La Marcha De Los Vencidos Dunkerque
- Автор: Vereiter Karl von
- Год: 1967
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Marcha De Los Vencidos Dunkerque». Краткое содержание книги:
Por primera vez en sus obras, Karl von Vereiter va a colocarse, casi de una manera exclusiva, «del lado aliado» y, más concretamente, del lado británico. De la mano de una pequeña unidad británica, de un grupo de valientes y sufridos hombres, va a hacernos revivir aquellas tremendas jornadas por el largo camino de la esperanza hacia las playas abarrotadas de soldados que miran, con temor e incertidumbre, el brazo de mar que les separa de la vida y de la libertad. Porque Dunkerque no fue una batalla, sino algo mucho más sencillo, más humano. Se trató de una retirada trágica -¿y hay alguna que no lo sea?-. Una retirada con todas las espantosas consecuencias que lleva consigo. Sólo Vereiter podía ser capaz de describir el ambiente opresivo que reina en los corazones de los hombres que se repliegan.
– A éste le entra el canguelo muy aprisa -rió John-. Será muy buen profesor de baile, pero como soldado…
Blow soltó un taco.
– Déjale en paz, Wilkie.
– ¿Cómo? ¿Lo has tomado bajo tu protección?
– Sí, ¿pasa algo?
– Nada, chico, nada… no te pongas así. Por mí, como si quieres acostarte con él…
Winston se había incorporado, justo cuando una nueva explosión hizo tintinear los pocos cristales que quedaban en la casa. Luego, apretándose el vientre, se dirigió hacia la puerta.
Wilkie no pudo controlar una sonrisa.
– ¡Cuidado, amigo! -le gritó-. Tira los calzoncillos lo más lejos posible… ¡he perdido mi máscara antigás!
Mathew gruñó de nuevo.
– ¡Déjale tranquilo de una vez, idiota! Si no te metes con nadie, no estás contento…
Una nueva explosión sacudió el edificio.
– Esos puercos la han tomado ahora con este barrio… -dijo John.
– También es mala suerte la nuestra -rezongó Blow-. Si no hubiésemos tropezado con ese comandante, estaríamos ya, seguramente, en la playa… o hasta en el barco, rumbo a casa.
– Todavía no hemos llegado -repuso John.
Blow escupió en el suelo.
– Da gusto estar contigo, Wilkie. Eres un optimista excepcional… ¿nadie te ha dicho nunca que tienes jeta de gafe?
– Mira tu cara, pánfilo… y deja la de los demás.
– Parece mentira que tengas tanta suerte en el juego -añadió atascado Mathew-; aunque, después de todo, se comprende. Ya conoces el dicho: «afortunado en el juego…»
– Te equivocas. A mí, las mujeres se me dan de miedo. La prueba es que no he tenido que casarme para tener una a mi lado.
– ¿Qué les das?
– Algo de lo que tú no tienes.
– Uno de estos días voy a romperte la cara…
– ¿Lo ves? El que se pica, ajos come… Yo no he necesitado atarme a una hembra para acostarme con ella. Me basta mi cara bonita.
– Si yo fuese mujer, me moriría antes de acercarme a un tipejo como tú…
– Si tú fueses mujer, yo me haría sarasa…
Nick, que intentaba dormir, aunque en realidad estaba pensando en Clara, lanzó un bufido.
– ¿Es que no podéis hacer el puñetero favor de cerrar el pico?
Fue en aquel momento cuando la explosión, precedida de un silbido que no les dio tiempo a nada, sacudió la casa como si un puño gigante intentara aplastarla.
Grandes trozos de yeso cayeron del techo, en una lluvia fina.
– Ése ha pegado en la puerta -dijo John.
Pálido, Blow se puso en pie, con el uniforme pintado de blanco y el rostro enyesado.
– ¡Madre mía! -exclamó-. Espero que no le haya ocurrido nada a Winston.
Y se encaminó hacia la puerta.
Volviéndose hacia Nick, Wilkie, sonriente, dijo:
– ¿Te das cuenta, muchacho? ¡Fíjate en el egoísmo de la gente! Hasta ahora, nada le importaba a Blow de lo que le ocurriese a WC, pero desde que se ha convertido en su profesor de baile, lo cuida como si el otro fuese de mermelada…
¡BLOUM!
Otra explosión sacudió la casa en un largo estremecimiento. Las paredes se abrieron en serpenteantes rajas. Los dos hombres se pusieron en pie.
– Creo que hay que largarse -dijo John.
– Sí.
– Ayúdame a coger las cosas de esos dos. Buscaremos un sótano hasta que haya pasado la tormenta.
Cogieron los fusiles y los macutos de sus compañeros. Cargados como mulas, atravesaron la estancia, saliendo al pasillo, en el que nacía la escalera que conducía a los bajos.
