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El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]

Электронная книга - «El orgullo de Chanur [The Pride of Chanur - es]». Краткое содержание книги:

Los comerciantes hani y sus antiguos enemigos, los kif, coexisten en precaria paz en la estación Punto de Encuentro. Hasta que el Extraño aparece y provoca la gran conmoción que acabará poniendo en peligro el pacto interestelar entre diversas especies. La capitana hani Pyanfar Chanur deberá afrontar la persecución de los kif, con la ayuda de los mahendo sat y la constante presencia de los misteriosos knnn. Y todo ello sin olvidar la defensa de la mismísima casa de Chanur en su planeta natal.
Una saga espacial que moderniza lo mejor de la clásica space opera y que da inicio a una tetralogía que hará historia dentro del genero.
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—Traed a Tully —dijo Pyanfar, colocando la última sólida dura que debía hacer funcionar el sistema—. Despenadle y traedle aquí. —Y Chur, cubierta como las demás con el polvo y la suciedad de su trabajo, fue a cumplir la orden.

Pyanfar siguió trabajando, sudando y lanzando una maldición cuando el sistema se estropeó de nuevo lanzando una nubecilla de humo. Quitó la pieza estropeada y buscó una nueva, colocándola en su lugar y felicitándose luego al comprobar que por fin funcionaba: con una vibración suave, una hilera de luces verdes se encendió y apagó a lo largo del cinturón y dentro del casco, Sonrió una vez más y se limpió las manos en los pantalones azules de faena que se había puesto para llevar a cabo esta sucia labor. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había llevado esa ropa azul llena de remiendos y había tenido las manos llenas de ampollas. En su juventud había hecho trabajos parecidos obedeciendo a otra capitana de la Orgullo, pero sólo Haral y Tirun podían recordar tales días. Se lamió la quemadura de un dedo y se acuclilló sobre la cubierta, observando satisfecha el funcionamiento de la unidad. Dejemos que trabaje un poco, decidió, para ver si puede aguantar. El traje parecía devolverle la mirada, rígido e inmóvil sobre sus enormes pies, reflejándola como una lejana miniatura sobre la curvatura del visor. Parecía un demonio mahendo’sat: le faltaban dos miembros para poder mantener con orgullo tal pretensión pero con todas las tuberías al descubierto y sus proporciones deformes resultaba bastante horrible recortado contra la oscuridad del taller. Al olor de la soldadura se mezclaba un débil aroma a sangre. Un cubo iba recogiendo las gotas de sangre que, de vez en cuando, caían en los despojos que colgaban bajo las luces, detrás del traje. Su tamaño era un poco superior al de una hani: lo habían suspendido con una cadena del riel superior del montacargas, con su flaca y alargada cabeza colgando de un cuello aún más prolongado, para que se descongelara y fuera goteando. El calor de las luces estaba empezando a conseguir que oliera mal. Los largos miembros ya habían recobrado casi la flexibilidad y el vientre abría su oscuro agujero. Uruus: una carne dulce y llena de grasa, cuyos mejores bistecs ya iban en dirección de la cocina. El despojo estaba lleno de cortes pero eso no hacía sino alargar los miembros y prolongar la línea de los cuartos traseros.

La puerta, perdida en la oscura lejanía, se abrió y volvió a cerrarse; luego se oyó el roce de unos pasos sobre el suelo metálico. Pyanfar preparó su traductor y no logró recibir nada pero podía ver cómo las luces se iban encendiendo en el vasto recinto oscuro, reflejándose de un modo espectral a causa de la curvatura de la cubierta superior que constituía el techo de la vasta cámara de almacenamiento. Pronto distinguió dos siluetas, una de ellas muy alta y pálida. Siguió esperando, sentada, mientras las luces iban encendiéndose y apagándose a lo largo de la cámara, como si la secuencia automática fuera acercando a ella cada vez más las dos figuras.

Tully y Chur, claro. El Extraño venía sin oponer resistencia pero cuando estuvo lo bastante cerca para verlo todo se detuvo en seco y la luz que le había estado precediendo se apagó, dejándole a él y a Chur en tinieblas, a unos pasos del área iluminada en la que estaba sentada Pyanfar. Entonces ella se puso en pie, distinguiéndole claramente en la penumbra.

—Tully, no pasa nada. Ven, Tully, todo anda bien.

