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La Marcha De Los Vencidos Dunkerque

Электронная книга - «La Marcha De Los Vencidos Dunkerque». Краткое содержание книги:

«Como una cuña de acero, las fuerzas blindadas alemanas avanzaban hacia el oeste, hacia el mar, empezando a dibujar sobre los mapas de los estados mayores la gigantesca tenaza que iba a cerrarse a la espalda de las fuerzas francobritánicas que seguían en Bélgica.»
Por primera vez en sus obras, Karl von Vereiter va a colocarse, casi de una manera exclusiva, «del lado aliado» y, más concretamente, del lado británico. De la mano de una pequeña unidad británica, de un grupo de valientes y sufridos hombres, va a hacernos revivir aquellas tremendas jornadas por el largo camino de la esperanza hacia las playas abarrotadas de soldados que miran, con temor e incertidumbre, el brazo de mar que les separa de la vida y de la libertad. Porque Dunkerque no fue una batalla, sino algo mucho más sencillo, más humano. Se trató de una retirada trágica -¿y hay alguna que no lo sea?-. Una retirada con todas las espantosas consecuencias que lleva consigo. Sólo Vereiter podía ser capaz de describir el ambiente opresivo que reina en los corazones de los hombres que se repliegan.
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– Nos quitan Dunkerque -dijo luego-. La iniciativa pasa, de nuevo, a la Wehrmacht.

Strasser, que estaba sentado a su derecha no pudo contenerse.

– ¡Pero eso es inicuo, señor! Sólo la Luftwaffe conseguiría un triunfo rotundo, empleada en masa… cuando la infantería y los tanques lleguen a las playas, los ingleses habrán evacuado a casi todos sus hombres.

– Lo sé, mi querido Strasser. Lo sabemos todos… pero la orden procede del Cuartel General del Führer.

– Alguien hay allí que no nos quiere bien, mi coronel.

Von Rukeller esbozó una sonrisa.

– No nos descubre usted nada nuevo, mi querido Strasser. Yo lo he visto, con mis propios ojos, en Berlín, antes de que la campaña del Oeste empezase.

»De no haber sido por nuestro mariscal, hubiesen limitado aún más el papel de la aviación del Tercer Reich. Lo que ocurre es que esos señores de la Wehrmacht no han podido olvidar que la victoria de Polonia se debió a nuestro esfuerzo.

– ¡Quieren minimizar nuestro papel!

– Así es, amigo mío. Afirman, con esa estúpida osadía que poseen los hombres del ejército de tierra, que sus cañones evitarán el embarque de los ingleses.

– ¿Y vamos a quedarnos con los brazos cruzados?

Von Rukeller se pasó la mano por el mentón afeitado; sus dedos buscaron, sin encontrarlo, el resto de una barba que brillaba por su ausencia.

– A pesar de la drástica medida que se nos ha echado encima -dijo lentamente-, se nos permite, en principio, la realización de algunas misiones de hostigamiento… mientras que la gloriosa Wehrmacht cumple sus objetivos.

»Esta pequeña y reducida posibilidad es la que ha hecho nacer la idea, en mi mente, de una acción que podría devolver, permítame la frase, el brillo a nuestras alas.

»Debido a la fuerte acción de la Flak [23] inglesa, y me refiero naturalmente a la de los barcos, puesto que la de tierra no existe, no vamos a emplear, en esta fase de las operaciones, nuestros queridos Stukas…

Los pilotos -jefes de escuadrilla- de los Ju-87 sentados al lado derecho de la mesa, fruncieron el ceño al unísono, pero ninguno de ellos despegó los labios.

– Esta vez -prosiguió diciendo el coronel- vamos a emplear exclusivamente nuestros queridos Ju-88.

Sonrisa velada del lado izquierdo de la mesa.

– Claro -dijo aún Von Rukeller- que nos serviremos de un método sui generis en esta ocasión. Bombardearemos a gran altura los barcos exclusivamente, pero utilizando bombas retardadas.

Uno de los jefes de escuadrilla del lado izquierdo de la mesa, naturalmente, intervino entonces:

– ¿Puedo hacer una pregunta, mi coronel?

– Sí.

– ¿Tenemos bombas pequeñas de esa clase?

– No. Las que poseemos son sólo de trescientos kilos, pero es precisamente lo que nos conviene.

– Entiendo.

– A gran altura, podrán ustedes precisar sus blancos con mayor cuidado. Y cuando alcancen el objetivo, es muy probable que esos estúpidos ingleses crean, como suelen decir, que se trata de bombas que no han explotado por sabotaje en nuestras fábricas.

Algunos de los presentes se permitieron una risita breve.

– Con las bombas en sus barcos regresarán, camino de Inglaterra, convencidos de no llevar en las entrañas de su navío más que un artefacto inútil, boicoteado por los alemanes que no quieren a Hitler.

Hizo una pausa.

– Por eso nos interesa utilizar un retardo de una hora, tiempo más que suficiente para que no se percaten de nuestro artilugio.

Hizo un gesto con la mano, sonriendo luego.

