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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— Porque soy fuer grissa ost drauka. Cuando llegue el momento mataré a cualquiera de ellas para librarme de este collar, si es necesario. Era de justicia avisarlas primero, darles la oportunidad de seguir con vida.

Warren se llevó los dedos al labio inferior.

— Pero tú no harías daño a Pasha, ¿verdad? A Pasha no.

— Espero no tener que hacer daño a nadie, Warren. Tal vez con la información que me proporciones, no tendré que hacerlo. Odio ser fuer grissa ost drauka, pero eso es lo que soy.

Los ojos de Warren se llenaron de lágrimas.

— Por favor, no hagas daño a Pasha.

— Warren, Pasha me gusta. Creo que por dentro es una persona maravillosa, como tú dijiste. Yo solamente mato para defenderme o para proteger la vida de personas inocentes. No creo que Pasha me dé nunca motivos, pero debes entender que si tengo razón y el velo está rasgado, hay mucho más en juego que la vida de una sola persona. Ni la mía, ni la tuya, ni la de Pasha.

Warren asintió.

— He leído las profecías. Lo entiendo. Buscaré lo que me has pedido.

Richard trató de tranquilizarlo con una afable sonrisa.

— Todo saldrá bien, Warren. Soy el Buscador; daré lo mejor de mí mismo. No quiero hacer daño a nadie.

— ¿El Buscador? ¿Qué es eso?

— Ya te lo explicaré otro día.

Richard colocó la mano sobre la placa metálica y la puerta se abrió. Warren no salía de su asombro.

— ¿Cómo eres capaz de hacer eso?

Pasha los esperaba con calma, haciendo esfuerzos para que su rostro no reflejara enojo.

— ¿A qué ha venido eso? —preguntó.

— Cosas de hombres —contestó Richard, mientras cruzaba la puerta.

— ¿Cómo que cosas de hombres? —insistió la joven, deteniéndole al ponerle una mano sobre el brazo.

Richard buscó con la mirada los cálidos ojos castaños de Pasha.

— Le he retorcido el brazo hasta obligarlo a que me contara lo de la prueba de dolor. He tenido que preguntarle a él, porque a ti se te olvidó mencionarlo. ¿O acaso pensabas callártelo hasta que llegara el día de causarme dolor?

Pasha se frotó los brazos desnudos como si tuviera frío.

— Yo no hago eso, Richard. Yo soy sólo una novicia. Las Hermanas lo hacen.

— ¿Por qué no me dijiste nada?

Las lágrimas inundaron los ojos de la joven.

— Porque no me gusta que se haga daño a nadie. No quería asustarte con algo que tal vez no pase hasta dentro de mucho tiempo. A veces la espera es peor que el hecho en sí. No quería que tuvieses que esperar con miedo.

— Ya. —Richard soltó un largo suspiro—. Bueno, supongo que es una buena razón. Pasha, te pido perdón por lo que he pensado de ti.

Pasha forzó una sonrisa.

— ¿Empezamos ya nuestra lección?

Lejos ya de las criptas, fueron avanzando por pasillos y atravesaron varios edificios hasta llegar, al fin, a la Residencia Guillaume que albergaba sus habitaciones. Mientras ascendían la escalinata de mármol se oía el frufrú del vestido de Pasha. Tanto las paredes como las columnas eran de un abigarrado mármol color tostado a juego.

Pese a que era un lugar muy hermoso, con salones muy elegantes, no era tan impresionante como el Palacio del Pueblo en D’Hara. Si no conociera aquel magnífico edificio, la opulencia del Palacio de los Profetas lo habría dejado anonadado. Pero ahora se limitaba a fijarse en su distribución por si en el futuro lo necesitaba. Arriba, mientras avanzaban por otro ancho pasillo de suelo alfombrado, Richard vio a muchachos llevando asimismo el rada’han. Por fin llegaron a su habitación.

Pasha se disponía ya a girar el pomo de la puerta cuando Richard la detuvo cogiéndole la muñeca.

— Hay alguien dentro —anunció.

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— Mi deber es velar por ti —dijo Pasha.

La muchacha usó su han para soltar la muñeca de la garra de Richard, echándolo a un lado como si tuviera una mano invisible y luego entró en tromba. Por su parte, Richard dio una voltereta, se levantó, desenvainó la espada y voló tras ella. Solamente unos rescoldos alumbraban la oscura habitación. Ambos se detuvieron de golpe en la oscuridad casi completa.

