Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
—¡Perrin Aybara! —exclamó—. Me pareció reconocer tu cara. ¿Está Elyas contigo?
—No, no lo he visto desde hace mucho tiempo, Ila.
—Lleva una vida de violencia —intervino Raen tristemente—. Como tú. Una vida violenta está manchada aunque sea larga.
—Vamos, Raen, no intentes convertirlo a la Filosofía de la Hoja mientras lo tienes ahí plantado —instó enérgicamente Ila, aunque sin malos modales—. ¿No ves que está herido? Lo están todos.
—¿En qué estaría pensando? —se reprendió Raen. Levantó la voz—: Venid. Venid y ayudadlos. Están heridos. Acercaos.
Hombres y mujeres se reunieron alrededor de los recién llegados rápidamente y ofrecieron palabras de consuelo mientras ayudaban a los heridos a bajar de los caballos, los conducían hacia los carromatos o los transportaban si era necesario. A Wil y algunos otros pareció preocuparles que los separaran, pero no a Perrin. Los Tuatha’an eran completamente ajenos a la violencia. No levantarían la mano contra nadie ni siquiera para defender sus vidas.
Perrin no tuvo más remedio que aceptar la ayuda de Ihvon para desmontar. Bajarse de la silla le provocó unas agudas punzadas de dolor que arrancaban de su costado.
—Raen —dijo, un poco falto de aliento—, no deberíais estar aquí. Luchamos contra trollocs a menos de ocho kilómetros de este lugar. Lleva a tu gente a Campo de Emond. Allí estaréis a salvo.
Raen vaciló —y pareció sorprenderlo el tener ese instante de duda— antes de sacudir la cabeza negativamente.
—Aunque quisiera hacerlo, la gente no querría, Perrin. Procuramos no acampar cerca de poblaciones, por pequeñas que sean, y no sólo porque los lugareños nos acusen falsamente de robarles cualquier cosa que hayan perdido o de intentar convertir a sus hijos a la Filosofía. Allí donde los hombres han construido más de diez casas juntas, hay una violencia latente. Los Tuatha’an sabemos esto desde el Desmembramiento. La seguridad está en nuestros carromatos y en no pararnos en un sitio, buscando siempre la canción. —Su expresión se tornó acongojada—. En todas partes se habla de actos violentos, Perrin. No sólo aquí, en tu Dos Ríos. Flota sobre el mundo un aire de cambio, de destrucción. Tenemos que encontrar la canción enseguida o, en caso contrario, no creo que lo hagamos nunca.
—La encontraréis —aseguró Perrin sosegadamente. Tal vez aborrecían la violencia demasiado para que un ta’veren influyera en sus vidas; quizá ni siquiera un ta’veren era lo bastante fuerte para imponerse a la Filosofía de la Hoja. También a él le había resultado atractiva en un tiempo—. Espero de todo corazón que la encontréis.
—Lo que ha de ser, será —dijo Raen—. Todas las cosas mueren cuando les llega su hora. Puede que incluso las canciones.
Ila rodeó a su esposo con el brazo en un gesto reconfortante aunque en sus ojos había tanta tristeza como en los de él.
—Venid —pidió, procurando ocultar su inquietud—, tenemos que llevarte dentro. Los hombres sois capaces de seguir hablando aunque se os hayan prendido fuego las chaquetas. —A Faile le dijo—: Eres muy hermosa, pequeña. Deberías tener cuidado con Perrin. Siempre lo he visto en compañía de bonitas jóvenes.
Faile asestó a Perrin una mirada impasible, pensativa, que enseguida procuró encubrir. El joven consiguió llegar por su propio pie hasta el carromato de Raen —pintado de amarillo con rayas rojas, los mismos colores alternados en los radios de las ruedas y en los baúles atados a los costados, y que estaba en el centro del campamento, cerca de una lumbre de cocina—; pero, cuando plantó el pie en el primer peldaño de madera de la escalerilla posterior, las rodillas se le doblaron. Ihvon y Raen tuvieron que subirlo casi en volandas al interior del vehículo, con Faile e Ila pisándoles los talones, y lo tendieron en la cama construida en la parte delantera del carro, y que apenas dejaba el hueco suficiente para una puertecilla corredera por la que se llegaba al pescante.
