista y de haberla sopesado con los brazos, como si fuera el mayor pescado que se hubiera capturado nunca, Max se puso a limpiar los pescados. Lo hizo como un profesional. Habían pescado más de lo que se podían comer, así que empaquetaron los filetes y los metieron al fondo del congelador.

Mientras Max encendía los motores y limpiaba un poco, Lola se dedicó a buscar especias en la cocina. Encontró aceite de oliva, cinco limones y arroz en la alacena. Mientras el arroz se cocía, aderezó cuatro filetes pescado y les añadió un pellizco de pimienta negra. Cuando el aceite estuvo caliente, colocó los filetes en lo sartén y los frió durante siete minutos por cada lado.

Lola no se consideraba una gran cocinera, pero parte del tratamiento contra la bulimia consistía en establecer una relación sana con los alimentos, en aprender a comer de nuevo. Y eso significaba aprender a preparar algo más que un plato precocinado. Había tomado algunas clases, pero de donde más había aprendido era de los libros de cocina que había coleccionado, procedentes de todas partes del mundo. Tenía ciento doce, y algunos de ellos le resultaban ilegibles, porque estaban en francés, italiano o español. Los había comprado durante los últimos años de su carrera como modelo, cuando su enfermedad se encontraba en su fase más aguda. En aquella época, todos sus pensamientos se concentraban en la cantidad de grasa que tenía una pechuga de pollo, en las tablas de calorías y en calcular cuánto ejercicio tendría que hacer para quemar las calorías de un yogur. Esa pérdida de control y los banquetes que se daba acababan inevitablemente en un ataque de culpa y una excursión al baño.

Bueno, no era una imagen muy edificante, pero Lola había sido afortunada. Nunca había tocado una jeringa ni sucumbido a las anfetaminas, un precio que muchas mujeres pagaban por llevar esa vida de glamour, por tener ese cuerpo irreal que la industria y el público exigían. Ahora, tres años después de todo eso, Lola todavía vigilaba lo que comía, pero lo hacía para no perder peso, pues eso podía sumergirla en otra espiral incontrolada.

La puerta de la cocina se abrió, y Max entró con el sol de la tarde a la espalda y con Baby a sus pies. Casi tocaba el techo de la cocina con la cabeza y parecía llenar todo el espacio con sus anchos hombros. Se había lavado y se había puesto una camisa tejana limpia que había encontrado en el camarote. Le venía pequeña, por supuesto, y había tenido que cortar las mangas para poder ponérsela. La llevaba sin abrochar sobre el ancho pecho.

– Huele como mi restaurante favorito de Nueva Orleans -dijo, mientras servía dos vasos de un vino blanco que había encontrado en lo bodega de los Thatch.

Lola dispuso el besugo y el arroz en una bandeja, lamentando no tener un poco de calabacín o calabaza para adornar el plato. Ya había puesto lo mesa, y colocó la bandeja en el centro.

A Baby le había limpiado y cocinado lo que había sobrado del pescado azul, justo la cantidad que necesitaba. Los dos se sentaron a la mesa y Baby se puso a comer de un platito que le habían dejado en el suelo.

Max atacó su filete con el entusiasmo de un hombre que ama lo comida. No ponía los codos sobre la mesa ni mascaba con lo boca abierta, pero se notaba que estaba disfrutando.

– Esto supera en mucho las barritas de cereales y las galletas saladas -comentó entre bocado y bocado.

Lola levantó su vaso y tomó un buen trago. Ese cumplido la halagaba, más de lo que le habría gustado admitir, por lo que decidió mantener la guardia alta. No se encontraba en una reunión social, y él no era su novio, ni siquiera su amigo. Había cocinado para él simplemente porque tenía que cocinar para sí misma. Era una cuestión de supervivencia. Nada más.

Mientras se llevaba un trozo de pescado a la boca, Lola lo observó. Todavía llevaba las tiritas en lo frente y tenía el ojo izquierdo amoratado, pero la hinchazón había desaparecido por completo. La luz del sol que entraba por las ventanas se reflejaba en los cromados de los utensilios de cocina. Un brillo etéreo inundaba lo cocina, dándole un aire de irrealidad. Nada parecía real. Ni él, ni ella, ni el Dora Mae.

