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El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]

Электронная книга - «El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]». Краткое содержание книги:

Los comerciantes hani y sus antiguos enemigos, los kif, coexisten en precaria paz en la estación Punto de Encuentro. Hasta que el Extraño aparece y provoca la gran conmoción que acabará poniendo en peligro el pacto interestelar entre diversas especies. La capitana hani Pyanfar Chanur deberá afrontar la persecución de los kif, con la ayuda de los mahendo sat y la constante presencia de los misteriosos knnn. Y todo ello sin olvidar la defensa de la mismísima casa de Chanur en su planeta natal.
Una saga espacial que moderniza lo mejor de la clásica space opera y que da inicio a una tetralogía que hará historia dentro del genero.
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—Tu tripulación trabajaba fuera de la nave, reían. Me dijeron fuera, fuera -=, no armas hacia mí -=. Vuelvo -.

—Quieres decir que volviste a la rampa —dijo Pyanfar, frunciendo el ceño—. Ya. ¿Qué planeabas hacer en mi nave? ¿Robar? ¿Coger algún arma? ¿Era eso lo que pensabas hacer?

—--= no --.

—Despacio. Habla más despacio para el traductor. ¿Qué deseabas hacer en la nave?

El intruso tragó una honda bocanada de aire y cerró los ojos un segundo como si intentara encontrar las palabras o estuviera pensando en qué decir. Sus ojos volvieron a abrirse.

—No pregunto por armas. Veo la rampa…, ahí con hani, pequeño miedo.

—¿Quieres decir que nos temías menos a nosotras? —La idea no le resultó precisamente halagadora—. ¿Cuál es tu nombre? Nombre, Extraño.

—Tully —dijo él. Al igual que las ocasionales transmisiones del ordenador, el nombre le llegó por el auricular como una extraña mezcla del flujo natural de su lenguaje, una serie de ronroneos y gemidos combinados con sonidos aún más incomprensibles.

—Tully —repitió Pyanfar y él asintió, evidentemente reconociendo el esfuerzo que le suponía pronunciarlo, Pyanfar se llevó la mano al pecho—. Mi nombre es Pyanfar Chanur. El traductor no puede ayudarte con los nombres. Py-an-far. Chanur.

Lo intentó y el Pyanfar resultó reconocible. Al menos había logrado imitar el ritmo del ronroneo necesario con su lengua.

—No está mal —dijo ella, instalándose de un modo menos envarado en su asiento y cruzando las manos sobre el regazo—. Civilizado. Seres civilizados que se entienden bien con sus nombres. Tully, ¿Vienes de una nave, Tully, o se te llevaron los kif de algún planeta?

Unos instantes para pensarlo.

—Nave —acabó admitiendo.

—¿Les disparasteis vosotros primero? ¿Les disparasteis primero a los kif, Tully?

—¡No! No armas. Mi nave no tener armas.

—Dioses, vaya modo de viajar. ¿Qué debo hacer contigo? ¿Te devuelvo a ese planeta, Tully?

Sus manos apretaron aun más fuerte los brazos del sillón y sus ojos, con expresión abatida, miraron más allá de Pyanfar.

—Quieres lo mismo que ellos, Yo no decir.

—Así que te metes en mi nave y no piensas decírmelo. Se han perdido vidas hani por tu culpa y no piensas decírmelo.

—Vidas.

—Los kif destruyeron una nave hani. Te buscaban, Tully. Te buscaban. ¿No te parece que debo hacerte estas preguntas? Ésta es mi nave y te has metido en ella. ¿No te parece que me debes algunas respuestas?

Silencio. Estaba claro que no pensaba contestarle. Tenía los labios fuertemente apretados y una película de sudor le cubría el rostro, brillando débilmente en la penumbra.

—Que los dioses se lleven a este traductor —acabó diciendo Pyanfar—. Muy bien, así que también a ti te trataron mal. ¿Te encuentras mejor a bordo de esta nave? ¿Te hemos dado la comida adecuada? ¿Tienes bastante ropa?

El intruso se alisó por un segundo los pantalones y asintió sin gran entusiasmo.

—No hace falta que me des la razón si no lo crees así. ¿Quieres alguna otra cosa?

—Quiero mi puerta -.

—Qué, ¿abierta?

—Abierta.

—Bueno.

Todo su cuerpo pareció derrumbarse de pronto. Estaba claro que no había esperado que accediera a su petición. Su mano se movió señalando vagamente lo que les rodeaba.

—¿Dónde estamos? El sonido…

El polvo cósmico que chocaba con el casco: era un constante ruido de fondo, un murmullo enloquecedor con el que habían aprendido a vivir. En la cubierta inferior tendría que haberlo oído aún con más fuerza.

—Vamos a la deriva —le dijo—. Ahí fuera hay sólo rocas y polvo.

