Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Faile masculló algo entre dientes, pero Perrin la entendió: «A lo mejor te vendría bien acabar también colgado por los talones». El joven sonrió.
—Claro que no me hace falta. Prometiste bailar la sa’sara para mí. —Las mejillas de la muchacha se tiñeron de rojo—. ¿Es tan interesante como la tiganza? Lo digo porque, si no, no merece la pena.
—¡Pedazo de zoquete, paquete de músculos sin pizca de cerebro! —lo insultó, asestándole una mirada furibunda—. Muchos hombres han puesto sus corazones y sus fortunas a los pies de mujeres que bailaron la sa’sara. Si madre sospechara que sé esa… —Cerró la boca bruscamente, como si hubiera dicho más de lo que se proponía, y giró de nuevo la cabeza hacia el frente; el bochorno de la mortificación teñía de rojo su tez desde la raíz del pelo hasta el cuello del vestido.
—Entonces no hay razón para que la bailes —adujó él en voz queda—. Mi corazón y mi fortuna, tal como son, ya están a tus pies.
Faile trastabilló un paso y después soltó una suave risita mientras apretaba la mejilla contra la caña de la bota.
—Eres demasiado listo para mí —murmuró—. Algún día bailaré para ti y haré que la sangre te arda en las venas.
—Eso es algo que consigues ya —contestó, y la muchacha volvió a reír. Pasó el brazo por debajo del estribo y le apretó la pierna contra sí mientras caminaba.
Al cabo de un rato ni siquiera imaginar a Faile bailando —extrapoló la danza de las gitanas, deduciendo que debía de ser mucho más insinuante— logró hacerle olvidar el dolor del costado. Cada paso de Brioso era un tormento. Mantuvo el torso recto porque parecía que de ese modo le dolía un poco menos. Además, no quería echar a perder el espíritu animoso que la estancia con los Tuatha’an había insuflado al grupo. También los otros heridos se mantenían erguidos en las sillas, hasta aquellos que el día anterior habían ido doblados sobre el cuello de los caballos. Y Ban, Dannil y los demás caminaban con las cabezas bien altas. No estaba dispuesto a ser él el primero que se viniera abajo. Wil empezó a silbar De regreso del desfiladero de Tarwin, y otros tres o cuatro se le unieron. Al cabo de un tiempo, Ban se puso a cantar con una voz clara y profunda:
Varias voces más se fueron uniendo en el segundo verso hasta que todos acabaron cantando, incluso Ihvon. Y Faile. Aunque Perrin no, por supuesto; eran muchas las veces que le habían dicho que cantaba como una rana cuando alguien la pisa. Hubo incluso algunos que marcharon al ritmo de la tonada.
Perrin sacudió la cabeza. Ayer estaban prestos para huir y esconderse. Hoy cantaban sobre una batalla tan antigua que no había dejado más recuerdo en Dos Ríos que esta canción. A lo mejor se estaban convirtiendo en soldados. No les quedaría más remedio que hacerlo si él no conseguía cerrar la puerta a los Atajos.
Las granjas aparecieron con mayor frecuencia, más juntas entre sí, y al cabo caminaron por los caminos de tierra que corrían entre setos o bajos muros de piedra. Las granjas estaban desiertas. Aquí nadie se aferraba a la tierra.
Llegaron al Antiguo Camino que enfilaba hacia el norte desde el Río Blanco, o el Manetherendrelle, atravesando Deven Ride en dirección a Campo de Emond, y por fin empezaron a ver ovejas en los pastizales; grandes hatos, como si se hubieran juntado los rebaños de una docena de familias, con diez pastores cuidando de ellas cuando lo habitual era que hubiera uno, y la mitad de ellos eran hombres hechos y derechos. Los pastores, armados con arcos, los observaron mientras pasaban cantando a pleno pulmón, sin saber muy bien qué conclusión sacar.
Perrin se quedó pasmado al ver Campo de Emond, y a los demás tuvo que ocurrirles lo mismo ya que el cántico perdió intensidad y por último cesó por completo.