Él levantó lo vista y, bajo las cejas oscuras y las pestañas negras, sus ojos azules miraron directamente a los de Lola. Entonces Max sonrió y a Lola le costó tragarse lo que estaba masticando. Tenía que irse a casa. No sólo tenía que contratar aun detective privado y recuperar su vida de siempre, sino que cuanto más tiempo pasara al lado de Max más le costaría no verlo como a un hombre. Un hombre que, a pesar de esas heridas, hacía que una mujer se mirase en el espejo y se tomara una pastilla de menta. Un hombre que podía abrazarla contra su enorme pecho y asegurarle que todo iría bien, que él resolvería todos sus problemas. Aunque, de hecho, él era el causante de sus problemas.

Lola se había convencido de que él no había querido involucrarla en sus asuntos ni en su huida de Nassau, que ella simplemente se había encontrado en el lugar equivocado en el momento equivocado. Él tenía que huir rápidamente de la isla y no se había imaginado que ella se encontraba en el yate. Creer eso no habría debido cambiar su opinión sobre él, pero de alguna manera sí la había cambiado. Además, desde que él había salvado a Baby, ella ya no podía odiarlo tanto. Al contrario. Cuanto más distante se mantenía él, más intrigada se sentía ella.

Lola, que nunca se había caracterizado por su paciencia o sutileza se moría por saber más cosas de él.

– Entonces -empezó-, si no eres de la CIA, ¿eres uno de esos tipos de las operaciones encubiertas?

– ¿Ya estamos otra vez con eso?

– Sí. Si estás retirado de la Marina, como dices, ¿qué tipo de trabajo haces para el Gobierno?

Lola tomó unos cuantos bocados de pescado y luego bebió un buen trago de vino. Max se terminó su plato.

– Podría decírtelo -le contestó mientras alargaba el brazo, cuyos músculos captaron la atención de Lola, para servirse otra ración-. Pero, entonces tendría que matarte.

– Muy divertido. -Lola dejó su vaso sobre la mesa-. ¿Por qué no me cuentas los detalles menos mortíferos?

Max se rió y, para sorpresa de Lola, comenzó a explicarle:

– Digamos que, hipotéticamente, algunas de las cosas que el Gobierno quiere que se hagan no pueden hacerse por los canales habituales. En esos casos es cuando me contratan.

– Por ejemplo, ¿qué?

– Pues quizás entrar en alguna instalación clave, o desmantelar un convoy de armas ilegales en Afganistán. -Max mascaba despacio, pensativo, como midiendo exactamente qué podía decirle-. No es un secreto que el gobierno de Estados Unidos tiene normas y vías para cualquier cosa, y algunas de esas vías son inaceptables desde el punto de vista de vista de la política nacional. Algunos objetivos enemigos, como las plantas de armas químicas, sólo pueden atacarse en una acción militar. Pero cuando los militares trazan un plan y el presidente firma la orden, los malos ya se han enterado de todo y han retirado las armas químicas, o las cabezas nucleares, o lo que sea. Uno de los procedimientos del Gobierno para contrarrestar esto consiste en subcontratar una, o incluso cinco personas que hagan ese trabajo.

– Y una de esas personas eres tú.

– Quizás.

– Entonces, ¿eres como James Bond mezclado con Jean-Claude Van Dame?

Max sonrió y continuó comiendo. Lola también tomó otro bocado, pero no había terminado.

– ¿Qué es eso del grupo de desarrollo que mencionaste ayer?

– El Grupo Naval de Desarrollo de Técnicas de Guerra Especiales.

– Sí. ¿Es como un equipo de fuerzas especiales de la Marina?

– En cierto modo -le contestó él mientras comía-. Casi todas las operaciones del Grupo son clasificadas y forman parte de las actividades del CUDE.

– ¿Qué es el CUDE?

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