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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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– Mejor me voy -dijo.

– Sí -coincidió Gert-. Vete a casa con tu esposa.

No le llevó mucho tiempo pasar por el control de seguridad del Empire State Building. Leonid trabajaba hasta tarde al menos tres veces por semana.

No deseaba irse a casa después del rechazo de Gert.

Nunca había sabido por qué había aceptado otra vez a Katrina.

Nunca sabía por qué hacía las cosas salvo cuando tenían que ver con su trabajo.

Leonid se convirtió en detective privado porque era demasiado bajo para postularse como miembro del Departamento de Policía de Nueva York en la época que tenía la edad adecuada. Cambiaron los requisitos poco después, pero él ya había sido expulsado por haber ingresado de manera ilícita.

No le importó. El sector privado era más lucrativo y podía manejar a su antojo el horario de trabajo.

Encontró a un Richard Mallory en la guía telefónica, con la misma dirección del agente inmobiliario que Karmen Brown había consignado en su planilla. Leonid marcó el número. Alguien contestó al tercer telefonazo.

– ¿Hola? -dijo la voz trémula de un hombre.

– ¿Está Bobbi Anne? -preguntó Leonid con uno de su docena de acentos.

– ¿Qué?

– Bobbi Anne. ¿Está?

– Número equivocado.

– Oh, disculpe -dijo Leonid, y cortó la comunicación.

Durante unos doce minutos, según el registro del reloj de pared, Leonid pensó en la voz del hombre que podría haber sido Richard Mallory. Leonid creía que le resultaba posible conocer la naturaleza de cualquiera si tan sólo hablaba con él cuando se despertaba de un sueño profundo.

Eran las 2.34. Y Richard, si es que era Richard, le había sonado como un tipo franco, un severo trabajador, alguien que nunca cruzaba la frontera y se internaba en la Vida.

Era algo importante para Leonid. No quería meterse a seguir a alguien que pudiera darse vuelta y volarle la cabeza.

El timbre lo despertó. El reloj marcaba las nueve pasadas. La ventana estaba llena de nubes… una mullida gasa blanca que no permitía ver a diez centímetros de distancia.

El timbre volvió a retumbar en su mente embotada. Otro timbrazo largo. Pero esta vez Leonid no estaba suficientemente despierto como para sentir miedo. Se tambaleó a lo largo del pasillo vestido con el mismo traje que tenía puesto desde hacía veinticuatro horas.

Cuando abrió la puerta dos matones entraron violentamente.

Uno era negro, de cabeza calva y anteojos de marco metálico, y el otro era blanco con una densa melena grasosa.

Los dos le llevaban quince centímetros a Leonid.

– Los Wyant quieren cuatro mil novecientos -dijo el negro. El interior de su boca era del color de la gingivitis. Detrás de los lentes, sus ojos tenían un tono amarillento.

– Cuatro mil seiscientos -corrigió Leonid, atontado.

– Eso era ayer, Leo. Ese interés es un verdadero hijo de puta.

El negro cerró la puerta y el blanco se desplazó hacia la izquierda de Leonid.

El matón blanco tenía un grueso pelo castaño que había sido talado más que cortado. Sus ojos estaban divididos entre el azul y el pardo y tenía los labios partidos, como si se hubiera pasado una parte de su vida anterior besando a un leopardo dientudo.

– ¿Te despertamos? -preguntó el cobrador negro, que acaba de recuperar sus buenos modales.

– Un poquito -dijo Leonid, ahogando un bostezo-. ¿Cómo has estado últimamente, Bilko?

– Okey, León. Espero que tengas el dinero, porque si no lo tienes nos dijeron que te hagamos pedazos.

El blanco soltó una risita de gozo anticipado.

Leonid metió la mano en el bolsillo superior derecho y extrajo el grueso sobre pardo que había recibido la noche anterior.

Mientras contaba los cuarenta y nueve billetes de cien dólares, Leonid tuvo una sensación familiar: la sensación de que nunca tenía tanto dinero como creía. Después de pagar su deuda con intereses a los Wyant, el alquiler de su departamento de ese mes y del mes pasado, los gastos domésticos de su esposa y sus propias cuentas, se quedaría en cero y aún debería los tres meses de alquiler de la oficina.

