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Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:

En otro tiempo, Savannah Beaumont había amado a Travis McCord con todo su corazón. Y una noche de verano, durante su adolescencia, había llegado a creer que él también la amaba. Pero al amanecer se había impuesto la verdad: Travis se había marchado y ella se había sentido como una tonta. Nueve años después, ella seguía diciéndose a sí misma que odiaba a Travis.
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
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Travis examinó detenidamente el cable.

– ¿Crees que alguien lo cortó a propósito?

– No. Pero prefiero asegurarme, porque además Lester cree haber oído un ruido en la cuadra de los potros esta mañana -a continuación le explicó su conversación con el preparador.

Travis la escuchó atentamente mientras terminaba su café. El brillo de diversión casi había desaparecido de sus ojos.

– Te acompaño.

– ¿No tienes nada mejor que hacer?

– No.

Una sonrisa suavizó de repente sus rasgos. No era de extrañar que todo el mundo quisiera que se presentara a las elecciones a gobernador, pensó Savannah. Con su carisma, el triunfo estaba garantizado.

– Pues entonces vamos -le espetó bruscamente, irritada consigo misma por el traicionero rumbo de sus pensamientos.

– Aún sigues enfadada.

– Sólo preocupada -mintió. Bajó la escalera y enfiló a paso rápido por el sendero que llevaba a la cuadra de los sementales.

Antes de que hubiera podido dar cuatro pasos, Travis se puso a su altura y le rodeó los hombros con el brazo en un gesto posesivo.

– Alegra esa cara, Savannah.

– Mira quién habla.

– Al menos, yo no estoy enfadado.

La sonrisa de Travis le derretía el corazón. Le entraban ganas de acurrucarse contra su pecho. Él seguía sin soltarla.

– ¿Qué estás haciendo?

– Demostrarte mi afecto incondicional -respondió, inclinándose para besarle el cabello.

«Como si todo el dolor de estos nueve años nunca hubiera existido», pensó Savannah, apretando los dientes y acelerando aún más el paso.

– ¿Qué le ha pasado entonces al indignado y ofendido abogado que estuvo discutiendo conmigo anoche?

– Oh, sigue aquí. Pero ha disfrutado de una buena noche de sueño y de una taza de café en compañía de una mujer hermosa.

– ¡Eres capaz de susurrarle palabras cariñosas a un canario por la mañana y zampártelo de cena por la noche!

La risa de Travis reverberó en el aire de la mañana mientras la estrechaba contra su pecho.

Josh, encogido bajo la lluvia, se hallaba a la puerta de la cuadra de los sementales. Se disponía a dirigirse hacia la casa cuando se detuvo en seco al ver a Savannah con Travis.

– ¿Qué estás haciendo aquí? -le preguntó ella-. ¿Y dónde está tu abrigo? ¡Tienes que estar congelado!

La culpa se dibujaba en su rostro y Savannah experimentó una punzada de arrepentimiento. Evidentemente el chico seguía afectado por la discusión de la víspera durante la cena. Lo último que necesitaba en aquel instante era una reprimenda.

– Yo… yo sólo quería ver a Mystic antes de salir para el colegio.

– La próxima vez ponte el abrigo, ¿de acuerdo?

– De acuerdo.

– Te gusta mucho Mystic, ¿verdad? -adivinó Travis.

– ¡Es el mejor! -exclamó Josh con ojos brillantes.

– Bueno, el abuelo piensa lo mismo, y supongo que yo también -señaló Savannah-. Y ahora, dime, ¿ya has desayunado?

– No.

– Ya me lo parecía. Pues vete corriendo a casa y desayuna bien antes de que pierdas el autobús.

– No necesito desayunar… -se quejó el niño.

– Josh, si haces lo que te dice tu tía -intervino Travis-, cuando vuelvas del colegio cortaremos un árbol de Navidad.

El niño parecía incapaz de dar crédito a su buena suerte.

– ¿De verdad?

– De verdad -aseguró Travis, riendo.

– ¡Fantástico! -exclamó Josh con una sonrisa de oreja a oreja antes de echar a correr hacia la casa.

– No lo decepcionarás, ¿verdad? -preguntó Savannah.

– Me conoces lo suficiente para saber que nunca haría algo así -Travis dudó por un momento-. ¿O no?

– Es que no quiero ver sufrir a Josh. Está más que harto de que le hagan falsas promesas.

