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READ-E-BOOK » Социально-философская фантастика » El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
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El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]

Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:

“El ojo de la garza” es la historia de dos comunidades de proscritos que, expulsados de la Tierra, viven en un remoto planeta. Una de estas comunidades, los violentos y ambiciosos habitantes de la Ciudad, trata de oprimir a la otra, heredera del movimiento pacifista que comenzara tiempo atrás en la Tierra. La heroína de la novela, Luz, abandona los privilegios y la seguridad doméstica de la Ciudad e intenta buscar su identidad personal, la libertad y el amor, entre esas gentes pacíficas que viven en los límites del mundo. Por último, decide encabezar una expedición a las tierras salvajes (enfrentada a la indiferencia de la naturaleza y a sus propios miedos) para fundar una nueva colonia y empezar una nueva vida en tierras desconocidas.
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Y fui yo, pensó Lev con incrédulo deleite, fui yo el que habló en nombre de ellos, a quien apelaron, y no les fallé. ¡Nos mantuvimos firmes! ¡Oh, Dios mío, cuando disparó el mosquete al aire, pensé que estaba muerto y enseguida creí que me había quedado sordo! Ayer, con el capitán, no se me ocurrió pensar en lo que ocurriría si disparaba porque supe que habría sido incapaz de alzar el arma, él lo sabía, el arma no le servía de nada… Si hay algo que debes hacer, puedes hacerlo. Puedes mantenerte firme. Salí airoso, todos salimos airosos. Oh, Dios mío, cuánto los quiero, cuánto los quiero a todos. ¡No sabía, no sabía que en el mundo existiera tanta felicidad!

Siguió andando bajo el aire vivo hacia su casa y la lluvia caída salpicó sus pies con su risa rápida y fría.

7

—Necesitamos más rehenes…, sobre todo a los cabecillas, a los dirigentes. Debemos azuzarlos para que nos desafíen, pero sin aterrorizarlos hasta el extremo que tengan miedo de actuar. ¿Me ha entendido? Su defensa es la pasividad y la cháchara, cháchara y más cháchara. Queremos que devuelvan el golpe mientras capturamos a sus líderes, para que el desafío quede desarticulado y se quiebre fácilmente. Entonces se desmoralizarán y será fácil hacerlos trabajar. Debe tratar de apoderarse del chico, creo que se apellida Shults; del hombre Elia y de cualquiera que actúe como portavoz. Debe provocarlos pero sin llegar a aterrorizarlos. ¿Puede confiar en que sus hombres se detendrán cuando les dé la orden?

Luz no oyó la menor respuesta de Herman Macmilan, salvo un refunfuño negligente y esquivo. Evidentemente a Macmilan no le gustaba que le dijeran que «debía» hacer esto y aquello ni que le preguntaran si había entendido.

—Ocúpese de atrapar a Lev Shults. Su abuelo fue uno de los grandes cabecillas. Podemos amenazarlos con ejecuciones y practicarlas, si es necesario, pero sería mejor no apelar a este recurso. Si los asustamos demasiado, se aferrarán a sus ideas y las mantendrán con firmeza porque no tienen otra posibilidad. Lo que queremos hacer, que sin duda requerirá moderación de nuestra parte, es obligarlos a traicionar sus ideales, a perder la fe en sus dirigentes, sus razones y sus palabras acerca de la paz.

Luz estaba fuera del estudio de su padre, justo debajo de la ventana, abierta de par en par al aire lluvioso y sin viento. Herman Macmilan había entrado atronadoramente en la casa pocos minutos antes, portando noticias; ella había oído su voz, elevada en tono de cólera y acusación: «¡Debimos apelar a mis hombres! ¡Ya se lo había dicho!». Luz quería averiguar qué había ocurrido y se sorprendió del hecho que alguien utilizara ese tono para dirigirse a su padre. Sin embargo, la perorata de Herman duró poco. Cuando salió y se situó bajo la ventana para poder escuchar sin ser vista, Falco ya había recobrado el control de la situación y Herman mascullaba: «Sí, sí». El bocón de Macmilan se lo merecía. Acababa de enterarse de quién daba órdenes en Casa Falco y en la Ciudad. Pero las órdenes…