Eso lo enojó aún más. Necesitaría el dinero de Karmen Brown, y todavía más si quería mantener la cabeza por encima del agua. Y ese idiota blanco seguía sonriendo, con su cabeza oscilante que parecía un conjunto de bolos de bowling esperando ser derribados.

Leonid le entregó el dinero a Bilko, quien lo contó lentamente mientras el otro matón se relamía los labios partidos.

– Creo que deberías darnos una propina por habernos tomado el trabajo de venir hasta aquí a cobrarte, Leonid -dijo el blanco.

Bilko levantó la vista y esbozó una sonrisa.

– León no da propina a los asistentes, Norman. Tiene su orgullo.

– Se la sacaré de un golpe en un segundo -dijo Norman.

– Me gustaría ver cómo lo haces, muchacho blanco -lo desafió Leonid. Después miró a Bilko para ver si tendría que enfrentarse con los dos al mismo tiempo.

– La cosa es entre ustedes dos -dijo el capo negro, extendiendo una mano vacía y la otra llena con la pasta de Leonid.

Norman era más rápido de lo que parecía. Lanzó un fornido puño contra la mandíbula de Leonid, que hizo retroceder violentamente al detective unos dos pasos.

– ¡Epa! -exclamó Bilko.

Los maltrechos labios de Norman se curvaron en una sonrisa. Se quedó ahí mirando a Leonid, esperando que cayera al suelo.

Ese era el error que habían cometido todos los contrincantes de Leonid en el gimnasio de Gordo. Creían que el rechoncho sujeto no podía absorber un golpe. Leonid respondió con golpes bajos y duros, acertándole al gran hombre blanco tres veces a la altura del cinturón. El tercer golpe hizo que Norman se agachara lo suficiente como para servirle en bandeja a Leonid la oportunidad de descerrajarle dos uppercut sucesivos. Lo único que evitó que Norman cayera fue la pared. Se estampó con fuerza contra ella, alzando la guardia por reflejo para protegerse del ataque que sabía se le vendría encima.

Leonid conectó tres golpes a la cabeza de Norman antes de que Bilko lo separara.

– Ya basta, muchacho -le dijo Bilko-. Es suficiente. Lo necesito de pie para salir a la calle.

– ¡Llévate a este mierda de aquí, Bilko! ¡Llévatelo antes de que lo haga pedazos!

Obedientemente, Bilko ayudó al casi inconsciente hombre blanco, lleno de sangre, a ponerse de pie. Lo encaminó hacia la puerta y luego se volvió hacia Leonid:

– Te veo el mes que viene, León -le dijo.

– No -respondió Leonid, jadeando pesadamente por el esfuerzo-. No volverás a verme.

Bilko se rió mientras conducía a Norman hacia los ascensores.

Leonid dio un portazo a sus espaldas. Todavía estaba enfurecido. Después de haber cobrado todo ese dinero, aún seguía en la ruina y acosado por idiotas como Bilko y Norman. Gert no atendía sus llamados y ni siquiera tenía una cama para dormir solo. De no haber sido por Bilko, hubiera matado a ese horrible imbécil de Norman.

Leonid Trotter McGill lanzó un rugido y de una patada abrió un agujero en el panel enchapado del cubículo de su inexistente recepcionista. Después fue al teléfono, llamó a Lenny's Delicatessen de la calle Treinta y Tres y pidió tres roscas con jalea y una taza grande de café con crema.

Volvió a llamar a Gert pero ella siguió sin atenderlo.

Era una pequeña oficina en el tercer piso sobre un restaurante japonés de dos plantas llamado Gai. No había ascensor, así que Leonid subió por la escalera. Eran apenas veintiocho escalones, pero suficientes para que se quedara sin aire. Si Norman hubiera respondido a sus golpes, advirtió el detective, ahora estaría en la quiebra, y quebrado.

La recepcionista pesaba menos de cuarenta y dos kilos con ropa, y no tenía mucha ropa. Todo lo que llevaba puesto era una enagua negra que pretendía pasar por un vestido y sandalias chatas de papel. Sus brazos carecían de músculos. Todo en ella era preadolescente, excepto sus ojos, que miraban con suspicacia al rechoncho detective privado.

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