Verdaderamente era como una casa pequeña, incluso con el detalle de las cortinas, rosa pálido, en las dos ventanas que había a cada lado. Perrin yació inmóvil mirando el techo. También aquí los gitanos utilizaban abigarrados colores; el techo estaba lacado en un azul cielo, en tanto que los armarios altos eran verdes y amarillos. Faile le desabrochó el cinturón y le quitó el hacha y la aljaba mientras Ila rebuscaba en uno de los armarios. A Perrin no parecía interesarle nada de lo que hacían.
—Pueden sorprender a cualquiera —dijo Ihvon—. Aprende de ello, Perrin pero no te lo tomes muy a pecho. Ni siquiera Artur Hawkwing ganó todas las batallas.
—Artur Hawkwing. —Perrin intentó reír, pero la risa se convirtió en un gemido de dolor—. Sí —jadeó—, ciertamente no soy Artur Hawkwing, ¿verdad?
Ila miró ceñuda al Guardián —o, más bien, a su espada; por lo visto le parecía todavía peor que el hacha de Perrin— y se acercó a la cama con un paquete de vendajes doblados. Después de sacar la camisa del joven del astil de la flecha se encogió por la impresión.
—Me parece que no tengo los conocimientos precisos para sacar esto. Está profundamente embebida.
—Y es barbada —aclaró Ihvon en un tono coloquial—. Los trollocs no usan arcos muy a menudo; pero, cuando lo hacen, las flechas son barbadas.
—Salid de aquí —ordenó firmemente la regordeta mujer mientras se volvía hacia el Guardián—. Y tú también, Raen. Atender a los enfermos no es asunto de hombres. ¿Por qué no vas a ver si Moshea ha puesto ya la rueda a ese carromato?
—Buena idea —convino el Mahdi—. Puede que mañana queramos ponernos en camino. Hemos tenido un duro viaje este último año —le confesó a Perrin—. Primero, hasta Cairhien, después otra vez de vuelta a Ghealdan, y a continuación hacia el norte, a Andor. Sí, creo que saldremos mañana.
Cuando la puerta roja se cerró tras él e Ihvon, Ila se volvió hacia Faile, preocupada.
—Si es barbada, dudo que pueda sacarla ni poco ni mucho. Si no queda más remedio, lo intentaré, pero si hay alguien cerca que tenga más conocimientos que yo sobre estas cosas…
—Hay alguien en Campo de Emond —le aseguró Faile—. Pero ¿será conveniente dejarla sin sacar hasta mañana?
—Probablemente más que si tengo que cortar para extraerla. Puedo preparar un brebaje para el dolor y mezclar un ungüento para la infección.
—¡Hola! —gruñó Perrin, que las miraba enfadado—. ¿Os acordáis de mí? Estoy aquí mismo, así que dejad de hablar como si no os oyera.
Las dos mujeres lo observaron en silencio un momento.
—Haz que se esté quieto —le dijo Ila a Faile—. Si quiere hablar que lo haga, pero no dejes que se mueva. Podría agravar la herida.
—Me ocuparé de ello —contestó la joven.
Perrin apretó los dientes e hizo cuanto pudo para ayudarlas a quitarle la camisa y la chaqueta, pero fueron ellas las que hicieron casi todo el trabajo. Se sentía tan débil como un trozo de hierro mal forjado, presto para doblarse con la menor presión. Diez centímetros de astil roto sobresalían casi encima de la última costilla, asomando a través de una hendidura fruncida con una gruesa capa de sangre seca. Lo obligaron a recostar la cabeza en la almohada, no queriendo que viera la cura. Faile le lavó la herida mientras que Ila preparaba el ungüento con un majador y almirez de piedra; una piedra lisa, suave y gris, el primer objeto que veía en el campamento gitano que no tenía un color vivo. Untaron el ungüento alrededor de la flecha y lo vendaron para sujetar el emplasto.
—Raen y yo dormiremos debajo del carromato esta noche —dijo la mujer Tuatha’an mientras se limpiaba las manos. Miró con el entrecejo fruncido el astil que sobresalía del vendaje y sacudió la cabeza—. Hubo un tiempo en que creí que acabaría encontrando la Filosofía de la Hoja. Era un chico apacible.