La muchacha se tocó las mejillas, húmedas por la llovizna, y sacudió rápidamente las manos como si hubiera estado en contacto con algo viscoso. Sus pulseras de plata tintinearon y quedó inmóvil como un conejo, aplastada contra la pared de la casa, debajo de la ventana, para que Herman o su padre no pudieran verla si se les ocurría asomarse. En un momento, mientras hablaba, Falco se acercó y apoyó las manos en el antepecho; su voz sonaba directamente encima de Luz y la joven imaginó que podía percibir el calor del cuerpo de su padre en el aire. Sintió un profundo deseo de dar un salto y gritar «¡Sorpresa!» al tiempo que buscaba desenfrenadamente excusas, explicaciones: «Estoy buscando un dedal que se me cayó…». Anhelaba reír a carcajadas y escuchaba, prestaba atención con una sensación de desconcierto que le hizo un nudo en la garganta y le llenó los ojos de lágrimas. ¿Era su padre, su propio padre el que decía cosas tan horribles? Vera había afirmado que su padre tenía un gran corazón. ¿Un gran corazón hablaría de ese modo para engañar a la gente, asustarla, matarla, usarla?

Eso es lo que está haciendo con Herman Macmilan, pensó Luz. Lo está usando.

¿Por qué no, por qué no? ¿Para qué más servía Herman Macmilan?

¿Y para qué servía ella? Para ser usada. Él la había usado…, para su vanidad, su comodidad, como su favorita, durante toda la vida; últimamente la usaba para ganar la docilidad de Herman Macmilan. La noche anterior le había ordenado que recibiera cordialmente a Herman cada vez que éste le dirigiera la palabra. Sin duda Herman se había quejado del hecho que ella le rehuía. Era un fanfarrón, quejicón y protestón. Los dos lo eran, todos lo eran con sus grandes pechos, sus alardeos, sus órdenes y sus planes para engañar a los demás.

Luz ya no oía lo que los dos hombres decían. Se apartó de la pared de la casa y se irguió como si le importara un bledo que alguien la viera. Rodeó la casa hasta la puerta trasera, cruzó las cocinas pacíficas y sucias a la hora de la siesta y se dirigió a la habitación asignada a Vera Adelson.

Vera también estaba durmiendo la siesta y la recibió soñolienta.

—Sin que me vieran, escuché una conversación entre mi padre y Herman Macmilan —declaró Luz, detenida en medio de la estancia, mientras Vera, sentada en la cama, la miraba parpadeante—. Pretenden organizar un ataque sorpresa contra el Arrabal. Tomarán prisioneros a Lev y a los demás cabecillas. Después intentarán enfurecer a su gente para que luche y de este modo poder derrotarlos y, como castigo, enviar a la mayoría a trabajar en las nuevas granjas. Ya habían enviado a un grupo, pero escaparon o los guardias huyeron…, no lo oí claramente. Por eso ahora Macmilan irá con su «pequeño ejército» y mi padre le ha dicho que obligue a la gente a devolver el golpe, para que así traicionen sus ideales y él pueda usarlos como le plazca.

Vera estaba con la vista fija y no dijo nada.

—Ya sabe a qué se refiere. Y si usted no lo sabe, Herman está perfectamente enterado. Se refiere a permitir que los hombres de Herman se metan con las mujeres. —Aunque habló apresuradamente, la voz de Luz sonó fría—. Debería ir a avisarles.

Vera seguía muda. Miró sus pies descalzos con ojos extraviados, embotada o pensando a la misma velocidad con que había hablado Luz.

—¿Sigue negándose a ir? ¿Su promesa aún es válida? ¿Todavía?

—Sí —respondió la mujer mayor en voz baja, como si estuviera ausente. Luego añadió enérgicamente—: Sí.

—En ese caso, iré yo.

—¿Adónde irás?

Vera lo sabía, sólo lo había preguntado para ganar tiempo.

—A avisarles —respondió Luz.

—¿Cuándo será el ataque?

—Creo que mañana por la noche. Sé que lo harán por la noche, pero no estoy segura a qué noche se referían. —Hizo una pausa—. Tal vez lo hagan esta misma noche. Dijeron que sería mejor que estuvieran en la cama. —Eso había dicho su padre y Herman Macmilan había reído.

—En el caso que fueras…, ¿qué harías después?

Vera aún hablaba como si estuviera dormida, en voz baja y haciendo muchas pausas.

—Los alertaré y regresaré.

—¿Aquí?

—Nadie se enterará. Dejaré dicho que fui a visitar a Eva. Eso no tiene importancia. Si le cuento a los arrabaleros lo que he oído…, ¿qué harán?

—No lo sé.

—¿No les ayudaría saberlo para poder planificar algo? Usted me ha dicho que suelen planear lo que se proponen, que preparan a todos…

—Sí, claro que ayudaría, pero…

—Entonces iré inmediatamente.

—Escúchame, Luz. Piensa en lo que vas a hacer. ¿Puedes salir en pleno día y suponer que nadie se dará cuenta que abandonas la Ciudad? Piensa…

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