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READ-E-BOOK » Социально-философская фантастика » El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
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El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]

Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:

“El ojo de la garza” es la historia de dos comunidades de proscritos que, expulsados de la Tierra, viven en un remoto planeta. Una de estas comunidades, los violentos y ambiciosos habitantes de la Ciudad, trata de oprimir a la otra, heredera del movimiento pacifista que comenzara tiempo atrás en la Tierra. La heroína de la novela, Luz, abandona los privilegios y la seguridad doméstica de la Ciudad e intenta buscar su identidad personal, la libertad y el amor, entre esas gentes pacíficas que viven en los límites del mundo. Por último, decide encabezar una expedición a las tierras salvajes (enfrentada a la indiferencia de la naturaleza y a sus propios miedos) para fundar una nueva colonia y empezar una nueva vida en tierras desconocidas.
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—Escucha —pidió y se agachó para acomodarse el zapato—, puedes quedarte. Cualquiera puede quedarse. Nosotros no obligamos a nadie a quedarse ni a irse. —Se irguió y la miró a los ojos—. Dime, ¿qué pensará tu padre? Aunque tenga la certeza que te has quedado por elección…

—No lo permitirá. Vendrá a buscarme.

—Por la fuerza.

—Sí, por la fuerza. Sin duda, en compañía de Macmilan y su pequeño ejército.

—Y así te convertirás en el pretexto que están buscando para apelar a la violencia. Luz, debes volver.

—Por vuestro bien.

La joven sólo pensaba en voz alta, asimilaba lo que acababa de hacer y las consecuencias que tendría. Lev estaba inmóvil, con un zapato —Luz notó que se trataba de una bota baja, embarrada y gastada— en la mano.

—Así es —confirmó Lev—. Por nuestro bien. Viniste por nuestro bien y ahora tienes que irte por la misma razón. ¿Qué pasará si ellos saben que has estado aquí…? —Hizo una pausa—. No, no puedes regresar. Quedarías atrapada en la mentira…, en tu mentira y en la de ellos. Fuiste tú la que vino aquí. Por Vera, por nosotros. Estás con nosotros.

—No, no es así —replicó Luz enfadada, pero el brillo y el calor de la expresión de Lev confundieron sus pensamientos. Hablaba tan claro, con tanta seguridad…, y ahora sonreía.

—Luz, ¿recuerdas cuando íbamos a la escuela? Tú siempre…, siempre quise hablar contigo, pero nunca tuve valor suficiente… Una vez hablamos, al atardecer, me preguntaste por qué no peleaba con Angel y su pandilla. Nunca fuiste como las otras chicas de la Ciudad, no encajabas, no era lo tuyo. Tú perteneces a este lugar. La verdad te importa. ¿Recuerdas que una vez te enojaste con el maestro porque dijo que los conejos no hibernan, que Timmo intentó explicar que había descubierto una cueva llena de conejos hibernando y que el maestro estuvo a punto de azotarlo por insolente? ¿Lo recuerdas?

—Dije que se lo contaría a mi padre —añadió Luz en voz queda. Se había puesto muy pálida.

—Sacaste la cara en clase, dijiste que el maestro no sabía la verdad y que iba a azotar a Timmo por expresarla…, sólo tenías catorce años. Escúchame, Luz, acompáñame, iremos a casa de Elia. Puedes contarles lo que acabas de decirme y luego acordaremos el camino a seguir. ¡Ya no puedes regresar y dejar que te castiguen, que te avergüencen! Puedes quedarte con Vientosur, en las afueras, allí estarás tranquila. Ahora ven conmigo, no podemos perder un minuto.

Lev le ofreció la mano por encima de la mesa, una mano fina y cálida, llena de vida; Luz la aceptó e hizo frente a su mirada. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—No sé qué hacer —reconoció y se deshizo en llanto—. Lev, sólo te has puesto un zapato.

8

A pesar que el tiempo apremiaba, había que convocar y reunir a la comunidad para que se mantuviera unida, para que se mantuviera firme. Actuar deprisa los favorecía pues los temerosos y los poco entusiastas no desaparecerían cualesquiera que fuesen las presiones; bajo la amenaza de un ataque inminente, todos estaban deseosos de encontrar el núcleo y preservarlo, concentrar la fuerza de la cohesión.

Existía un núcleo y él estaba en el centro mismo… Era el núcleo en compañía de Andre, Vientosur, Martin, Italia, Santha y los demás, los jóvenes, los decididos. Vera no estaba presente pero estaba ahí, en todas sus decisiones aparecía su bondad y su firmeza inquebrantable. Elia tampoco estaba. Él, Joya y varios más, en su mayoría gente mayor, estaban al margen, debían quedar al margen pues su voluntad no era la de la comunidad. Elia nunca había sido partidario acérrimo del plan de emigración y ahora sostenía que habían llegado demasiado lejos, que debían devolver inmediatamente la joven a su padre, acompañada por una delegación que «se sentara a hablar con la Junta… Si sólo nos sentáramos a hablar, toda esta desconfianza y este desafío sobrarían…».