Él se acercó lentamente, como una sombra extraña más perdida en aquel cúmulo de cosas extrañas, y Chur le cogió del brazo, sólo por si acaso, contempló el traje vacío y luego el despojo colgado del techo, y siguió mirándolo largo rato.

—Animal —dijo Pyanfar—. Tully, deseo que veas lo que estamos haciendo. Quiero que lo comprendas. ¿Me has oído?

Se volvió hacia ella con los ojos hundidos en sus cuencas cubiertas de sombras. El ángulo de la luz hacía destacar su pálida melena y los rasgos de un rostro que, decididamente, nada tenía de hani.

—¿Me ponéis en eso?

—Pondremos eso en el traje —le dijo Pyanfar con voz animada—. El transmisor mandará su señal tan fuerte como pueda. Le diremos a los kif que te estamos echando de la nave y les daremos eso. ¿Me entiendes, Extraño? Haremos que persigan ese traje y echaremos a correr.

Estaba empezando a comprenderlo. Sus ojos recorrieron velozmente por segunda vez todo el cuadro: el traje vacío, el despojo a medio descongelar.

—Sus instrumentos ven dentro de él —dijo.

—Los instrumentos los registrarán, sí, y eso es lo que obtendrán.

Hizo un gesto hacia el despojo.

—¿Esto? ¿Esto?

—Comida —dijo ella—. No es una persona, Tully. Animal. Comida.

De pronto en su rostro floreció una sonrisa casi alarmante. Su cuerpo se agitó con un ruido ahogado que ella reconoció un segundo después como carcajadas. Le dio una palmada a Chur en el hombro y volvió hacia ella ese rostro convulso de cuyos ojos brotaba líquido y en el que aún se veía esa horrible mueca de mahendo’sat.

—Tú = al kif.

—Metedlo dentro —dijo ella, señalando el despojo—, Traedlo aquí y metedlo dentro. Echa una mano, Tully.

Y eso hizo, tensando su cuerpo desgarbado contra el peso medio helado del despojo, ayudando a Chur, con algún gesto fugaz de lo que quizá fuera repugnancia ante el aspecto o el tacto de la carne. Pyanfar desconectó el sistema vital del traje, abrió su obra de arte y arrugó la nariz cuando Chur y el Extraño se acercaron con el maloliente despojo. Un trabajo desagradable. Hizo a un lado sus escrúpulos y se encargó ella misma de meter el despojo en el interior del traje, pues tenía cierta idea sobre el mejor modo de hacerlo encajar. La cabeza entraba bien en el casco y el cuello iría bien para rellenar lo que faltaba de cuerpo: había que romper un poco el costillar y luego bastaba con seccionar los rígidos miembros y enderezarlos dentro del traje.

—Olerá muy bien si hace un poco de camino con el calefactor puesto —observó Chur. Tully lanzó de nuevo su risa ahogada y se limpió el rostro, manchándose el bigote con la mezcla de sangre y polvo que le cubría los brazos hasta el codo. Pyanfar sonrió también, percibiendo de pronto lo incongruente del espectáculo: aquí estaba, acuclillada en la penumbra con un alienígena medio loco y un traje lleno de carne de uruus, los tres cómplices de una disparatada conjura.

—Sostenlo —le ordenó a Chur, intentando cerrar el sello del vientre. Chur apretó los dos lados del traje por la parte inferior y Tully la ayudó por arriba y finalmente obtuvieron su recompensa: el traje estaba cerrado y tenía la forma de Tully—. Venid —dijo Pyanfar poniéndose en pie, y Tully, ayudado por Chur, cogió el traje por los hombros, avanzando con él hasta que las luces se dieron por enteradas de su presencia y empezaron a encenderse y apagarse a lo largo de su trayecto.

—¿La escotilla de carga? —preguntó Chur.

—La esclusa —dijo Pyanfar—. ¿O es que acaso los pasajeros abandonan seguramente las naves por alguna otra ruta?

No se trataba de una carga ligera. Avanzaron con paso tambaleante transportando el peso incómodo del traje y en la siguiente sección lo depositaron sobre un transporte con un suspiro de alivio. El traje parecía un cadáver, con el espejo del visor contemplando ciegamente el techo. Tully estaba blanco y temblaba a causa del esfuerzo: tenía la piel cubierta de sudor y tuvo que agarrarse al extremo del transporte, jadeando pero con los ojos brillantes.

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