El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Edhasa
- ISBN: 978-84-350-2212-5
- Переводчик: Horacio Gonz
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:
—Ah —dijo y bostezó—. ¿Dónde está Andre?
—Soy Luz Marina Falco y vengo de la Ciudad.
La mirada luminosa cambió, se ahondó; Lev despertó.
—Luz Marina Falco —repitió. Su rostro prieto y delgado adquirió vida; la miró, miró más allá en busca de sus acompañantes, volvió a observarla con la mirada cargada de sentimientos: alerta, precavido, divertido, incrédulo—. ¿Has venido… con…?
—He venido sola. Tengo un…, tengo que decirte…
—Vera —pronunció Lev. El rostro brillante ya no sonreía, denotaba tensión, exaltación.
—Vera está bien, como los otros. Se trata de ustedes, del Arrabal. Anoche ocurrió algo, no sé exactamente qué, tú lo sabrás… —Lev asintió sin dejar de mirarla—. Están enojados y vendrán, creo que mañana por la noche, me refiero a los hombres que el joven Macmilan ha adiestrado, a los matones…, intentarán capturarte junto a los demás cabecillas y, después…, atropellarán a la gente para que devuelvan el golpe, así podrán derrotarlos y obligarlos a trabajar en los latifundios como castigo por la rebelión. Llegarán de noche, creo que mañana pero no estoy segura, y él tiene unos cuarenta hombres, supongo, todos armados con mosquetes.
Lev seguía mirándola. No dijo nada. Sólo entonces, en medio del silencio del joven, Luz oyó la pregunta que no se había hecho a sí misma.
La pregunta la tomó tan desprevenida, estaba tan lejos de poder empezar a esbozar una respuesta que se quedó quieta y le devolvió la mirada, su rostro adquirió un rubor opaco de desconcierto y temor y fue incapaz de pronunciar una sola palabra más.
—Luz, ¿quién te ha enviado? —preguntó Lev amablemente.
Era lógico que Lev reaccionara de ese modo, que supusiera que ella mentía o que Falco la usaba para jugarles una mala pasada o espiarlos. Era lógico que lo pensara, que imaginara que ella servía a su padre sin imaginar que lo estaba traicionando. Luz sólo pudo menear la cabeza. Le hormigueaban las piernas y los brazos y veía lucecitas; sintió que estaba a punto de vomitar.
—Ahora tengo que volver —dijo pero no se movió, ya que las rodillas no le respondieron.
—¿Estás bien? Pasa y siéntate, aunque sólo sea un minuto.
—Estoy mareada.
Su voz sonó débil y trémula y sintió vergüenza. Lev la hizo pasar y ella tomó asiento en una silla de mimbre, junto a la mesa de la habitación oscura, alargada y de vigas bajas. Se quitó el chal porque le molestaba su peso y estaba acalorada; inmediatamente se sintió mejor. Se le enfriaron las mejillas y sus ojos recuperaron la visión normal a medida que se adaptaban a la penumbra. Lev permanecía cerca, en la cabecera de la mesa. Estaba descalzo y sólo llevaba pantalones. Se quedó quieto. Aunque no era capaz de mirarlo a la cara, Luz no percibió amenaza, cólera ni indiferencia en su actitud o en su silencio.
—Vine corriendo —explicó la muchacha—. Quería regresar deprisa, el camino es largo, me mareé. —Se dominó y descubrió que, bajo el arrebol y el miedo, había en su interior un rincón sereno en el que su mente podía refugiarse y pensar. Pensó y finalmente volvió a hablar—. Vera está viviendo con nosotros en Casa Falco. ¿Lo sabías? Hemos estado juntas todos los días. Hablamos. Le cuento lo que sé que ocurre, y ella me transmite… todo tipo de cosas… Intenté que regresara para alertarlos. No quiso, dice que dio su palabra a fin que no huiría y que tiene que cumplirla. Por eso he venido. Oí una conversación entre Herman Macmilan y mi padre. Escuché a hurtadillas, salí y me situé bajo la ventana para escuchar. Lo que dijeron me enfureció, me dio asco. Decidí venir cuando Vera dijo que no vendría. ¿Estás enterado de la existencia de los nuevos guardias, los guardias de Macmilan? —Lev negó con la cabeza, mirándola atentamente—. No estoy mintiendo —aseguró Luz con frialdad—. Nadie me está usando. Con excepción de Vera, nadie sabe que he salido de casa. He venido porque estoy harta de ser usada, harta de mentiras y harta de permanecer impávida. Puedes creerme o no, me da lo mismo.
