El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]
- Автор: Черри Кэролайн Джэнис
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-7735-856-7
- Переводчик: Albert Sole
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]». Краткое содержание книги:
Una saga espacial que moderniza lo mejor de la clásica space opera y que da inicio a una tetralogía que hará historia dentro del genero.
¡Dioses!
En la sección principal del tablero de comunicaciones resonó un zumbido: una transmisión. El zumbido se hizo más agudo para acabar convirtiéndose en una prolongada y complicada serie de gemidos y silbidos que le hacían erizar el vello. Estaba tan nerviosa que dio un salto, sin poderlo evitar. Luego, reclinándose en el asiento, conectó el traductor. Knnn, le informó la pantalla, aunque ella ya lo sabía.
Canción. Ninguna identidad reconocible. Ningún contenido numérico. Alcance: datos insuficientes.
También esa especie frecuentaba Urtur: sus mineros trabajaban sin necesidad de equipo protector en el infierno de metano que era la luna de Uroji, donde se encontraban como en casa. Eran gente extraña en todos los sentidos: esferas negras peludas con montones de patas y que odiaban la luz. Acudían a la estación para descargar minerales y se apoderaban de todo lo que encontraban a su alcance antes de esfumarse nuevamente en la oscuridad de sus naves. Quizá los tc’a fueran capaces de comprenderles y puede que también los chi, que aún eran menos racionales; pero nadie había logrado obtener nunca una traducción del tc’a lo bastante clara como para dilucidar si ellos, a su vez, eran capaces de entender a los knnn. Los knnn cantaban de un modo irracional cuando estaban contentos, cuando se encontraban enamorados o, quizá, para hablar entre ellos. Nadie lo sabía salvo posiblemente los tc’a y los tc’a jamás habían discutido tema alguno sin meterse antes en mil ramificaciones laterales que precedían al asunto realmente importante, dando muestras de una mentalidad tan propia de los reptiles como propios de éstos eran sus movimientos físicos. Nadie había conseguido que los knnn observaran las reglas aceptadas de la navegación espacial por lo que todas las especies, al no tener otra alternativa, procuraban evitarles. Normalmente emitían mensajes numéricos que los traductores mecánicos eran capaces de manejar pero estos mensajes eran sólo un código para situaciones específicas tales como las del comercio o el anuncio de que se aproximaban, algo parecido a unas señales luminosas. No había nada raro en la presencia de los knnn dado que esa raza iba donde quería, sin prestar atención a las disputas de las especies que respiraban oxígeno. De vez en cuando se oía un chasquido en el casco de la Orgullo al chocar con una roca o partícula de polvo, y esos ruidos estaban siempre acompañados por el tenue gruñido del núcleo en rotación y el susurro del aire en los conductos. La oscura inactividad de los instrumentos la deprimía. Las pantallas apagadas que la contemplaban en la penumbra del muelle le recordaban hilera tras hilera de ojos ciegos. Y se encontraban a la deriva en el vacío, entre los kif y las rocas, con un knnn que no tenía ni la menor idea de lo que estaba ocurriendo.
—Capitana —dijo la Voz de Tirun.
—Te escucho.
—Hay un knnn por ahí fuera.
—Yo también lo he oído. ¿Qué están haciendo Hilfy y Haral con el Extraño?
—Han ido a buscarle; lo estoy recibiendo en el comunicador. No les está dando problemas.
—Comprendido. Lo traerán aquí. Mantente a la escucha de las comunicaciones; aquí arriba estaremos bastante ocupadas.
—Sí, capitana.
Pyanfar cortó la comunicación y preparó el sensor para que sintonizara el canal del traductor, recibiendo una vez más la incomprensible estática formada por los vocablos hani. Todo parecía aguardar en silencio y, finalmente, Pyanfar oyó ruido en el ascensor y después pasos en el corredor que llevaba al puente.
