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El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]

Электронная книга - «El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]». Краткое содержание книги:

Los comerciantes hani y sus antiguos enemigos, los kif, coexisten en precaria paz en la estación Punto de Encuentro. Hasta que el Extraño aparece y provoca la gran conmoción que acabará poniendo en peligro el pacto interestelar entre diversas especies. La capitana hani Pyanfar Chanur deberá afrontar la persecución de los kif, con la ayuda de los mahendo sat y la constante presencia de los misteriosos knnn. Y todo ello sin olvidar la defensa de la mismísima casa de Chanur en su planeta natal.
Una saga espacial que moderniza lo mejor de la clásica space opera y que da inicio a una tetralogía que hará historia dentro del genero.
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—Eres Pyanfar, ¿verdad? —le preguntó entre un jadeo y otro—. ¿Pyanfar?

—Sí —admitió ella, rascándose la nariz con una mano sucia y pensando que era imposible ensuciarse más, señalando luego con un gesto a Chur y pronunciando de nuevo su nombre.

—Yo = —dijo él, asintiendo. Las ayudó a empujar con gran entusiasmo y por fin lograron poner en movimiento el transporte a lo largo del pasillo que cruzaba el almacén interno, pasando junto a las enormes sombras de los tanques y la maquinaria hasta emerger otra vez en las secciones iluminadas normalmente de la cubierta inferior, donde el techo era más bajo. Por fin, siguiendo ya por los corredores normales, llegaron a la esclusa.

—¿= él va a =? —preguntó Tully, tropezando mientras las ayudaba a bajar el traje del transporte y mirando con cierto nerviosismo hacia la izquierda donde se empezaba a abrir la compuerta interior de la esclusa—. ¿Sale rápido fuera?

—Ah, no —dijo Pyanfar. Pasó los pies del traje por la abertura y los apoyó al otro lado mientras que Chur y Tully hacían pasar el resto del cuerpo y acababan poniéndolo en posición vertical—. Así, junto a la compuerta exterior. Cuando la abramos saldrá sin ningún problema a través de la esclusa —Plantó bien los pies en el suelo y añadió su peso al de Tully y Chur, que se esforzaban al máximo, para retroceder luego y examinar su obra de arte con una sonrisa, pensando en los kif. Puso en marcha el sistema de mantenimiento vital con los botones del cinturón y el traje, a mínima potencia, se irguió un poco más. Pyanfar lo desconectó, ya que no quería malgastar un buen cilindro.

También Tully se quedó unos instantes contemplando el traje, jadeante y sudoroso, con los brazos a los costados, una expresión algo distraída iba sustituyendo de repente a su anterior alegría: una expresión en la que había algo parecido a un estremecimiento, como si después de todo aquello hubiera empezado a pensar en ese traje y en su situación y estuvieran empezando a ocurrírsele muchas preguntas que aún no había hecho.

—Fuera —dijo Pyanfar, agitando el brazo hacia Chur para que se apartara e incluyendo a Tully en su gesto. Tully vaciló unos instantes y ella avanzó para cogerle del brazo y sacarle de su aparente distracción y de pronto él le puso una mano en un hombro y luego en el otro, inclinando su cabeza sobre su mejilla en un gesto fugaz para apartarse a toda prisa, dejando caer la mano con igual velocidad a la que habían usado las orejas de Pyanfar para pegarse al cráneo. Pyanfar estuvo a punto de bufarle pero en vez de eso, lentamente y con cierta dificultad, le dio un golpecito en el hombro y le hizo cruzar la esclusa hasta el pasillo.

Gracias, parecía significar ese gesto. Bueno. Así que Tully sabía entender las cosas con bastante sutileza. Agitó las orejas y consiguió con ello que Chur se volviera rápidamente a mirarla y luego, de un leve empujón, hizo que Tully avanzara hacia ella.

—Ve a limpiarte —le dijo—. Date una ducha, ¿me oyes? ¡Lávate!

Chur le cogió el brazo indicándole que le ayudara con el transporte y los dos se fueron por el corredor para devolverlo a su lugar de origen, Pyanfar expulsó una breve bocanada de aire y cerró la compuerta interior dirigiéndose luego hacia el lavabo común donde había dejado sus otras ropas, sintiendo aún un cierto escozor allí donde la había tocado la mano del Extraño.

Pero había comprendido lo que estaban haciendo: había percibido cuál era la intención de aquella mascarada y se daba cuenta de que no todo en ella era divertido.

Malditos kif.

Y entonces recordó el rostro alargado y solemne del uruus, tan benignamente estúpido, y al pensar en el altivo orgullo del gran hakkikt de los kif no pudo sino arrugar la nariz emitiendo una risa en la que había muy poco buen humor.