El viejo Lyon le había respondido cansinamente: «Elia, los hombres armados no se sientan a hablar».

No fue a Elia a quien apelaron, sino a la «gente de Vera», a los jóvenes. Lev notó que la fuerza de sus amigos y de toda la comunidad lo sustentaban y levantaban. Sentía que no era un único Lev, sino mil veces Lev…, él mismo pero enormemente incrementado, ampliado, un yo sin límites fundido con los demás, libre como no podía serlo ningún ser individual.

Apenas fue necesario celebrar consultas, explicar a la gente lo que había que hacer, la imponente y serena resistencia que debían oponer a la violencia de la Ciudad. Ya lo sabían: ellos pensaban por él y él por ellos; su palabra expresaba la voluntad general.

La muchacha, Luz, la desconocida, la autoexiliada: su presencia en el Arrabal había agudizado esa sensación de comunidad perfecta y la había ribeteado de compasión. Conocían el motivo de su presencia en la población e intentaban ser amables con ella. Estaba sola entre ellos, asustada y recelosa, amparándose en su orgullo y en su arrogancia de hija de un Jefe siempre que algo escapaba a su comprensión. Pero comprendía, pensó Lev, por mucho que la razón la confundiera, comprendía; comprendía con el corazón, ya que había acudido confiada a ellos.

Cuando Lev se lo dijo —le dijo que, en espíritu, era y siempre había sido una de ellos, una integrante del Pueblo de la Paz—, Luz esbozó una expresión despectiva.

—Ni siquiera sé cuáles son tus ideas —afirmó.

En realidad, Luz había aprendido mucho de Vera y en esos días tensos, extraños e inactivos, a la espera de noticias o del ataque de la Ciudad, cuando el trabajo cotidiano quedó suspendido y la «gente de Vera» se mantuvo congregada, Lev charló con ella tanto como pudo, deseoso de unirla plenamente a ellos, de llevarla al núcleo donde la paz y la fortaleza prevalecían y donde nadie estaba solo.

—Realmente, es muy aburrido —explicó Lev—. Es una especie de lista de reglas, como en la escuela. Primero haces esto y a continuación aquello. Primero intentas la negociación y el arbitraje del problema, sea cual fuere, mediante los medios y las instituciones vigentes. Intentas resolverlo hablando, tal como insiste Elia. Verás, en ese paso el grupo de Vera pretendía hablar con la Junta. No sirvió. Por lo tanto, apelas al segundo paso: la no cooperación. Es una especie de quedarse quieto y no moverse para que sepan que hablas en serio. Ahora estamos en este punto. Luego llega la hora del tercer paso, que es el que estamos preparando: la presentación de un ultimátum. La última apelación, en la que se ofrece una solución constructiva, y una explicación clara de lo que se hará si no se acuerda dicha solución.

—¿Y qué se hará si ellos no están de acuerdo?

—Recurrir al cuarto paso: la desobediencia civil.

—¿Y eso en qué consiste?

—La negativa a obedecer toda orden o ley, cualquiera que sea, decretada por la autoridad cuya legitimidad se impugna. Creamos nuestra propia autoridad paralela e independiente y seguimos nuestro camino.

—¿Y es tan sencillo?

—Es tan sencillo —respondió Lev sonriente—. Mira, en la Tierra funcionó muchas veces. Funcionó pese a todo tipo de amenazas y encarcelamientos, de torturas y agresiones. Puedes leerlo, deberías leer la Historia de Mirovskaya…

—No sé leer libros —declaró Luz con actitud desdeñosa—. Una vez lo intenté… Si funcionó tan bien como dices, ¿por qué los expulsaron de la Tierra?

—Porque no éramos bastantes. Los gobiernos eran muy poderosos e influyentes. ¿Crees que nos habrían enviado al exilio si no nos hubieran temido?

—Es lo mismo que dice mi padre sobre sus antepasados —comentó Luz.

Las cejas de la muchacha formaban una recta por encima de sus ojos, ojos oscuros y reflexivos. Lev la observaba, inmovilizado por su silencio, capturado por su rareza. A pesar que insistía en que Luz era una de ellos, no era así; no se parecía a Vientosur, a Vera ni a ninguna de las mujeres que conocía. Luz era distinta: ajena. Como la garza gris de la Charca del Templo, Luz contenía silencio, un silencio que lo atraía, lo alejaba, lo dirigía hacia un núcleo distinto.

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