Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » El ocaso de la magia
El ocaso de la magia - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El ocaso de la magia

Электронная книга - «El ocaso de la magia». Краткое содержание книги:

Verdilith , el gran Dragón Verde, tenía un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago había forjado el abatón, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingenió para que aquella caja, que tantos estragos podía causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compañeros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energía mágica de Armstead ya había activado el abatón, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde provenía el propio Teryl Uro. El gran Dragón Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su corazón, seguía los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo había hecho con el gran héroe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.
1 ... 23 24 25 26 27 28 29 30 31 ... 56
Перейти на страницу:

Con ensordecedores gritos de rabia y miedo se internó en lo más profundo de las filas enemigas. No se percató del toque de retirada hasta estar completamente sola, blandiendo a Paz en el centro de las hordas abelaat, que sucumbían uno a uno ante el poder de Paz, sin poder hacer nada por evitarlo.

Jadeando, Jo detuvo su enloquecido ataque y advirtió que los abelaat que había matado formaban un círculo de un negro polvillo a su alrededor. Las tropas caídas de Penhaligon yacían en el suelo desangrándose. El sentimiento de rabia de Jo se mezclaba ahora con el de una pena inmensa por sus compañeros muertos. El regimiento del Castillo de los Tres Soles había sido prácticamente aniquilado en su totalidad.

Los abelaat supervivientes la rodearon formando un oscuro círculo. Respirando agitadamente, la joven se preguntó por qué no la atacaban. Era casi imposible distinguir la verdadera forma de los abelaat, oculta bajo el halo negro que los envolvía; sólo de vez en cuando Jo creía vislumbrar algún rostro… o algo que suponía un rostro. No hablaban entre ellos ni nacían gestos para comunicarse.

Los únicos que continuaban avanzando eran los de las primeras posiciones; los demás se inclinaban sobre los caballeros heridos. Jo se volvió para no ver cómo hincaban sus colmillos en los cuerpos caídos, como les había pasado a ella y a Dayin.

Paz seguía sin pesarle en las manos. Jo oyó el sonido de su propio llanto, aunque no sentía las lágrimas que fluían por su rostro.

Apretando con fuerza la empuñadura notó cómo se le abría la herida que le había provocado la cornamenta del ciervo. La sangre fluyó por su mano, y sintió que la vista se le nublaba poco a poco.

Se encontraba dentro de una columna de luz ante un hermoso joven de tez pálida que le recordaba a alguien. Estaba suspendido en el aire, durmiendo, con los brazos a los costados y las palmas de las manos hacia afuera; la pierna derecha estaba cruzada sobre la izquierda, doblada a la altura de la rodilla. No podía alcanzarlo para despertarlo.

Era increíblemente hermoso.

El chorro de luz, que se proyectaba hacia un lugar desconocido, perdido en la distancia, la inundaba como si estuviese en una catarata.

Sintió una poderosa presencia cerca de sí, la misma presencia que dirigía el chorro de luz, y que impedía al joven despertarse.

Jo quería sacarlo de su sueño. Recurriendo a toda su voluntad, avanzó lentamente, luchando contra el gran poder de la luz, contra la fuerza de aquella presencia.

De repente, dejó de sentir su cuerpo, y alzó una mano totalmente entumecida.

Los ojos del hombre se abrieron de repente, y Jo clavó la mirada en su profundidad pálida, tan brillante, fría y hermosa como la luz que los envolvía. En sus ojos sólo se percibía aquella luz, y la joven temió que estuviera muerto. Notaba el poder del muchacho y de la presencia que los inundaba con su luz.

El joven abrió la boca para hablar, pero la presencia se lo impedía. Asustada, Jo retiró la mano y se replegó en sí misma. Un nombre apareció en su memoria.

Dayin.

Recuperó la visión al oír un sonido entrecortado que venía de detrás. Apenas tuvo tiempo de rodar sobre sí misma para evitar que un abelaat se abalanzase sobre ella. El aire se volvía cada vez más frío al avanzar la criatura hacia ella; Jo contuvo la respiración y no se movió de donde estaba.

