El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Edhasa
- ISBN: 978-84-350-2212-5
- Переводчик: Horacio Gonz
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:
—Me da lo mismo si no puedo regresar. Esta casa está plagada de mentiras —afirmó la muchacha con el mismo tono frío y rápido, y abandonó la habitación de Vera.
Salir fue fácil. Seguir adelante resultó arduo.
Fue fácil tomar un viejo chal negro mientras salía y envolverse con él, usándolo a modo de impermeable y de disfraz; fue fácil colarse por la puerta trasera y salir por la calle secundaria, trotando como una criada que va con prisas de regreso a casa; fue fácil abandonar Casa Falco, dejar la Ciudad. Resultó estimulante. No temía que la detuvieran; no le temía a nadie. Si la paraban, le bastaría con decir «¡Soy la hija del concejal Falco!», y nadie osaría meterse con ella. Nadie le interceptó el paso. Estaba segura que nadie la reconoció porque se movió por las callejas, el camino más corto para salir de la Ciudad, y pasó por delante de la escuela; el chal negro le tapaba la cabeza y el lluvioso viento marino que soplaba a su favor rebotaba en los ojos de todo aquel que se acercara en dirección contraria. Pocos minutos más tarde había dejado atrás las calles y acortaba camino por el fondo de los depósitos de madera de los Macmilan, entre pilas de troncos y tablones; subió por los acantilados y llegó a la carretera del Arrabal.
Fue allí, cuando posó los pies en la carretera, donde todo se volvió arduo. Sólo había estado una vez en ese sitio, cuando con un grupo de amigas —convenientemente escoltadas por tías, dueñas y guardias de Casa Marquez— acudió a presenciar las danzas del Templo. Era verano, habían parloteado y reído por el camino, el triciclo a pedal de tía Caterina —parienta de Eva— había perdido una rueda y la mujer había caído en medio del polvo; a lo largo de la tarde tía Caterina había contemplado los bailes con un gran círculo de polvo blanco en el trasero de su vestido negro, de modo que las chicas no hicieron más que reír… Pero ni siquiera habían atravesado el Arrabal. ¿Cómo era? ¿Por quién debía preguntar en el Arrabal y qué debía decir? Tendría que haberlo hablado con Vera antes de salir disparada. ¿Qué le responderían? Puesto que procedía de la Ciudad, ¿le permitirían entrar? ¿La mirarían fijamente, se burlarían de ella, intentarían hacerle daño? Al parecer, no hacían daño a nadie. Probablemente ni le dirigirían la palabra. Ahora el viento que le golpeaba la espalda era gélido. La lluvia había mojado el chal y la espalda de su vestido y el dobladillo de la falda pesaba a causa del barro y la humedad. Los campos estaban vacíos, de un gris otoñal. Cuando miró hacia atrás, sólo divisó la Torre del Monumento, pálida y abandonada, apuntando sin sentido hacia el cielo; ahora todo lo que conocía estaba oculto tras ese hito. De vez en cuando, a la izquierda entreveía el río, ancho y gris, sacudido por ráfagas difusas de lluvia.
Transmitiría el mensaje a la primera persona que le saliera al paso y que lo interpretaran como quisieran; daría media vuelta y regresaría a casa. Tardaría como máximo una hora, estaría mucho antes de la hora de cenar.
A la izquierda de la carretera, entre los frutales, vio una pequeña granja y a una mujer en el patio. Luz moderó su paso acelerado. Se desviaría hacia la granja, transmitiría el mensaje a la mujer para que ésta lo comunicara a la población del Arrabal y ya podría dar la vuelta y regresar a casa. Vaciló, echó a andar hacia la granja, se detuvo, volvió a pisar las hierbas empapadas por la lluvia y retornó a la carretera.
—Seguiré adelante, lo haré de una vez y emprenderé el regreso —dijo casi para sí misma—. Vamos, hazlo, regresa.