– Pueden ustedes prepararlo todo, caballeros. Y esperemos que esta vez los señores de la Wehrmacht tengan que inclinarse ante la efectividad indudable de la Luftwaffe. [24]

* * *

No hubo nada morboso en el gesto de Kirk. Su disparo, limpio, deshizo la cabeza del británico. Había hecho fuego casi a quemarropa, pensando en que la muerte de aquel desdichado fuese lo más rápida posible.

Todo ocurrió tan velozmente que la enfermera lanzó un grito, sólo ya cuando el enorme cuerpo del epiléptico se desplomó en el suelo.

Dejando el arma en la mesita central, junto a la linterna, Richard se acercó a la joven.

– No tema nada, señorita.

Las lágrimas corrían libremente por las mejillas de Helen.

– ¿Era… necesario? -inquirió entre sollozos.

– Sí -repuso Kirk, que la estaba desatando-. Detenerlo hubiera sido prolongar su sufrimiento.

Ella se sentó en la cama, frotándose enérgicamente las muñecas.

– Era un pobre enfermo…

– Lo sé. No podía tratarse de un hombre en su juicio. Por eso es mejor que haya ocurrido así, señorita. Ahora, si me lo permite, la acompañaré hasta donde desee.

– Gracias.

Tuvieron que avanzar por la ciudad con todo cuidado, ya que los proyectiles de obús alemanes caían ahora en profusión, estallando por doquier.

– No sabía que había mujeres inglesas en Dunkerque -dijo él mientras corrían para atravesar una plaza.

– Soy la única -repuso la joven.

– Debería haber embarcado ya.

– Lo haré cuando me toque el turno. Hay muchos heridos, sargento. Y si podemos hacer algo por ellos, no debemos pensar exclusivamente en nosotros.

Ella tropezó en aquel momento y Kirk la cogió por la cintura. A la cárdena luz de las explosiones, sus miradas se cruzaron, y el sargento experimentó una rara sensación, como nunca le había ocurrido hasta entonces.

* * *

Satisfecho, con el rostro enrojecido por el ejercicio, Mathew se dejó caer en su colchón, después de liberar a WC, que se tiró materialmente de cabeza al suyo.

– No hay duda alguna -dijo Blow-. ¡Es todo un maestro!

A su lado, John se echó a reír.

– ¡Vaya sorpresa que se va a llevar tu media naranja! -exclamó jovialmente-. Aunque va a preguntarse si los hombres van a la guerra para aprender a bailar el tango…

– ¡Ríete, cretino! Para mí es algo muy importante.

Nick, que fumaba, echado en un jergón, preguntó entonces:

– ¿Dónde demonios habrá ido el sargento Kirk?

Wilkie se encogió de hombros.

– ¿Qué nos importa? Después de todo, aunque ahora nos mande, no es nuestro jefe de pelotón.

– Me parece que no le tienes gran simpatía -dijo Blow.

– ¡Ni pizca!

– ¿Puedo saber por qué?

John bajó la voz mirando hacia la puerta de la estancia, como si temiera que Richard apareciese en cualquier momento.

– No me gusta ese tipo -confesó en voz baja-. Y voy a deciros el motivo, aunque vosotros lo sabéis tan bien como yo: Kirk es un asesino.

– ¡Eso no es cierto!

– Lo es… un tío que se pasa la vida limpiando esa arma suya, un arma prohibida, entre paréntesis, y que no piensa más que en cargarse a todo quisqui para vengar la muerte de su hermano, no es un hombre normal.

– ¡A su hermano le torturaron los nazis!

– ¿Y qué? ¿Debemos imitarles y hacer barbaridades como ésa?

– Kirk no ha torturado a nadie.

– Pero goza matando. Y lo hace de una manera poco noble. Desde lejos, como si cazase fieras en África.

Mathew lanzó un suspiro.

– Digas lo que digas, es un excelente suboficial.

– ¿No lo era Robert?

– Yo no he dicho eso, pero de los tres sargentos de la sección, Kirk es el tío que tiene más redaños. Ninguno de vosotros se atreverá a negármelo.

Una explosión más cercana que las que habían estado oyendo hasta entonces, hizo vibrar el edificio.

Pálido, Winston, al que todos creían dormido, se sentó en la colchoneta.

– Se están acercando… -dijo con un hilo de voz.

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[23] Artillería Antiaérea (DCA).

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[24] El antagonismo entre la Wehrmacht y la Luftwaffe ilustra la historia del Tercer Reich. Nunca marcharon unidas las dos armas, a pesar de que su colaboración, en un principio, proporcionó a Hitler sus mejores y más resonantes victorias. Pero la fatuidad, el estúpido egocentrismo de Hermann Goering fue el culpable exclusivo del abismo que se creó entre la aviación y las otras armas. Nunca cumplió sus promesas, y la verdadera crisis de la Luftwaffe, antes de que fuera barrida del cielo de Europa, aconteció en los tristes días de Stalingrado. Porque es muy probable que Hitler, de haber dejado de creer en Goering, quien le había prometido que nada faltaría al Sexto Ejército de Von Paulus situado en la ciudad del Volga, hubiese permitido un repliegue, salvando así a aquellos hombres que cayeron en poder de los rusos. Pero el mayor fanfarrón del Tercer Reich no podía permitir que nadie dudase en el poder omnímodo del arma que él había creado.

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