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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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—Estás llorando —dije—. ¿Quieres que me vaya? Sacudió la cabeza, y luego, como si ya no pudiera contener unas palabras que pugnaban por salir, murmuró:

—Oh, ¿no quieres venir tú también, Severian? No lo dije en serio. ¿No quieres venir? ¿No quieres venir conmigo?

—No puedo.

Volvió a caer en la cama angosta; parecía ahora más pequeña y más aniñada.

—Lo sé. Tienes obligaciones para con tu gremio. No puedes traicionarlo otra vez y enfrentarte contigo mismo, y yo no te lo pediré. Sólo que nunca perdí del todo la esperanza de que lo hicieras.

Sacudí la cabeza igual que antes: —Tengo que huir de la ciudad…

—¡Severian!

—Y hacia el norte. Tú irás hacia el sur, y si fuera contigo nos perseguirían lanchas cargadas de soldados.

—Severian, ¿qué pasó? —Dorcas tenía la cara muy serena, pero los ojos dilatados.

—Dejé escapar a una mujer. Supuestamente tenía que estrangularla y tirar el cuerpo al Acis, y lo podría haber hecho: no sentía nada por ella, en realidad no, y habría sido fácil. Pero cuando nos dejaron a solas, pensé en Thecla. Estábamos en una pequeña glorieta protegida por arbustos, al borde del agua. Le había rodeado el cuello con las manos, y pensé en Thecla y en cómo había querido liberarla. No pude encontrar la manera. ¿Alguna vez te lo he contado?

Casi imperceptiblemente, Dorcas negó con la cabeza.

—Había hermanos por todas partes, cinco que sortear en el camino más corto, y todos me conocían y sabían de ella. —(Ahora Thecla gritaba en algún rincón de mi mente.)—En realidad, me habría bastado con decirles que el maestro Gurloes me había ordenado llevársela. Pero entonces tendría que haberme ido con ella, y yo aún estaba intentando idear una forma de quedarme en el gremio. No la amaba lo suficiente.

—Ahora eso es pasado —dijo Dorcas—. Y la muerte no es la cosa horrible que tú crees, Severian. —Como niños perdidos que se turnan para consolarse, habíamos cambiado los papeles.

Me encogí de hombros. El fantasma que yo había comido en el banquete de Vodalus volvía a estar casi en calma; sentía sus dedos largos y frescos en el cerebro, y aunque no pudiera meterme en mi propio cráneo para verla, sabía que sus profundos ojos violáceos estaban detrás de los míos. Tenía que esforzarme para no hablar con la voz de ella.

—El caso es que allí estaba con la mujer, en la glorieta, a solas. Se llamaba Cyriaca. Yo sabía o al menos sospechaba que ella sabía dónde están las Peregrinas… Por un tiempo había sido una de ellas. Hay formas de ejecución silenciosas que no requieren equipo y aunque si bien no muy espectaculares, son efectivas. Uno estira las manos hacia el cuerpo, por así decir, y manipula directamente los nervios del cliente. Yo iba a usar lo que llamamos Garrote de Humbaba, pero antes de que la tocara ella me lo dijo. Las Peregrinas están cerca del paso de Orithya, cuidando a los heridos. Hacía apenas una semana esa mujer había recibido una carta, me dijo, de alguien que conoció en la orden…

XII — Siguiendo la corriente

La glorieta se había ufanado de un techo sólido, pero las paredes eran un mero enrejado, cerrado más por los altos helechos plantados al pie que por los finos barrotes. Entre las rendijas se filtraban unos rayos de luna. El agua que corría fuera reflejaba otros rayos que entraban por el umbral. Vi el miedo en la cara de Cyriaca, y la certeza de que su única esperanza era que yo le tuviese aún cierto amor; y sabía que por lo tanto estaba perdida, pues yo no sentía nada.

—En el campamento del Autarca —repitió—. Eso me escribió Einhildis. En Orithya, cerca de las fuentes del Gyoll. Pero si vas allí a devolver el libro has de tener cuidado: dicen que los cacógenos han desembarcado en algún lugar del norte.

