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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Perrin se quedó muy quieto junto al nudoso tronco de un gran roble. ¿Por qué hablaba tanto el hombre? De hecho ¿por qué se había puesto a hablar? «Está conduciéndome directamente hacia él».

Pegó la espalda contra el grueso tronco y escudriñó la floresta en derredor. Ni un movimiento. Verdugo quería que se acercara, sin duda para hacerlo caer en una trampa. Y él ansiaba encontrarlo y degollarlo de oreja a oreja, bien que posiblemente sería él quien acabaría muerto. Si ocurría tal cosa, nadie se enteraría de que la puerta a los Atajos estaba abierta y que los trollocs vendrían a cientos o tal vez a miles. No podía seguirle el juego a Verdugo.

Esbozando una sonrisa en la que no había alegría salió del sueño de lobos instándose a sí mismo a despertarse, y…

Faile le ceñía los brazos al cuello y sus blancos y pequeños dientes le mordisqueaban la barba mientras los violines de los gitanos desgranaban una tonada salvaje y apasionada en torno a las fogatas. «Son los polvos de Ila. ¡No puedo despertar!» Dejó de tener conciencia de que se trataba de un sueño. Riendo, levantó a Faile en sus brazos y la llevó hacia la oscuridad, donde la hierba era blanda.

Despertar resultó un largo proceso entrelazado con el sordo dolor que atenazaba su costado. La luz del día penetraba por las pequeñas ventanas. Una luz brillante. Era por la mañana. Intentó sentarse y cayó hacia atrás a la par que soltaba un gemido.

Faile se incorporó bruscamente de la pequeña banqueta en la que estaba sentada; a juzgar por sus ojos, no había conciliado el sueño.

—Estáte quieto —dijo—. Bastante te has movido mientras dormías. No me he pasado toda la noche impidiendo que rodaras de lado y acabaras hincándote del todo ese astil para que ahora lo consigas estando despierto.

Ihvon estaba plantado de pie junto al marco de la puerta, recto como una oscura estaca.

—Ayúdame —pidió. Hablar le hacía daño, pero también le dolía al respirar—. Tengo que llegar a las montañas, a la puerta a los Atajos.

Faile le puso la mano en la frente, frunciendo el entrecejo.

—No tiene fiebre —murmuró. Luego, en un tono más fuerte, añadió—: A donde vas a ir es a Campo de Emond, donde una de las Aes Sedai podrá curarte. No pienso permitir que te mates tratando de cabalgar hasta las montañas con una flecha clavada en el costado, ¿me has oído? Y si vuelvo a escuchar una sola palabra sobre montañas o puertas a los Atajos, haré que Ila prepare algún brebaje que te haga dormir otra vez y te llevaremos en unas angarillas. En realidad me estoy planteando si no sería lo más conveniente.

—¡Los trollocs, Faile! ¡La puerta a los Atajos está abierta otra vez! ¡Tengo que detenerlos!

La joven no vaciló lo más mínimo antes de sacudir la cabeza en un gesto negativo.

—No puedes hacer nada al respecto en el estado en que te encuentras. Vas a Campo de Emond.

—¡Pero…!

—Nada de peros, Perrin Aybara. Ni una sola palabra más.

Perrin rechinó los dientes. Lo peor era que Faile tenía razón. Si era incapaz de levantarse de la cama por sí mismo, ¿cómo iba a aguantar en la silla hasta el lejano valle de Manetheren?

—Bien, a Campo de Emond —aceptó, condescendiente, pero Faile siguió refunfuñando algo sobre «testarudo». ¿Qué demonios quería? «Accedí de buenas maneras. ¡Ella sí que es cabezota!»

—Así que habrá más trollocs —musitó Ihvon, meditabundo. No le preguntó cómo lo sabía. Después sacudió la cabeza, como desestimando la presencia de las bestias—. Les diré a los demás que ya has despertado. —Salió del carromato cerrando la puerta tras de sí.

—¿Es que soy el único que ve el peligro? —rezongó Perrin.

—Lo que yo veo es una flecha clavada en tu cuerpo —replicó firmemente Faile.

