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READ-E-BOOK » Социально-философская фантастика » El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
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El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]

Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:

“El ojo de la garza” es la historia de dos comunidades de proscritos que, expulsados de la Tierra, viven en un remoto planeta. Una de estas comunidades, los violentos y ambiciosos habitantes de la Ciudad, trata de oprimir a la otra, heredera del movimiento pacifista que comenzara tiempo atrás en la Tierra. La heroína de la novela, Luz, abandona los privilegios y la seguridad doméstica de la Ciudad e intenta buscar su identidad personal, la libertad y el amor, entre esas gentes pacíficas que viven en los límites del mundo. Por último, decide encabezar una expedición a las tierras salvajes (enfrentada a la indiferencia de la naturaleza y a sus propios miedos) para fundar una nueva colonia y empezar una nueva vida en tierras desconocidas.
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La cara redonda y morena del capitán Eden había palidecido notoriamente. El joven Jefe Macmilan le había dicho: «Reúna a doscientos campesinos y ocúpese a fin que desbrocen la orilla oeste del Río Molino, debajo del vado». Le había parecido sencillo, no un trabajo fácil sino el trabajo de un hombre, una verdadera responsabilidad a la que seguiría una recompensa. Tenía la sensación que él era el único responsable. Sus hombres eran casi incontrolables y los arrabaleros le resultaban incomprensibles. Primero se mostraron asustados y sumamente dóciles y ahora pretendían darle órdenes. Si en realidad no temían a sus guardias, ¿para qué perdían el tiempo hablando? Si fuera uno de ellos, mandaría todo al cuerno y se ocuparía de tener un machete; la proporción era de cuatro a uno y morirían diez como máximo antes que avanzaran y abatieran con las horcas a los guardias armados con mosquetes. Su comportamiento carecía de sentido, era vergonzoso, impropio de un hombre. ¿Dónde podía encontrar la dignidad en esa condenada inmensidad? El río gris humeante a causa de la lluvia, el valle enmarañado y empapado, las gachas cubiertas de moho que supuestamente eran pan, el frío que le recorría la espalda donde se le pegaba la túnica mojada, los rostros taciturnos de sus hombres, la voz del extraño muchacho que le decía lo que debía hacer: era excesivo. Giró el mosquete en sus manos.

—Todos deben volver al trabajo inmediatamente. De lo contrario ordenaré que sean atados y trasladados a la cárcel de la Ciudad. La decisión es suya.

Aunque no había hablado en voz alta, todos —guardias y aldeanos— se habían enterado de la confrontación. Muchos estaban en pie alrededor de las hogueras, con los cabellos mojados adheridos a la frente y el cuerpo manchado por el barro. Pasó un instante, unos pocos segundos, medio minuto como máximo, un rato muy largo y silencioso sólo interrumpido por el ruido de la lluvia sobre la tierra removida que los rodeaba, sobre la maleza enredada que bajaba hasta el río y sobre las hojas de los árboles del algodón en la ribera: un tamborileo casi imperceptible, delicado y amplio.

Los ojos del capitán, que intentaban abarcarlo todo —guardias, aldeanos, la pila de aperos—, se cruzaron con los de Lev. Se miraron cara a cara.

Senhor, la hemos trastocado —dijo el joven casi en un susurro—. ¿Y ahora qué hacemos?

—Dígales que vuelvan al trabajo.

—¡De acuerdo! —exclamó Lev y se volvió—. Rolf y Adi, ¿pueden hacer una camilla? Ustedes y dos guardias trasladarán a Pamplona al Arrabal. Thomas y Sol lo acompañarán. Los demás volveremos al trabajo, ¿de acuerdo?

Lev y los demás arrabaleros se acercaron a la pila de piquetas y azadas, recogieron sus aperos y, sin prisas, volvieron a desplegarse por la ladera, cortando los tapetes de zarzas y arrancando las raíces de los arbustos.

El capitán Eden se dirigió a sus hombres con una sensación hormigueante en la boca del estómago. Los dos guardias a los que había dado órdenes se encontraban muy cerca.

—Antes de dirigirse a la Ciudad, escoltarán a los enfermos a la aldea. Y regresarán por la noche con dos hombres sanos, ¿está claro? —Vio que Angel, mosquete en mano, lo miraba—. Teniente, usted los acompañará —añadió enérgicamente.

Los dos guardias saludaron con expresión vacía. La mirada de Angel era descaradamente insolente, burlona.

En torno a la hoguera, esa noche Lev y tres aldeanos se reunieron nuevamente con el capitán.