—¿Estamos ante punto de salto?

—Un sistema estelar —alargó la mano y puso en conexión el telescopio de la burbuja de observación, proyectando la imagen en la pantalla principal. El telescopio estaba dirigido hacia Urtur y el infierno energético que ardía en el centro del polvoriento sistema en forma de lente: una estrella rodeada por un anillo del que emergían tentáculos cuyos movimientos se medían en siglos, tenues filamentos que se recortaban como líneas oscuras contra las llamaradas del centro. La imagen iluminó por unos instantes el asombrado rostro del Extraño: Urtur lo merecía. Pyanfar percibió su expresión y se puso en pie, colocándose junto a él con un gesto cuidadosamente calculado: comerciar era su arte y, como parte de él, debía saber en qué momento alguien bajaba la guardia.

—Te lo explicaré —le dijo, cogiéndole del brazo; y el intruso se estremeció pero no opuso la menor resistencia al ver que le hacía levantar. Pyanfar le señaló el centro de la imagen mientras él la contemplaba desde lo alto de su mayor talla—. Mira, la imagen viene de un telescopio. Es un sistema muy grande, con toda una horda de lunas y planetas. Esos anillos oscuros los crean los planetas al eliminar el polvo y las rocas. En ese anillo más grande hay una estación orbitando en torno a un gigante gaseoso. El sistema no está habitado excepto por los mineros mahendo’sat y unos cuantos knnn y tc’a, que lo encuentran de lo más placentero. Respiran metano. Pero hay un montón de mineros y de gente en peligro ahora mismo… ahí, en el centro. La estrella se llama Urtur y los kif, están ahí, en algún lugar. Nos siguieron cuando saltamos hasta aquí y ahora hay mucha gente en peligro por causa tuya. Los kif están aquí, ¿me entiendes?

—Autoridad. —Sentía el hielo de su piel bajo el acolchado de sus garras. Estaba temblando, con los músculos rígidos, ya fuera a causa de la relativa frialdad de la atmósfera en el puente, más despejado, o por otra razón—. Autoridad de este sistema. ¿Hani?

—Es una estación mahendo’sat. Tampoco aprecian demasiado a los kif. Nadie les aprecia pero es imposible librarse de ellos. Mahendo’sat, kif, hani, tc’a, stsho, knnn, chi. Todos vienen aquí a comerciar. No nos apreciamos demasiado entre nosotros, pero cada especie se ocupa de sus asuntos.

El intruso permaneció callado escuchándola, sin que fuera posible saber cuáles de sus palabras comprendía. En el comunicador resonó una nueva transmisión: los gemidos sibilantes de los knnn.

—Algunas de esas especies son mucho más extrañas que tú —dijo Pyanfar—. Pero no conoces ninguno de sus nombres, ¿verdad? Esta zona del espacio te resulta nueva.

—Lejos de mi mundo —dijo él.

—Ah, ¿sí?

Esas palabras le ganaron a Pyanfar una mirada nada amistosa. El intruso retrocedió para que no le tocara y sus ojos fueron de Pyanfar a las demás tripulantes.

—Bueno, esté donde esté… —dijo Pyanfar con aire despreocupado, mirando a Haral y Hilfy—. Creo que ya es suficiente. Nuestro pasajero está cansado. Puede volver a su camarote.

—Quiero hablar contigo —dijo Tully, agarrándose al asiento que tenía más cerca, dispuesto a resistir cualquier intento de moverle—. ¡Quiero hablar!

¿De veras? —le preguntó Pyanfar. Él extendió la mano hacia ella: a Pyanfar le costó un esfuerzo de voluntad permanecer inmóvil pero sus dedos no llegaron a tocarla. La mano se retiró—. ¿De qué deseas hablar?

El intruso se apoyó en el asiento con las dos manos. En sus pálidos ojos había una feroz decisión y fuera cual fuera la emoción que le dominaba, a Pyanfar le pareció que era más de inquietud que de otra cosa.

—Tú --= yo. Trabajo, entiende. Yo quedo esta nave y trabajo igual tripulación. Todo lo que quieras. Donde vayas. — Dame --.

—Ah —dijo ella—. Te estás ofreciendo a pagar tu pasaje trabajando.

—Trabajo en esta nave, sí.

—Ya. —Habría preferido mirarle despectivamente desde arriba pero resultaba difícil—. Quieres hacer un trato, ¿no? ¿Quieres trabajar para mí, Extraño? ¿Harás lo que te diga? Muy bien. Pues ahora, descansa. Vuelve a tu camarote, aprende tu vocabulario y ve pensando en cómo explicarme lo que desean los kif; porque los kif siguen detrás de esta nave, ¿entiendes? Te están buscando y vendrán a por esta nave.

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