Lev volvió a menear la cabeza y parpadeó como si estuviera deslumbrado.
—No, yo no…, pero vas demasiado rápido…
—No hay tiempo que perder. Tengo que regresar antes que alguien note mi ausencia. Mi padre convenció al joven Macmilan para que adiestre a un destacamento formado por hijos de los Jefes, a fin de crear un ejército especial que utilizarán contra tu pueblo. Hace dos semanas que no hablan de otra cosa. Vendrán por lo que ocurrió en el Valle del Sur, sea lo que sea; pretenden atraparte a ti y a los demás cabecillas y obligar a tu gente a combatir para que traicionen vuestra idea de la paz, de lo que ustedes llaman la no violencia. Lucharán y perderán porque nosotros somos mejores combatientes y, además, tenemos armas. ¿Conoces a Herman Macmilan?
—Creo que de vista —respondió Lev.
Lev era totalmente distinto al hombre cuyo nombre acababa de pronunciar y cuya imagen ocupaba su mente: el magnífico rostro y el cuerpo musculoso, el pecho ancho, las piernas largas, las fuertes manos, la gruesa vestimenta, túnica, pantalón, botas, cinto, abrigo, arma, látigo, cuchillo… Este hombre iba descalzo y Luz distinguía las costillas y el esternón bajo la piel oscura y delgada de su pecho.
—Odio a Herman Macmilan —dijo Luz, sin tanta prisa, hablando desde el rincón pequeño y fresco de su interior, en el que podía pensar—. Su alma es mezquina. Deberías temerle. Yo le temo. Le gusta hacer daño. No pretendas hablar con él, como hacen los tuyos. No escuchará. Él llena todo su mundo. Lo único que se puede hacer con un hombre así es golpearlo o huir. Yo huí… ¿Me crees? —Ahora estaba en condiciones de preguntarlo.
Lev asintió.
Luz miró las manos del muchacho, apoyadas en el respaldo de la silla; aferraba firmemente el barrote de madera. Sus manos eran puro nervio y hueso bajo la piel oscura, fuertes, frágiles.
—Bueno, tengo que regresar. —Luz se puso de pie.
—Espera. Deberías contarle todo esto a los demás.
—No puedo. Hazlo tú.
—Acabas de decir que has huido de Macmilan. ¿Ahora volverás con él?
—¡No! Volveré con mi padre…, a mi casa… —Lev tenía razón: era lo mismo—. He venido a prevenirlos —añadió fríamente— porque Macmilan piensa tenderles una trampa y lo que merece es que se la tiendan a él. Eso es todo.
No era suficiente.
Luz miró a través de la puerta abierta y vio el sendero que tendría que recorrer, más allá la calle, después la carretera, la Ciudad y sus calles, su casa y su padre…
—No lo entiendo —aseguró ella. Volvió a sentarse bruscamente porque temblaba otra vez, aunque ahora no era de miedo, sino de ira—. No pensé. Vera dijo…
—¿Qué dijo Vera?
—Dijo que me detuviera a pensar.
—¿Acaso te ha…?
—Espera. Necesito pensar. Antes no lo hice y ahora debo hacerlo. —Estuvo sentada inmóvil unos minutos, con las manos apretadas en el regazo—. Ya está. Vera dijo que esto es una guerra. Yo debería ser…, he traicionado al bando de mi padre. Vera es rehén de la Ciudad. Tendré que convertirme en rehén del Arrabal. Si ella no puede entrar y salir, yo tampoco. Tendré que asumirlo. —El aire se le encajaba en la garganta, produciendo un sonido cortante al final de cada frase.
—Luz, nosotros no tomamos rehenes ni hacemos prisionero a nadie.
—No he dicho que ustedes lo hicieran. Sólo he dicho que tengo que quedarme aquí. Elijo quedarme. ¿Me lo permitirán?
Lev deambuló por la estancia, agachándose mecánicamente para franquear la baja viga transversal. Su camisa estaba en una silla, delante del fuego, puesta a secar. Se la puso, entró en la habitación trasera, regresó con los zapatos en la mano, se sentó en una silla junto a la mesa y comenzó a ponérselos.