De una silla situada junto al hogar brotó una voz.

— ¿Esperas un mriswith, Richard?

— ¡Hermana Verna! —Richard envainó de nuevo el arma—. ¿Qué estás haciendo aquí?

La mujer se levantó, hizo un gesto con la mano hacia una lámpara y encendió así la mecha.

— No sabía si te habías enterado. —Su rostro mostraba una expresión hermética—. Vuelvo a ser una Hermana de la Luz.

— ¿De veras? Es estupendo.

La hermana Verna unió las manos en relajado gesto.

— Puesto que soy de nuevo una Hermana, he querido venir para hablar contigo en privado un momento. —Echó una rápida mirada a Pasha—. Es sobre un asunto pendiente entre Richard y yo.

La novicia miró alternativamente a Richard y a la Hermana.

— Bueno, supongo que el vestido que llevo no es el más cómodo para dar una lección. Iré a cambiarme. Buenas noches, Hermana —se despidió, haciéndole una reverencia—. Me alegro mucho de que seáis de nuevo Hermana; es como debía ser. Richard, gracias por haber sido tan caballeroso esta noche. Volveré cuando me haya cambiado.

Richard se quedó de cara a la puerta después de que Pasha la hubo cerrado a su espalda.

— Caballeroso —comentó la hermana Verna—. Me alegra oírlo, Richard. Yo también quería darte las gracias por haberme devuelto mi condición de Hermana. La hermana Maren me ha explicado lo que pasó.

Richard se volvió hacia ella, riendo.

— Has pasado conmigo mucho tiempo, Hermana, pero necesitas más práctica contando mentiras. Aún no eres del todo convincente.

La mujer no pudo reprimir una leve sonrisa.

— Bueno, la hermana Maren me dijo que rogó al Creador que la guiara, tras lo cual decidió que, en vista de mi experiencia, lo serviría mejor siendo una Hermana. —Verna enarcó una ceja—. Pobre hermana Maren. Parece que desde que llegaste hay una epidemia de mentiras.

Richard se encogió de hombros.

— La hermana Maren hizo lo justo. Creo que tu Creador estará complacido.

— Me he enterado de que has matado a un mriswith. Las noticias corren como la pólvora en palacio.

Richard se acercó a la chimenea, se apoyó sobre la repisa de mármol oscuro y clavó la vista en los rescoldos.

— Bueno, no tuve elección.

La hermana Verna le acarició el pelo.

— ¿Estás bien, Richard? ¿Cómo te van las cosas?

— Estoy bien. —Richard se sacó el tahalí por encima de la cabeza y lo dejó a un lado. A continuación arrojó el manto rojo sobre una silla—. Aunque estaría mejor si no tuviera que llevar esta ridícula ropa. Supongo que es un precio muy pequeño a cambio de la paz. Por ahora. ¿De qué querías hablarme, Hermana?

— No sé qué hiciste para que volvieran a ascenderme, Richard, pero te doy las gracias. ¿Significa esto que te gustaría que fuésemos amigos?

— Sólo si me quitas este collar. —La Hermana desvió la mirada—. Algún día, Hermana, tendrás que elegir. Espero que, cuando ese día llegue, te pongas de mi lado. Después de todo por lo que hemos pasado juntos, odiaría tener que matarte, aunque sabes que soy muy capaz. Sabes cuál sería mi respuesta. Pero supongo que no has venido sólo a darme las gracias.

— Ya te he dicho otras veces que estás usando tu han sin saber qué estás haciendo, ¿recuerdas?

— Sí, pero yo no creo que esté usando mi han.

Verna arqueó una ceja.

— Richard, has matado a un mriswith. Que yo sepa, es una hazaña que nadie había conseguido en los últimos tres mil años. Para eso has tenido que usar tu han.

— No, Hermana, lo que usé fue la magia de la espada.

— Richard, te he estado observando y he aprendido algo acerca de ti y de tu espada. La razón por la cual nadie ha sido capaz de matar a un mriswith es porque no lo vieron llegar. Ni siquiera el han de las Hermanas y los magos los avisaba de que el monstruo se aproximaba. Es posible que tu espada haya matado al mriswith, pero fue tu han quien te avisó de que se acercaba. Estás usando tu don sin control.

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