Senhor, hemos tomado la decisión de trabajar una semana, sólo como trabajo comunitario, siempre y cuando los hombres de la Ciudad trabajen con nosotros —dijo uno de los hombres mayores—. No sirve que veinte o treinta de sus subordinados se queden mirando sin hacer nada mientras nosotros trabajamos.

—¡Martin, lleve a estos hombres al sitio que les corresponde! —ordenó el capitán al hombre de guardia.

El guardia se adelantó sosteniendo el extremo del látigo; los aldeanos se miraron, se encogieron de hombros y retornaron a su fogata. El capitán Eden se dijo que lo importante era no hablar, impedir que hablaran. Cayó la noche, negra y diluviante. En la Ciudad nunca llovía de esa manera: había techos. En la oscuridad el ruido de la lluvia era espantoso, sonaba en todas partes, a través de kilómetros, kilómetros y kilómetros de oscura inmensidad. Los fuegos chisporroteaban y se apagaban. Los guardias se agazapaban deprimidos bajo los árboles, apoyaban las bocas de los mosquetes en el barro asfixiante, se acurrucaban, maldecían y temblaban. Al despuntar el día, los aldeanos no estaban: se habían desvanecido durante la noche, en medio de la lluvia. También faltaban catorce guardias.

Pálido, afónico, derrotado y desafiante, el capitán Eden reunió a lo que quedaba del destacamento calado hasta los huesos y emprendió el regreso a la Ciudad. Perdería su rango, tal vez lo azotarían o mutilarían como castigo a su fracaso, pero de momento no le importaba. No le importaba nada de lo que pudieran hacerle salvo el exilio. Seguramente comprenderían que no era culpa suya, que nadie podía hacer ese trabajo. El exilio no era corriente, sólo se aplicaba en el caso de los peores delitos: traición o asesinato de un Jefe; los hombres expulsados de la Ciudad eran trasladados en bote costa arriba, abandonados en medio de la inmensidad, totalmente solos, para ser torturados y abatidos si osaban retornar, pero nunca nadie había regresado; habían muerto en la soledad, perdidos, en ese vacío terrible y desamparado, en medio del silencio. El capitán Eden respiraba agitado mientras avanzaba, buscando con la mirada los primeros indicios de los tejados de la Ciudad.

A causa de la oscuridad y de la lluvia torrencial, los aldeanos habían tenido que seguir la Carretera Sur; se habrían perdido en el acto si hubiesen intentado dispersarse por las colinas. Ya era muy difícil seguir la carretera, que no era más que un carril gastado por las pisadas de los pescadores e irregularmente cubierto de baches producidos por las ruedas de los carros que transportaban madera. Tuvieron que desplazarse muy lentamente, buscando el camino a tientas, hasta que escampó y empezó a clarear. La mayoría de ellos se había largado en las horas posteriores a la medianoche y con las primeras luces apenas estaba a medio camino. Pese al temor de la persecución, casi todos caminaron por la carretera para ir más rápido. Lev había partido con el último grupo y ahora quedó deliberadamente rezagado. Si veía que los guardias se aproximaban, lanzaría un grito de advertencia y los aldeanos abandonarían la carretera y se internarían en la maleza. No era imprescindible que lo hiciera, ya que todos estaban al acecho de lo que ocurría a sus espaldas, pero le servía de excusa para estar solo. No deseaba estar con los demás ni hablar; quería caminar solo junto a la victoria.

Habían ganado. Surtió efecto. Habían ganado la batalla sin violencia. No hubo muertos, sino sólo un herido. Los «esclavos» liberados sin proferir amenazas ni dar un solo golpe; los Jefes regresaban corriendo junto a los Jefes para comunicar su fracaso y, tal vez, para preguntarse por qué habían fracasado y para empezar a comprender, a ver la verdad… El capitán y los guardias eran hombres bastante buenos; cuando por fin entrevieran la libertad, irían en su búsqueda. A largo plazo, la Ciudad se uniría al Arrabal. Cuando los guardias desertaran, los Jefes abandonarían su lamentable intento de gobernar, su ficción de poder por encima de otros hombres. También llegarían, aunque más lentamente que los trabajadores; hasta ellos llegarían a comprender que para ser libres tenían que abandonar sus armas y sus defensas y salir, iguales entre iguales, hermanos. Entonces el sol asomaría sobre la comunidad de la Humanidad de Victoria, igual que ahora, bajo las densas masas nubosas de las colinas, estallaba clara la luz plateada, cada sombra retrocedía a saltos por el estrecho camino y cada charco de lluvia de la noche anterior relampagueaba como la sonrisa de un niño.

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