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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Warren miraba fijamente la placa metálica.

— ¿Cómo lo has hecho? Acabas de empezar tu entrenamiento de mago. Se supone que te falta mucho aún para activar un escudo con tu han.

Como no tenía respuesta para eso, Richard hizo caso omiso a la pregunta.

— Dime qué querías decir con que sabías que te harían las Hermanas si te cogían en un renuncio.

Las manos de Warren se alzaron hasta su collar.

— Bueno, que me harían daño.

— ¿Quieres decir que utilizarían la magia del collar para infligirte dolor?

El joven aprendiz de mago asintió con la cabeza mientras cerraba los puños alrededor de su túnica.

— ¿Lo hacen a menudo eso de provocarnos dolor con el rada’han?

— No, a menudo no. Pero para ser mago tienes que superar antes una prueba de dolor. De vez en cuando vienen y me causan dolor con el rada’han para comprobar si he aprendido lo suficiente para pasar la prueba del dolor —explicó Warren, retorciéndose la ropa.

— ¿Y cómo se pasa esa prueba?

— Bueno, supongo que consideran que la has pasado cuando soportas el dolor sin suplicarles que paren. Ellas nunca me dicen qué debo hacer para superarla. —Warren estaba pálido como la cera—. Nunca he sido capaz de aguantar sin suplicarles que pararan. Cuando aprendes a soportar lo que te dan, ellas te dan más.

— Ya me imaginé que sería algo así. Gracias por decírmelo. —Richard se acarició la barba—. Warren, necesito tu ayuda.

El joven se enjugó las lágrimas con las mangas.

— ¿En qué puedo ayudarte yo?

— Me dijiste que hay profecías que hablan de mí. Necesito que estudies todo lo que puedas encontrar sobre mí. Y sobre las Torres de Perdición y el valle de los Perdidos. También tengo que saberlo todo acerca del velo. —Richard señaló el libro colocado encima de la mesa—. Cuando pasabas páginas vi un dibujo. Era algo parecido a una lágrima. ¿Sabes qué es?

Warren se acercó al libro y pasó páginas hacia atrás.

— ¿Esto?

— Sí, eso es. —Richard recordó haberlo visto colgado del cuello de Rachel en la visión que tuvo de ella y de Chase en el valle de los Perdidos. De pronto apareció en su mente la imagen de Zedd, y el corazón le latió con más fuerza—. Se parece a algo que vi. ¿Qué es?

Warren lo miró con aire perplejo.

— Es la piedra de Lágrimas. ¿Qué quieres decir con que la viste?

— ¿Qué es la piedra de Lágrimas?

— Bueno, no estoy seguro. Tendré que investigar, pero creo que tiene algo que ver con el velo, si es que interpretamos drauka como inframundo. ¿Qué quieres decir con que la viste?

Richard volvió a hacer caso omiso a la pregunta.

— Warren, también necesito más información sobre la piedra de Lágrimas y todo lo que puedas encontrar sobre la gente que vivía en el valle de los Perdidos, los baka ban mana. Ese nombre significa «quienes no tienen señor». Y sobre alguien a quien ellos llaman el Caharin.

Warren lo miraba boquiabierto.

— Eso es mucho trabajo.

— ¿Me ayudarás, Warren?

El muchacho bajó la vista y empezó a juguetear con la túnica.

— Con una condición. Yo nunca salgo de aquí. No es que no me guste estudiar las profecías, pero la gente cree que no me interesa nada más. Me gustaría ver el campo alrededor de palacio; el bosque, las colinas…

»Pero los espacios abiertos me asustan —prosiguió, retorciendo los dedos—. El cielo es tan grande… Ésa es la otra razón por la que siempre me quedo aquí abajo, porque me siento seguro. Pero estoy harto de vivir como un topo. Quiero salir afuera y ver el mundo. ¿Podrías… bueno, podrías enseñarme el campo? Me das la impresión de ser alguien muy acostumbrado a estar al aire libre, y creo que me sentiría seguro si fuera contigo.

Richard le dirigió una cálida sonrisa.