La alta y angulosa silueta del intruso brotó como una aparición recortada contra la luz del pasillo: detrás de él venían dos siluetas hani. Entró caminando con paso vacilante en la penumbra del puente y Pyanfar pudo distinguir su rostro, la sorprendente palidez de su melena y barba, la piel cerúlea cubierta de moretones y las huellas de su herida, aún enrojecidas pese a estar cubiertas con gel cicatrizante. Llevaba los pantalones de trabajo de color azul de alguna tripulante, atados a la cintura y con las perneras descosidas para acomodarse un poco mejor a su gran talla, Andaba con la cabeza algo encorvada para no rozar el techo del puente, ligeramente más bajo que el del resto de la nave, aunque si la hubiera erguido tampoco hubiera llegado a darse con él. El intruso se detuvo, con Hilfy y Haral flanqueándole.
—Ven —le dijo Pyanfar, abandonando su asiento para apoyarse en la consola del ordenador con los brazos cruzados. El Extraño tenía un aspecto aún algo débil y su paso no era muy seguro pero Pyanfar extendió la mano hacia el ordenador, poniendo de nuevo en acción el código de cierre, y luego se volvió a mirarle. El intruso no estaba observándola: tenía los ojos clavados en el puente y lo examinaba con una expresión anhelante, parecida a la de quien hubiera perdido recientemente la libertad de andar por un lugar semejante.
Así que venía de una nave, pensó Pyanfar. Debía ser eso.
Hilfy permanecía inmóvil detrás del intruso. Haral se apartó un poco, bloqueando su camino por si se le ocurría algún acto impulsivo. De ese modo le habían encerrado en un triángulo protector formado por ella, Hilfy y Haraclass="underline" el intruso se apoyó con aire cansado en el asiento que tenía más cerca y no dio ninguna señal de que pensara salir corriendo, Llevaba el sensor en la cintura y también el auricular, por muy incómodo que pudiera resultarle dada su anatomía. Pyanfar alzó la mano asegurándose el suyo y puso el sensor en posición de recibir, mirándole nuevamente desde su posición en la consola.
—¿Todo bien? —le preguntó, y él se volvió a mirarla—. Me entiendes —dijo—. Ese traductor funciona en los dos sentidos. Has trabajado mucho con él y tengo la impresión de que sabías muy bien lo que hacías. Así pues, ahora tienes delante lo que tanto deseabas conseguir. Nos entiendes. Puedes hablar y hacer que te entendamos. ¿Quieres sentarte? Por favor.
El intruso pasó la mano con cierta vacilación por el respaldo del asiento y acabó instalándose en él.
—Eso está mejor —dijo Pyanfar—. ¿Cuál es tu nombre, Extraño?
Un fruncimiento de labios. Ninguna respuesta.
—Escúchame bien —dijo Pyanfar sin alzar la voz—. Desde que subiste a mi nave he perdido el cargamento y han muerto varias hani a manos de los kif. ¿Me entiendes? Quiero saber quién eres, de dónde vienes y por qué te metiste en mi nave cuando podías haber escogido cualquier otra nave del muelle. Eso es lo que vas a decirme. ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Qué pretendes de mi nave y cuál es tu relación con los kif, Extraño?
—No sois amigas de kif.
Claro y perfectamente inteligible. Pyanfar tragó aire, metió las manos en el cinturón y se quedó mirando al Extraño con una tensa sonrisa.
—Ya… Bien. No, ya lo hemos dicho. No trabajo para los kif y no soy amiga suya. Negativo. ¿Comprendes la palabra polizón? ¿Pasajero ilegal? ¿Gente que viaja en una nave sin pagar?
El intruso meditó durante unos instantes sobre ello o, al menos, sobre lo que había podido entender, pero no le contestó. Su respiración era ronca y agitada, como si estuviera cansado; por el comunicador llegó de pronto una breve ráfaga de transmisión knnn que le hizo dar un salto. Sus ojos fueron ansiosamente hacia la consola y sus manos aferraron los brazos del asiento.
—Nuestros vecinos —dijo Pyanfar—. Quiero una respuesta, Extraño. ¿Por qué acudiste a nosotras en vez de a otra nave?
Había logrado atraer nuevamente su atención. Sus ojos la examinaron cautelosamente mientras se mordía el labio para acabar haciendo lo que quizá fuera un gesto de cansancio o indiferencia.
—Nave lejos de nave kif. Y reíais.
—¿Reíamos?
Un gesto vago hacia Hilfy y Haral.