La cena estaba ya casi preparada y un delicioso aroma llegaba de la cocina superior, donde Hilfy y Geran llevaban ya cierto tiempo trabajando, con ocasionales viajes a las instalaciones más amplias del piso inferior. Esta vez iba a tratarse de un auténtico festín, uno de esos guisos magníficos en los que tan hábil resultaba Geran: era la penúltima contribución hecha por el uruus para su bienestar y había sido preparada con todo el cuidado que dedicaban a la comida en viajes más normales durante los cuales las comidas eran una auténtica obsesión, una apreciada pausa en la rutina y un arte que practicaban para el deleite de sus pasajeros ocasionales y para sorprenderse unas a otras.

A modo de bienvenida, una aromática corriente de aire empezó a brotar por el pasillo y Pyanfar preparó las conexiones con el comunicador del puente, tomando las disposiciones necesarias para asegurar el funcionamiento de los aparatos, con las manos casi temblando, tanta era su hambre, sintiendo un enorme hueco en el centro de su dolorido estómago. Hasta el momento por el comunicador no habían llegado transmisiones que hicieran pensar en más problemas de los que ya tenían y el uruus dentro del traje seguía esperando en la esclusa, inmóvil y derritiéndose lentamente, como vio al echar una breve mirada en la pantalla, apoyándose en sus pies deformes y sostenido contra la compuerta exterior. Desconectó la imagen y comprobó otra vez la conexión cocina/sala común, recibiendo por un momento la voz de Hilfy, Luego, inviniendo la conexión, maldijo con toda su voluntad a cualquier kif que se atreviera a interrumpir esa hora tan duramente ganada. Pero la conexión estaba allí, por si hacía falta en un momento dado, y la unidad de la sala común les informaría de cualquier nuevo acontecimiento. Habló con Geran y transmitió a la nave su aviso de que todo estaba listo. Unos momentos después salió del puente y se dirigió hacia el comedor, otra vez limpia y también relamiéndose ya ante el banquete.

El espectáculo le hizo sonreír tanto por dentro como por fuera: la mesa había sido extendida al máximo, de tal forma que apenas si tenían espacio para sentarse a su alrededor y en el centro se desplegaba una abundante muestra de fabuloso arte culinario. Bandejas de carne, por los dioses, nada de salazón y patatas ultracongeladas: auténticas fuentes de salsa en la que flotaban suculentos pedazos adornados con hierbas y crujientes guarniciones. La habitación, blanca y estéril normalmente, se había transformado: Geran y Hilfy daban a toda prisa los últimos toques repartiendo los almohadones con sus abigarrados dibujos hechos en rojo, oro y azul, los colores heráldicos de Chanur.

—Maravilloso —dijo Pyanfar, inhalando el aroma. Había sitio para siete. Oyó el ascensor y se volvió hacia el pasillo, por el que no lardaron en aparecer Haral y Chur con Tully siguiéndolas y, en último lugar, Tirun, que avanzaba cojeando apoyada en la muleta que había improvisado con un trozo de tubería—. Sentaos, sentaos —les indicó Pyanfar tanto a ellas como a Tully y todos fueron acomodándose lo mejor posible en el escaso espacio disponible, rozándose casi unos con otros. Pyanfar ocupó el asiento del extremo que daba al puente y Haral el que daba a la cocina, mientras que Tirun y Chur dejaban a Tully casi aprisionado entre ellas, con Hilfy y Geran al otro lado de la mesa. El intruso ofrecía así un extraño espectáculo con su melena entre blanca y dorada flanqueada por el oro rojizo de las dos y sus hombros sin vello contrastando con el rojo oscuro de sus compañeras de mesa: Tully se había encogido lo más posible, intentando no ocupar el espacio reservado a los demás asientos. Pyanfar rió levemente, cada vez más satisfecha, y entonó la petición de salud a la cual respondieron las otras y que sobresaltó un poco a Tully por su estruendo. Luego se llenó la copa con el efe de su propia botella y las demás imitaron su gesto, sirviéndose de las suyas, con un leve retraso por parte de Tully. Durante unos instantes se oyó solamente el tintineo de los cubiertos y el ruido de las copas y los platos en tanto que los monumentos de Hilfy y Geran quedaban rápidamente demolidos. Tully iba probando pequeñas cantidades de cada plato cuando éstos pasaban ante él en el centro giratorio de la mesa, sirviéndose al principio con parquedad como si no estuviera demasiado seguro de a qué raciones tenía derecho. Luego, a medida que fue observando disimuladamente lo que comían todas, fue cogiendo trozos más grandes a los que añadió salsa, reservándose más de una vez raciones de algo que, muy evidentemente, se agotaría antes de pasar por segunda vez ante él. No dijo ni palabra durante todo ese tiempo.

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