La escruté, intentando determinar si mentía. —Eso es lo que me dijo Einhildis. Me imagino que habrán querido evitar los espejos de la Casa Absoluta para escapar a los ojos del Autarca. Se supone que es su servidor, pero a veces se comporta como si ellas lo sirvieran a él.

La zamarreé. —¿Te estás burlando? ¿Que el Autarca las sirve?

—¡Por favor! Oh, por favor… La solté.

—Todo el mundo… ¡Erebus! Perdóname. —Ella sollozó, y aunque estaba en las sombras intuí que en ese momento se secaba los ojos y la nariz con el borde del hábito escarlata.— Lo sabe todo el mundo salvo los peones, y los padres de familia y las mujeres de su casa. Todos los armígeros e incluso la mayoría de los optimates lo han sabido siempre, y por supuesto los exultantes. Yo nunca he visto al Autarca, pero me han dicho que ese Virrey del Sol Nuevo es apenas más alto que yo. ¿Crees que nuestros orgullosos exultantes permitirían que alguien así los gobernara si no lo respaldasen mil cañones?

—Lo he visto —dije yo—. Y me pregunté lo mismo. Busqué entre los recuerdos de Thecla una confirmación de lo que decía Cyriaca, pero sólo encontré rumores.

—¿Me hablarías de él ahora? Por favor, Severian, antes de…

—No, ahora no. Pero ¿qué peligro pueden ser los cacógenos para mí?

—Seguramente el Autarca enviará exploradores a localizarlos, y supongo que también estará el arconte. Cualquiera que encuentren cerca de ellos será sospechoso de espionaje, o peor aún, de buscarlos con la esperanza de sumarlos a algún plan contra el Trono del Fénix.

—Ya veo.

—Severian, no me mates. Te lo suplico. No soy una buena mujer, nunca he sido una buena mujer, nunca desde que abandoné a las Peregrinas, y no estoy preparada para morir.

Le pregunté: —Pero bueno, ¿qué has hecho? ¿Por qué quiere Abdiesus hacerte matar? ¿Lo sabes? —Estrangular a un individuo cuyo cuello no tiene unos músculos muy fuertes es la simplicidad misma, y las manos ya se me curvaban dispuestas a la tarea; y sin embargo al mismo tiempo deseaba que me hubieran permitido usar Terminus Est.

—Amar a demasiados hombres, nada más. Hombres que no son mi marido.

Como movida por la memoria de esos abrazos, se levantó y vino hacia mí. La luz de la luna volvió a darle en el rostro; tenía los ojos brillantes de lágrimas no derramadas.

—Fue cruel conmigo después del casamiento, tan cruel… Y entonces yo tomé un amante, para humillarlo, y luego otro…

La voz fue bajando hasta que apenas pude oír las palabras.

—Y al fin tomar un nuevo amante se vuelve una costumbre, una forma de retrasar los días y demostrarse a una misma que la vida no se le ha escurrido ya entre los dedos, de demostrarse que todavía es bastante joven como para que los hombres le traigan regalos, para que todavía quieran acariciarle el pelo. Al fin y al cabo fue por eso que dejé a las Peregrinas. —Hizo una pausa y pareció juntar fuerzas.— ¿Sabes qué edad tengo? ¿Te lo dije?

—No —respondí.

—Entonces no te lo diré. Pero casi podría ser tu madre. Si hubiera concebido dentro de los dos años en que fue posible para mí. Estábamos en el sur, muy lejos, donde el gran hielo azul y blanco navega por mares negros. Había una pequeña colina adonde yo subía a mirar, y soñaba con ponerme ropa caliente y remar hasta el hielo con comida y un pájaro amaestrado que en realidad sólo tenía en mis deseos, y luego navegar en mi isla de hielo propia hasta una isla de palmeras, donde descubriría las ruinas de un castillo construido en el alba del mundo. Tú habrías nacido entonces, tal vez, mientras viajaba sola sobre el hielo. ¿Por qué en un viaje imaginario no va a nacer un niño imaginario? Habrías crecido pescando y nadando en un agua más tibia que la leche.

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