– Te doy mi palabra de boy scout -sonrió-. Luego saldré con el chico a buscar un abeto. Puedes acompañarnos, si quieres -rodeándole la cintura con los brazos, la besó en los labios.

Savannah quiso apartarse, pero fue incapaz de resistirse al mágico brillo de sus ojos.

– Sí que me gustaría. Y mucho.

– Bueno, y ahora… ¿por qué no me hablas de esa fascinación que siente Josh por Mystic? -soltándola, le abrió la puerta de las cuadras.

El olor a caballos y a heno llenaba el aire. Los sementales se agitaron levemente en sus cubículos, resoplando.

– Tal vez porque Wade no le deja tener un caballo; ni siquiera un perro. Hace años yo le compré un cachorro por su cumpleaños y Wade se lo regaló a alguien. Dijo que era un regalo completamente inapropiado para un niño de seis años sin sentido de la responsabilidad -Savannah frunció el ceño al recordarlo-. Por otro lado, y éste es un detalle importante, Josh estaba en la cuadra de los potrillos cuando nació Mystic. Lo vio nacer. Desde ese momento desarrolló un afecto muy especial por Mystic, para susto de Charmaine, por cierto.

Travis cerró la puerta y miró a su alrededor. Todo parecía en orden. Dos hileras de cubículos, cada uno con su cubo de agua limpia y su pesebre de grano y heno fresco, flanqueaban el pasillo central.

– ¿Por qué Charmaine le tiene miedo a Mystic?

– Porque es algo rebelde. Ya lo verás por ti mismo -llegó al final del pasillo, donde se hallaba el cubículo de Mystic.

El potro negro sacó la cabeza, nervioso. Sus poderosos músculos destacaban bajo su piel azabache.

– Ahora entiendo por qué a Josh le parece tan especial.

– Cuando Mystic corre en alguna carrera, Joshua me lee los periódicos del día siguiente en voz alta. Y cuando perdió ante Supreme Court en Belmont, lo sintió muchísimo -Savannah se sonrió mientras acariciaba la nariz del caballo-. Todavía sostiene que, si perdió, fue porque Supreme Court le cerró el paso a propósito.

– ¿Es verdad eso?

– Pues si quieres saber mi opinión, sí. Además, Mystic pudo haber ganado la carrera si el jockey lo hubiera montado mejor. En cualquier caso, Supreme Court ganó y Mystic no. Fin de la historia. El problema es que todo el mundo estaba esperando que ganara.

– Quizá esperaban demasiado. Ganar todas carreras que ha ganado con sólo dos años, y además el Gran Premio, no es poca hazaña. Sí, a veces la gente espera demasiado…

– ¿Estás hablando de Mystic o de ti mismo?

– Vaya -sonrió-. Nunca he podido mentirte.

– Sólo una vez.

Travis se pasó una mano por el pelo, sacudiendo la cabeza.

– Efectivamente. Y fue el mayor error de mi vida. Todavía lo estoy pagando.

A Savannah se le hizo un nudo en la garganta.

Si pudiera creer en sus palabras, aunque sólo fuera un poco…

– No podemos volver atrás.

Travis la obligó suavemente a que lo mirara. Alzó una mano para deslizaría bajo su trenza y acariciarle la nuca.

– Quizá sí podamos, Savannah -susurró con voz ronca, íntima-. Si lo intentamos.

El contacto de los dedos de Travis no podía ser más reconfortante. A ella le resultaba tan fácil recordar la desesperación con que lo había amado… Finalmente, encontró fuerzas para apartarse.

– Creo que será mejor que olvidemos lo que sucedió entre nosotros.

– Sinceramente, ¿lo crees posible?

– No lo sé.

– ¿Por qué continúas mintiéndote a ti misma, Savannah?

– ¿Yo? Tal vez porque es lo más fácil.

– Tienes miedo -la acusó mientras le tiraba suavemente de la trenza para obligarla a levantar la cabeza.

– De ti no -susurró-. De nosotros. Lo que sentimos el uno por el otro es absurdo.

– ¿Es que todo en la vida tiene que ser racional?

– Sí.

– Dime -él entrecerró los ojos, la mirada clavada en sus labios-. ¿Qué es lo que sientes cuando estás conmigo?

– Que debería alejarme de ti.

El contacto de sus dedos en la nuca le imposibilitaba pensar. La respiración se le había acelerado.

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