Los árboles, vallas y setos más próximos al pueblo habían desaparecido. Hasta hacía poco, las casas que estaban en la parte más occidental se alzaban entre la vegetación, al borde del Bosque del oeste. Los robles y los abetos que había entre las casas seguían allí, pero ahora la linde de la fronda se había retirado quinientos pasos, a tiro de arco, y aún se oía el golpeteo de las hachas a medida que los hombres seguían talando árboles para ensanchar más la franja despejada. Hilera tras hilera de estacas, a la altura de la cintura y clavadas en el suelo en ángulo, rodeaban el pueblo a escasa distancia de las casas y presentaban una empalizada continua de afiladas puntas, a excepción del hueco por el que pasaba la calzada. Detrás del cercado, a intervalos, había hombres haciendo guardia, algunos luciendo partes de viejas armaduras o coseletes de cuero sobre los que se habían cosido herrumbrosos discos de metal; unos pocos iban tocados con antiguos yelmos abollados y todos empuñaban venablos o alabardas rescatadas de los desvanes u hoces acopladas en largos palos. Otros hombres y chiquillos se habían encaramado a los tejados de bálago, equipados con arcos; se pusieron de pie cuando divisaron a Perrin y a los demás y gritaron algo a la gente que estaba abajo.
A un lado del camino, detrás de la estacada, había un artilugio de madera, con cuerdas gruesas y retorcidas; a poca distancia se amontonaba una pila de pedruscos más grandes que la cabeza de un hombre. Ihvon advirtió que Perrin observaba el armatoste con el ceño fruncido.
—Catapultas —dijo el Guardián—. Seis, de momento. Los carpinteros supieron lo que tenían que hacer una vez que Tomás y yo se lo explicamos. La estacada contendrá las cargas de trollocs y de Capas Blancas, sea cual fuere. —Por su tono coloquial habríase dicho que hablaba sobre el tiempo que iba a hacer.
—Te informé que tu pueblo se estaba preparando para defenderse. —Faile hablaba con un fiero orgullo, como si fuera su aldea—. Gente dura, para una tierra tan blanda. Casi podrían pasar por saldaeninos. Moraine decía siempre que la sangre de Manetheren seguía siendo muy fuerte aquí.
Perrin sólo fue capaz de mover la cabeza, atónito.
Las calles de tierra aplastada estaban tan abarrotadas como las de una ciudad, los huecos entre las casas aparecían ocupados con carretas y carromatos, y a través de puertas y ventanas abiertas se veía más gente. La muchedumbre se apartaba ante Ihvon y los Aiel, y los comentarios en susurros los acompañaron a lo largo de la calle.
—Es Perrin Ojos Dorados.
—Perrin Ojos Dorados, sí.
Perrin deseó que dejaran de decir eso. Estas personas, o al menos algunas de ellas, lo conocían. ¿Por qué actuaban de este modo? Ahí estaba Neysa Ayellan, con su cara de caballo, la misma que le había dado unos buenos azotes en el trasero cuando, teniendo diez años y secundando la idea de Mat, le habían robado una de sus tartas de grosellas. Y allá estaba Cilia Cole, todavía agradablemente rellenita, con sus grandes ojos y sonrosadas mejillas, la primera chica a la que había besado. Y Pel Aydaer, calvo y con la pipa entre los dientes, el que le había enseñado cómo atrapar truchas con las manos. Y Daise Congar, una mujer tan corpulenta que hacía parecer menuda a Alsbet Luhhan, y su marido Wit, un tipo flaco, al que, como siempre, hacía sombra. Y todos lo miraban de hito en hito mientras cuchicheaban con los de fuera poniéndolos al día por si acaso no sabían quién era. Cuando el viejo Cenn Buie se subió un chiquillo sobre los hombros y lo señaló al tiempo que hablaba con entusiasmo al crío, Perrin no pudo menos que gemir. Se habían vuelto todos locos.