Su recordatorio hizo que fuera consciente del agudo dolor y contuvo un gemido a duras penas. Faile asintió con gesto satisfecho. ¡Satisfecho!

Perrin quería levantarse y ponerse en camino de inmediato; cuanto antes lo curaran antes se ocuparía de que la puerta a los Atajos volviera a cerrarse y, esta vez, de manera permanente. Faile insistió en darle de desayunar una especie de espesa papilla de verdura, adecuada para un bebé sin dientes, cucharada a cucharada, con frecuentes pausas para limpiarle la barbilla. No dejó que se lo comiera él solo, y cada vez que protestó o le pidió que se diera más prisa, le hizo que se tragara las palabras metiéndole en la boca la cuchara llena de papilla. Para cuando la joven se puso a cepillarle el pelo y a peinarle la barba, Perrin se había sumido en un digno mutismo.

—Estás muy guapo cuando te enfurruñas —comentó ella. ¡Y le pellizcó la nariz!

Ila, que aquella mañana llevaba una blusa verde y una falda azul, subió al carromato llevando la chaqueta y la camisa de Perrin; las dos prendas estaban limpias y remendadas. Para mayor irritación del joven, tuvo que dejar que las dos mujeres lo ayudaran a sentarse para ponerle las dos prendas, la camisa sin meter del todo y la chaqueta sin abotonar.

—Gracias, Ila —dijo mientras pasaba los dedos sobre los minuciosos zurcidos—. Es un buen trabajo de costura.

—Ya lo creo —convino la mujer—. A Faile se le da muy bien coser.

La muchacha se puso colorada, y él sonrió al recordar la fiereza con que le había dicho que jamás le remendaría la ropa. Empero, el brillo de sus ojos hizo que contuviera la lengua. A veces guardar silencio era lo más juicioso.

—Gracias, Faile —dijo, no obstante, con seriedad.

El sonrojo de la joven se hizo más intenso. Una vez que lo pusieron de pie, Perrin consiguió llegar hasta la puerta con relativa facilidad, pero tuvo que dejar que las dos mujeres lo sujetaran mientras bajaba los peldaños de madera. Afortunadamente los caballos estaban ensillados y todos los jóvenes de Dos Ríos se habían agrupado, con los arcos colgados a la espalda. Todos tenían limpias las caras y las ropas, y sólo se veían unos pocos vendajes.

Además, saltaba a la vista que la noche pasada con los Tuatha’an les había levantado el ánimo, incluso a aquellos que todavía parecían demasiado débiles para ser capaces de caminar más de cien pasos. El abatimiento que se reflejaba en sus ojos el día anterior no era más que una sombra ahora. Wil llevaba prendida de cada brazo a una bonita muchacha gitana, y Ban al’Seen, al que el vendaje en la cabeza hacía que el oscuro pelo semejara un cepillo de punta, iba cogido de la mano con otra, sonriendo tímidamente. Casi todos los demás sostenían cuencos llenos de una espesa sopa de verduras de la que daban buena cuenta con las cucharas.

—Está bueno, Perrin —dijo Dannil, que entregó el cuenco vacío a una gitana. La mujer hizo un gesto como preguntando al larguirucho joven si quería más, y él sacudió la cabeza, aunque comentó—: Me gusta tanto que creo que por mucho que comiera nunca me hartaría, ¿y tú?

—Estoy lleno —repuso con acritud Perrin. Verduras hechas puré con caldo de carne. ¡Puf!

—Las muchachas gitanas bailaron anoche —intervino Tell, el primo de Dannil, con los ojos abiertos como platos—. Todas las mujeres solteras ¡y hasta algunas de las casadas! Tendrías que haberlo visto, Perrin.

—He visto bailar a las gitanas en otras ocasiones, Tell.

Al parecer el tono de su voz no dejó muy claro qué había sentido al observarlas, ya que Faile dijo secamente:

—Lo que has visto es la tiganza, ¿no? Algún día, si eres un chico bueno, tal vez baile la sa’sara para ti y te mostraré lo que es una danza de verdad.

Ila dio un respingo al reconocer el nombre, y el rubor de Faile fue tan intenso que le ardió la cara más que la rabia que tenía por dentro.

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