Apenas habían bajado un par de escalones cuando, de repente, Winston apareció abajo, con el rostro descompuesto, aún con las manos en los pantalones y el cinturón colgándole del cuello.
– ¡Auxilio! -gritaba-. ¡Socorro!
Se apresuraron a bajar.
– ¿Qué pasa? -inquirió John, que iba el primero.
– ¡Han matado a Blow!
– ¿Eh?
Dejó las cosas en el suelo, imitado por Nick, que se había puesto mortalmente pálido, saliendo de la casa.
Un edificio, en la acera de enfrente, ardía como una antorcha, iluminando, con reflejos rojos, la calle llena de cascotes.
Winston, que había salido tras ellos, señaló con el brazo extendido.
– ¡Allí está!
Se acercaron al cuerpo de Mathew. John se inclinó, lanzando en seguida un taco.
– ¡Pero si está vivo! ¡Ayúdame, Nick! Le llevaremos dentro…
Wilkie le cogió por las axilas y Brandley por las piernas. Fue entonces, al intentarlo, que sintió que sus manos se empapaban de un líquido pegajoso y caliente.
Se estremeció.
– ¡Se está desangrando, John!
– ¡Vamos, puñeta! ¡Aprisa!
Nuevas explosiones sacudían el suelo, pero parecía que el tiro artillero se había alargado bastante y que los proyectiles caían más lejos.
Una vez en la casa, John se volvió hacia Winston.
– Trae un colchón… date prisa… y enciende la linterna.
Tendieron a Blow, que gemía dulcemente, sobre la colchoneta. La linterna, en las manos de WC, temblaba sin cesar.
– ¡Trae eso aquí! -gruñó John, arrancándosela de las manos.
Enfocó las piernas de Mathew; una de ellas, la derecha, había sido cercenada por encima de la rodilla.
– ¡Dios mío! -exclamó Winston, temblando de pies a cabeza.
– ¡Hay que avisar al teniente! -rugió John-. Mathew necesita un médico…
– Yo voy a avisarle -dijo Nick, echando a correr.
En aquel momento, Blow recuperó el sentido y la lucidez. Se incorporó un poco, mirando hacia sus miembros ensangrentados.
– ¡Mi pierna! -exclamó.
– No te preocupes -le dijo John-. Con una pierna menos vivirás, muchacho, y saldrás para Inglaterra antes que nosotros. Te evacuarán en seguida…
Blow hizo un esfuerzo violento, y su compañero se vio obligado a sujetarle con fuerza, aplastándole contra el colchón.
– ¡No! ¡No quiero que me corten la pierna! ¡No les dejes, Winston!
– ¡Quieto!
Entonces, Blow se percató de que no había nada que hacer.
Miró con fijeza a John, diciendo luego, en voz baja:
– Wilkie, por favor…
– ¿Qué quieres?
– Ella no me querrá nunca así… ya no podré ir a bailar…
– ¡No pienses ahora en eso!
– Tú no la conoces… ahora puedo decirte la verdad, iba a bailar con mis amigos mientras yo trabajaba… es una zorra, John…
– ¡Peor para ella!
– No, yo la quiero, siempre la he querido… y no puedo consentir que me vea así… ¡Hazme un favor, amigo!
– ¿Qué quieres que haga?
Blow bajó la voz hasta que no fue más que un murmullo.
– Dile a Winston que se aleje… y… ¡pégame un tiro!
V
Los proyectiles de obús caían, uno tras otro, haciendo estremecer las entrañas de la tierra.
El intenso fuego de artillería se había ido acercando, lentamente, como esas tormentas que empiezan a oírse de lejos, pero que uno mira, sonriente, casi seguro de que un buen viento las alejará de nosotros.
A medida que los proyectiles caían más y más cerca, los dos hombres, en el sótano, a la luz de un petromax que colgaba del techo, dejaron de mirar con la atención que lo habían hecho hasta entonces a las cosas que estaban inventariando.
Habían extendido una manta en el suelo. Y mientras Claude anotaba en un cuaderno los objetos que sacaba de las cajas, Alain los clasificaba, tomándolos amorosamente, con dedos que temblaban un poco y un brillo de codicia en las pupilas.
Nunca habían gozado tanto.
Se sorprendieron ellos mismos de la importancia de su botín. La verdad es que habían ido escondiéndolo allí, saliendo para ir por más, sin molestarse en recordar lo que ya habían acumulado en el sótano.
Ahora podían percatarse de que habían trabajado bien.
– Aquí hay una fortuna… -suspiró Alain. Levantando la mirada del cuaderno donde hacía sus anotaciones, Claude sonrió.