El abelaat giró la cabeza hacia ella. Sus ojos, que recordaban a los de un humano, pero de mayores dimensiones y sin pupilas, se clavaron en el lugar donde Jo aguardaba. La joven luchó contra su pánico, mientras la criatura continuaba con la mirada fija en su rostro, y se puso en tensión, dispuesta a atacar con Paz.

Olisqueando el aire, el abelaat retrocedió para reintegrarse en las filas que se reorganizaban. Los demás abelaat dejaron de succionar a los soldados y se sumaron a las filas. Jo se puso de pie, pero tuvo que apartarse del camino varias veces para evitar ser descubierta.

Apretó los dientes y esperó vigilante. La invadía el impulso de salir corriendo, pero se mantuvo inmóvil.

—Diulanna –murmuró, más para darse ánimos que como una oración–. Diulanna, os suplico que guiéis mis pasos.

Jo se dio cuenta de que no había dejado de apretar la empuñadura de Paz desde su visión de Dayin. No podía aflojar las manos, tal era la tensión de sus emociones. Las lágrimas le quemaban los ojos, y la visión de los abelaat la paralizaba.

—Ayudadme. Haré cualquier cosa que me encomendéis. –La necesidad de reconfortarse se iba tornando en un miedo irracional–. Os elegí a vos, oh Diulanna. Seré vuestro héroe.

—No necesito a los desahuciados, Johauna Menhir –le susurró una voz femenina al oído–. Los héroes eligen mi camino porque son verdaderos héroes.

—¿Qué debo hacer? –murmuró Jo, pestañeando con fuerza para librarse de las lágrimas. Sabía que hablaba con Diulanna, la Inmortal Diulanna, Patrona de la Voluntad. Y, sin embargo, no la temía.

—Te eligieron para defender este mundo. ¡Defiéndelo!

Jo miró a su alrededor y advirtió que se había quedado sola.

Respiró hondo, y se limpió el rostro y los ojos con una mano. Fijó su mirada en el suelo, reflexionando sobre el camino que había elegido y preguntándose si Flinn había hecho la misma elección. Ya no sentía la necesidad de rezar a Diulanna para expresar su agradecimiento; lo haría con sus acciones.

Retrocedió apresurada, siguiendo las huellas de la caballería que se había batido en retirada. En su mente sólo tenía un pensamiento: matar a Teryl Uro para acabar con aquella pesadilla.

10

Graybow estaba en la cima de una montaña, contemplando la llanura devastada. El frío le traspasaba la piel, y el aceitoso aire se le adhería a los miembros y lo desposeía lentamente del poco calor que aún le quedaba en el cuerpo. Ni su pesada capa de montar, gastada tras innumerables leguas de viaje, ni sus mejores botas ni los ropajes más gruesos podían aliviar el frío que lo sobrecogía.

El cielo estaba casi en penumbra y las nubes todavía ocultaban la luz del sol. Graybow intentaba sin éxito divisar entre las nubes la estrella Polar.

El suelo bajo sus pies parecía de piedra pómez, como si se hubiese vuelto estéril. La roca, aunque sólida en apariencia, se deshacía con facilidad, dejando a la vista un sedimento amarillento cubierto de una gravilla verdosa. Un olor extraño surgía del polvo; como una mezcla entre una carnicería y una herrería: sangre, hierro y sudor, y tal vez… dolor. Los olores lo transportaron a su juventud, cuando se entrenaba para ser un caballero en Darokin, su tierra. Pero aquellos olores no le traían recuerdos de tiempos buenos, sino de adversidades y de infelicidad.

Graybow recordó uno de sus poemas favoritos de Marmerand.

Describía las montañas como algo «puro e inmaculado, que se elevaba por encima de las disputas, escaleras al cielo y a las estrellas. Allí acuden los hombres y las mujeres para conversar con los Inmortales, allí aprenden cosas sobre ellos mismos y los inunda la sabiduría». Aplastando desdeñosamente una roca con el pie, Graybow alzó la vista al oscuro cielo y comprendió que la región de Mystara se había podrido con el mal; nada podía purgar aquella tierra. Aquello era lo único que se podía aprender en aquel lugar.

1 ... 23 24 25 26 27 28 29 30 31 ... 56
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)