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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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– El Comando Unificado de Operaciones Especiales.

Lola arqueó las cejas.

– Entonces, ¿qué es lo que haces?

Max se llevó un poco de arroz a la boca y lo regó con un poco de vino.

– El Grupo Naval es una unidad antiterrorista.

– Y hace exactamente lo que el nombre da a entender, aunque el Gobierno lo negaría. También invertimos mucho tiempo y dinero de los contribuyentes en desarrollar, probar y evaluar tácticas, armas y equipo. Así es cómo el Gobierno pudo dirigir esas acusaciones falsas contra mí.

– Un momento. -Lola levantó una mano-. ¿Tú probabas los equipos? ¿Equipos eléctricos?

– De todo tipo.

Una pequeña esperanza brilló en los ojos de Lola.

– Entonces puedes fabricar una radio, ¿no?

Max levantó lo vista del plato con el ceño fruncido.

– Lola, incendiaste lo radio, el sistema de navegación y hasta el medidor de profundidad.

Lola no se tomó la molestia de señalar lo parte de responsabilidad que él había tenido en todo eso.

– ¿No queda nada con lo que puedas construir una radio nueva?

– Qué, ¿mi zapato?

– No lo sé. No sé nada de electrónica.

Max se reclinó en el respaldo de su asiento.

– Entonces créeme: no podemos establecer contacto por radio con lo que tenemos.

El brillo de esperanza desapareció, Lola tomó otro trago y alcanzó la botella para ponerse más vino. Hizo el gesto de servirle también a él, o Max colocó su mano sobre el vaso.

– Hay una botella de vino tinto, si lo prefieres.

Al dejar la botella en la mesa, Lola sintió que el vino se le subía y la hacía entrar en calor de lo cabeza a los pies. Normalmente, no era tan sensible al alcohol, pero supuso que lo falta de alimento tenía algo que ver que le hiciese más efecto de lo normal.

– No, gracias. Prefiero beber cerveza de la botella, como los primos de tu padre.

Max recordaba lo que ella le había contado acerca de su familia. Le había prestado atención. Para ella, eso era extraño. Lo más habitual era que los hombres prestaran más atención a su físico que a sus palabras.

– ¿También prefieres fornicar como un marinero de permiso? -preguntó Lola sin pensar.

Max se quedó inmóvil por un momento, mirándola.

– Es un tema en el que decididamente no deberíamos entrar.

Quizá Max tuviera razón.

– ¿Por qué no?

– Porque no creo que tengas ganas de saber nada de marineros cachondos.

No, Lola no quería saber nada de marineros. En esa cocina iluminada con ese toque de irrealidad, Lola sólo quería saber cosas de Max Zamora, el tipo que se había comido una cobra para desayunar.

– ¿Tienes una novia en cada puerto?

– ¿Una novia?.

Baby subió al asiento y se enroscó al lado de Lola.

– ¿Había más de una?

– ¿De verdad quieres saberlo?

¿Quería saberlo? Lola había viajado a prácticamente todos los países del mundo y había visto muchas cosas. Había experimentado unas cuantas también, pero estaba segura de que no era comparable a todo lo que había vivido Max.

– ¿Por qué no?

– Muy bien, pero recuerda que eres tú quien ha preguntado. -Max se inclinó hacia delante y puso los brazos sobre lo mesa-. Si eres un chico joven que pasa meses sin comerse una ro… -se interrumpió y recondujo sus pensamientos-: Si te privas de ciertas cosas durante meses, al final eso es en lo único que piensas. Cuando llegas a un puerto, tiendes a volverte un poco loco y saltas encima de cualquier cosa que tenga dos tetas. -Hizo otra pausa y añadió-: Lo siento, quería decir pechos.

Lola se mordió el labio para no reír. Tenía que admitir que por lo menos Max había intentado suavizar su lenguaje, pero si creía que la había escandalizado, estaba muy equivocado. Lola se había relacionado con demasiados fotógrafos malhablados, agentes de dudosa reputación y playboys sobones para escandalizarse por eso. El hecho de que ella no utilizara ese lenguaje no significaba que no lo hubiese oído antes. Había oído cosas incluso peores de boca de hombres que pensaban que, porque la habían visto en ropa interior, debía gustarle que le susurrasen obscenidades en la oreja.

– ¿Y los chicos mayores? -preguntó-. ¿También tenéis tendencia a volveros locos?

Max se apoyó en el respaldo.