Caminaba más veloz que nunca, casi corría. Le ardían las mejillas y estaba sin resuello. Hacía meses, años, que no caminaba tanto ni tan rápido. No podía presentarse roja y jadeante ante desconocidos. Se obligó a aminorar el paso, a caminar a ritmo regular, erguida. Tenía la boca y la garganta resecas. Le habría gustado detenerse a beber el agua de las hojas de las matas del borde del camino, enroscando la lengua para absorber las gotas frescas que salpicaba cada brizna de hierba silvestre. Pero sería una actitud infantil. La carretera era más larga de lo que imaginaba. ¿Estaba en la carretera del Arrabal? ¿Se había equivocado de dirección y tomado un camino forestal, una pista sin fin que desembocaba en la inmensidad?
La simple palabra —inmensidad— produjo un frío estremecimiento de terror que recorrió su cuerpo y la obligó a parar bruscamente.
Volvió la vista atrás para mirar la Ciudad, su querida, estrecha, cálida, apiñada y bella Ciudad de muros, tejados, calles, rostros y voces, su casa, su hogar, su vida, pero no había nada, hasta la Torre quedaba oculta por la larga cuesta de la carretera. Campos y colinas estaban vacíos. Desde el vacío mar soplaba un viento suave y omnipresente.
No hay nada que temer, se dijo Luz. ¿Por qué eres tan medrosa? No puedes perderte, estás en una carretera; si no es la Carretera del Arrabal, bastará con que des media vuelta para regresar a casa. Como no escalarás, no te toparás con un escorpión de roca; como no te internarás en el bosque, no tropezarás con una rosa venenosa; no sé de qué tienes tanto miedo, nada puede hacerte daño, estás totalmente a salvo en la carretera.
Avanzaba aterrorizada, con la mirada fija en cada piedra, arbusto y grupo de árboles hasta que al coronar la cresta de una ascensión pedregosa divisó los techos de paja roja y percibió el olor del humo de las chimeneas. Entró con paso sereno en el Arrabal. Su rostro estaba rígido y llevaba la espalda recta; se cubría con el chal.
Las casitas se esparcían entre los árboles y los huertos. Aunque había muchas viviendas, el lugar no era retirado ni estaba amurallado, protector como la Ciudad. Se veía disperso, húmedo y de apariencia humilde en la tarde apacible y pluvial. En las proximidades no había nadie. Luz bajó lentamente por la calle sinuosa e intentó tomar una decisión: ¿debo hablar con aquel hombre o llamar a esta puerta?
Un niño surgió de la nada y la miró absorto. Era un chiquillo de piel clara, pero estaba cubierto de barro marrón desde los dedos de los pies hasta las rodillas y de las puntas de los dedos a los codos, con más salpicaduras de barro aquí y allá, así que parecía un niño jaspeado o moteado. Las prendas que llevaba también tenían hilos anillados y manchas que abarcaban una sorprendente variedad de tonos lodosos.
—Hola —saludó el mocoso después de un prolongado silencio—, ¿quién eres?
—Soy Luz Marina. ¿Y tú?
—Me llamo Marius —respondió y se alejó furtivamente.
—¿Sabes dónde…, dónde vive Lev Shults?
Luz no quería preguntar por Lev, prefería hacer frente a un desconocido, pero no recordaba ningún otro nombre. Vera le había hablado de muchos y había oído mencionar a su padre los nombres de los «cabecillas del anillo», pero ahora no podía recordarlos.
—¿Lev qué? —preguntó Marius, al tiempo que se rascaba la oreja y acrecentaba el barro en ella acumulado.
Luz sabía que los arrabaleros nunca usaban sus apellidos, sólo se empleaban en la Ciudad.
—Es joven y… —No supo cómo describir a Lev. ¿Era un cabecilla, un capitán, un jefe?
—La casa de Sasha está ahí abajo —informó el niño jaspeado, señaló un sendero embarrado y cubierto de hierba y desapareció tan hábilmente que pareció convertirse en parte de la bruma y el barro.
Luz apretó los dientes y caminó en dirección a la casa que el niño había señalado. No había nada que temer. Sólo se trataba de un lugar sucio y pequeño. Los niños iban sucios y los mayores eran campesinos. Daría el mensaje a quienquiera que abriera la puerta, cumpliría su misión y entonces podría regresar a las estancias altas y limpias de Casa Falco.
Llamó. Lev abrió la puerta.
A pesar que hacía dos años que no lo veía, Luz lo reconoció. El muchacho estaba a medio vestir y desaliñado, pues lo había despertado de la siesta, y la miró con la estupidez luminosa y pueril de los que acaban de despertar.