— Has dado con la persona indicada, Warren. Antes de que todo esto empezara yo era guía de bosque. No conozco todavía todo el campo que rodea el palacio, pero puedes estar seguro de que pronto lo conoceré. Me encantaría ser tu guía. Sería como volver a los viejos tiempos.

El rostro de Warren se iluminó.

— Gracias, Richard. Tengo muchas ganas de ver lugares abiertos. Necesito poner un poco de aventura en mi vida. Empezaré a buscar ahora mismo lo que me has pedido, pero las Hermanas también me dan trabajo, por lo que investigaré cuando pueda. Y, para ser sincero, me temo que me costará bastante tiempo. Hay miles de libros aquí abajo. Tardaré meses hasta empezar de verdad.

— Warren, es posible que esto sea lo más importante que vayas a estudiar nunca. Tal vez te ahorres tiempo si empiezas a leer todo lo que la Prelada ha estado leyendo.

Warren esbozó una astuta sonrisa.

— ¿No decías que no se te dan bien los acertijos? Sí, eso mismo pensaba hacer yo. —La sonrisa se tornó gesto de preocupación—. ¿Para qué quieres saber todo eso?

Richard estudió largamente los ojos azules de su interlocutor.

— Porque yo soy fuer grissa ost drauka, Warren. Sé qué significa.

Warren le agarró la manga del manto rojo.

— ¿Lo sabes? ¿Sabes cuál es la traducción correcta? —Los dedos le temblaban—. ¿Me lo dirás?

— Si prometes no decírselo a nadie, por ahora. —Warren asintió—. Nadie ha podido establecer cuál es la traducción correcta porque, al tratar de justificar una invalidan el conjunto. —Warren frunció el entrecejo. Richard se inclinó hacia él—. Warren, las tres son correctas.

— ¿Qué? —susurró Warren—. ¿Cómo es posible?

— He matado a gente con esta espada. Ergo, soy el portador de la muerte en ese sentido. Ése es el primer significado de drauka.

»Pero para vencer en situaciones desesperadas, por ejemplo contra el mriswith, he usado la magia de la espada para conjurar los espíritus de quienes la empuñaron antes que yo. He resucitado a los muertos, he conjurado el pasado en el presente. En ese sentido, soy el portador de los espíritus. Ése es el segundo significado de drauka.

»Y en cuanto el tercer significado, el de traer el inframundo, tengo razones para creer que, de un modo u otro, he rasgado el velo. Ése es el tercer significado de drauka.

Warren ahogó un grito.

— Es muy importante que encuentres la información que te he pedido. Me temo que no me queda mucho tiempo.

Warren asintió.

— Lo intentaré. Pero creo que confías demasiado en mí.

— Confío en alguien capaz de romper una pierna a Jedidiah.

— Yo no he hecho nada de eso. Jedidiah es un mago poderoso. Yo jamás osaría enfrentarme a él.

— Oh, venga ya, Warren. Tienes cenizas de la alfombra quemada en los hombros de la túnica.

Warren se limpió frenéticamente el lugar indicado.

— Pero ¿qué dices? Yo no veo nada.

Richard esperó hasta que Warren alzó los ojos.

— Entonces ¿por qué te limpias?

— Yo…, bueno,…

Richard le colocó una mano sobre la espalda para tranquilizarlo.

— No pasa nada, Warren. Yo creo en la justicia y pienso que Jedidiah ha tenido su merecido. No se lo diré a nadie. Y tú tampoco debes decir a nadie lo que hemos hablado.

— Tengo que avisarte, Richard. Ayer hiciste algo muy peligroso al proclamar ante todas las Hermanas que eres el portador de la muerte. Es una profecía muy conocida y polémica. Algunas Hermanas creen que significa que eres quien mata y tratarán de congraciarse contigo. Pero otras creen que significa que resucitarás a los muertos y conjurarás los espíritus, y ésas querrán estudiarte. Y por último las hay que creen que significa que romperás el velo, de modo que el Innombrable vendrá para acabar con todos nosotros. Ésas es posible que traten de matarte.

— Lo sé, Warren.

— Entonces ¿por qué les dijiste que eres de quien habla la profecía?

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