– Sí, pero sabemos cómo templarnos. -Max dirigió lo vista a los labios de Lola-. ¿Quieres conocer los detalles?

Lola entreabrió la boca sin darse cuenta y una imagen de él le vino a la mente de forma repentina. Era una visión de los fuertes músculos de su pecho, del vello oscuro que le crecía en el abdomen y que le bajaba por el vientre plano para desaparecer bajo los calzoncillos mojados. Una visión de cómo el algodón gris le marcaba sus impresionantes dotes. «Puedo demostrarte que estás equivocada», le había asegurado él antes cuando hablaban del tamaño. Ahora, Lola le creía.

Sus miradas se cruzaron, y el aire húmedo se cargó de tensión sexual. Lola lo notaba cálida y vibrante en sus venas, como el vino. Vibrante y todo era culpa suya. Había jugado con fuego.

Max enarcó una ceja, como preguntándole en silencio si quería continuar jugando. Lola no tenía dudas de que con un hombre como Max, ella llevaba las de perder. Ese hombre podía encender en ella un fuego devorador. Era el tipo de hombre que estaba decidido a ganar a toda costa. Todo o nada. Aunque Lola no era una mujer especialmente prudente, tampoco se acostaba con cualquier hombre que acabase de conocer.

A los diecisiete años Lola perdió la virginidad con un chico que se llamaba Rusty, y nunca lo había lamentado. A diferencia de otras mujeres que conocía, Lola jamás había tenido una mala experiencia sexual de verdad, simplemente las había tenido con diversos grados de placer, de normales a fabulosas. Tenía la sensación de que Max entraría en esta última categoría, pero lo había visto por primera vez hacía dos días y durante lo mayor parte de ese tiempo ni siquiera le había caído bien. En realidad, tampoco quería que le cayese bien ahora, pero parecía que no había forma de evitarlo. Era momento de retirarse. Momento de cambiar de tema.

– Entonces, ¿dónde me dijiste que vivías? -le preguntó.

Max esbozó una sonrisa.

– En Alexandria, Virginia -contestó.

La conversación derivó hacia la casa de más de doscientos años de antigüedad que Max estaba restaurando.

Ella le contó cómo había iniciado su negocio tras decidirse a establecerlo en Carolina del Norte porque ella era de allí. Él le habló de su empresa seguridad y de que la había levantado porque necesitaba un trabajo de verdad. La tensión entre ellos se enfrió y todo volvió a su cauce. Aunque no del todo. Ahora que esa tensión había aparecido, permanecería allí, flotando entre ellos. Al igual que la humedad, Lola casi podía tocarla.

El aire de la sala de máquinas era espeso como el alquitrán y casi igual de negro. Max enfocó el motor de 440 caballos con la linterna y lo apagó. Se limpió con la camiseta el sudor de lo cara, que le bajaba hasta el pecho. Paseó el haz de luz por encima de los generadores y del depósito de agua hasta el cilindro del timón.

Quizás hubiese pasado algo por alto. Tal vez hubiera alguna forma de dirigir el barco desde la sala de máquinas. Con lo frente y la nariz empapadas de sudor, Max se dirigió a la escotilla. Mientras salía del vientre de la embarcación oyó los ladridos de Baby y la suave respuesta de Lola. Después de comer, Lola le había comunicado que pensaba tomar un baño, y no había hecho falta decir una palabra más para que quedara entendido que él debía buscarse una ocupación en algún otro lugar en ese momento. Lola se llevó champú, jabón y el cepillo de dientes que se encontraba en remojo en un vaso de ron. No preguntó cómo había llegado hasta allí, y él no le dio explicaciones.

Cuando cerró la escotilla por donde había salido, Max no pudo evitar ver el chal rojo y la blusa blanca encima de la silla. El mar se había calmado durante lo última hora, y Lola y el perro se encontraban en la plataforma de baño. Ella se había lavado el pelo, estaba sentada con las piernas colgando de la plataforma, y el pelo le caía sobre los hombros. Llevaba unas bragas rosadas y un sujetador del mismo color. Se encontraba de espaldas a Max y aunque éste sólo alcanzó a ver el lateral de uno de sus pechos, no necesitó verlos por entero para sentir el impacto en la ingle. Había intentado no hacer caso de aquel ardor acuciante desde que, esa mañana, había estado a punto de besarla, pero ese ardor se había hecho más intenso a lo largo del día. Sobre todo durante lo comida.

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