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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Los vecinos fueron en pos del grupo y a sus flancos, formando una columna de la que se alzaba el runrún de los murmullos. Las gallinas se escabullían entre los pies de la gente. Los mugidos de terneros y los chillidos de los cerdos en los corrales instalados detrás de las casas competían con el ruido organizado por los humanos. Las ovejas abarrotaban el Prado, y las vacas lecheras, blancas y negras, pacían en compañía de bandadas de gansos grises y blancos.

En el centro del Prado se alzaba un gran poste en cuyo extremo ondeaba perezosamente un estandarte con la testa de un lobo rojo. Perrin miró a Faile, pero la joven sacudió la cabeza, tan sorprendida como él.

—Un símbolo.

Perrin no había notado que Verin se acercaba, pero ahora sí que escuchó susurrar «Aes Sedai» a su paso. Ihvon no parecía sorprendido. Los vecinos la contemplaban con temeroso respeto.

—La gente necesita de símbolos —continuó Verin, que puso la mano sobre la cruz de Brioso—. Cuando Alanna les contó a algunos aldeanos lo mucho que los trollocs temen a los lobos, a todo el mundo le pareció una gran idea lo de este estandarte. ¿No piensas lo mismo, Perrin? —Le pareció advertir en su voz cierto atisbo de acritud. Los oscuros ojos de la Aes Sedai lo observaban fijamente. ¿Como un pájaro mirando a un gusano?

—Me pregunto qué pensará de eso la reina Morgase —comentó Faile—. Esta región forma parte de Andor, y a los soberanos no les hace gracia que en su reino ondeen estandartes extraños.

—Ésas son sólo unas líneas trazadas en un mapa —respondió Perrin. Se alegraba de haberse detenido; la punta de flecha no parecía dolerle tanto al estar inmóvil—. Yo ignoraba que supuestamente formábamos parte de Andor hasta que fui a Caemlyn, y dudo que mucha gente de la región lo sepa.

—Los gobernantes tienen tendencia a dar crédito a los mapas, Perrin. —El tono seco de Faile era evidente—. Cuando era una niña, había comarcas de Saldaea que no habían visto a los recaudadores de impuestos en cinco generaciones. En el momento en que mi padre pudo dedicar su atención a otros asuntos que no fueran la Llaga, Tenobia tomó las medidas oportunas para que se enteraran de quién era su reina.

—Esto es Dos Ríos —dijo él, sonriente—, no Saldaea. —Al parecer, allá arriba eran gentes muy fieras. Cuando volvió el rostro hacia Verin su sonrisa desapareció en un gesto ceñudo—. Creía que estabais ocultando vuestra… condición. —Todavía no había decidido qué era más preocupante, si que estuvieran allí unas Aes Sedai ocultando quiénes eran, o que se mostraran abiertamente como tales.

Verin acercó la mano a un par de centímetros del astil roto que sobresalía de su costado. Sintió un cosquilleo en la zona dolorida.

—Oh, vaya, qué herida tan fea —murmuró Verin—. Está alojada en una costilla y hay un poco de infección a pesar de ese ungüento. Creo que aquí hace falta Alanna. —Parpadeó y retiró la mano; también el cosquilleo desapareció—. ¿Qué decías de ocultar? Ah, sí. Con el alboroto que hay ahora organizado aquí, no nos habría sido posible permanecer escondidas. Supongo que podríamos habernos marchado, pero tú no querrías que hubiéramos hecho eso, ¿verdad? —De nuevo apareció en sus ojos aquella expresión intensa, como la de un ave de presa.

Perrin vaciló un momento y luego soltó un suspiro.

—No, supongo que no —respondió.

—Vaya, me alegra oírte decir eso —sonrió la Aes Sedai.

—¿Por qué vinisteis aquí realmente, Verin?

Ella no dio señales de haberlo oído. O no quiso hacerlo.

—Lo que tenemos que hacer ahora es curarte. Y también atender a esos otros muchachos. Alanna y yo nos ocuparemos de lo más grave, pero…

Los jóvenes que iban con él estaban tan estupefactos como Perrin por lo que habían encontrado en el pueblo. La mayoría miraba a Verin, sin embargo, con los ojos muy abiertos y con patente inquietud; sin duda habían escuchado susurrar las palabras «Aes Sedai». Y advirtió que tampoco él escapaba de aquellas miradas intranquilas por estar hablando con una Aes Sedai como si fuera cualquier mujer del pueblo.

Verin les sostuvo la mirada con calma y, de repente, sin que aparentemente hubiera puesto los ojos en ella, alargó la mano hacia un lado y agarró a una chiquilla de unos diez o doce años que se encontraba entre la multitud. La niña, que llevaba el oscuro cabello recogido con cintas azules, se puso rígida por la impresión.

—¿Conoces a Daise Congar, pequeña? —preguntó Verin—. Bien, pues ve a buscarla y dile que hay hombres heridos que necesitan los cuidados de una Zahorí. Y dile que se dé prisa, que no me haga perder la paciencia con su costumbre de darse aires. ¿Lo has entendido? ¡Hale, ve pitando!

Perrin no reconoció a la niña, pero evidentemente ella sí conocía a Daise porque se encogió el escuchar el mensaje que tenía que darle. Empero, Verin era una Aes Sedai y, tras sopesar un momento cuál de los dos era más temible, la chiquilla corrió a cumplir el encargo.

—Y Alanna se ocupará de ti —dispuso Verin, que volvió a clavar en él aquella mirada fija.

Perrin deseó que sus palabras no sonaran como si tuvieran un doble sentido.

43

Ocuparse de los vivos

Verin cogió las riendas de Brioso y lo condujo ella misma a la Posada del Manantial entre la muchedumbre, que se apartaba para darles paso y después volvía a cerrar el hueco abierto tras ellos. Dannil, Ban y los otros los seguían, ya fuera a caballo o a pie, ahora con sus parientes mezclándose entre ellos. A pesar de la sorpresa por los cambios acaecidos en Campo de Emond, los muchachos se aferraron a su orgullo para continuar caminando a pesar de cojear o para sentarse con la espalda erguida en las sillas; se habían enfrentado a los trollocs y habían vuelto a casa. Pero las mujeres pasaban las manos sobre hijos, sobrinos y nietos, a menudo conteniendo las lágrimas, y sus quedos gemidos crearon un sordo murmullo apenado. Los hombres procuraban ocultar su preocupación tras sonrisas enorgullecidas, repartiendo palmaditas en la espalda y lanzando exclamaciones por las barbas que se habían dejado crecer, si bien, las más de las veces, sus abrazos acababan convirtiéndose en una excusa para reclinar la cabeza en un hombro. Las novias repartían besos y gritaban, tanto de felicidad como de pena; y los hermanos y hermanas pequeños alternaban sollozos con miradas estupefactas a un hermano al que todo el mundo parecía considerar un héroe.

Pero fueron otras las voces que Perrin no habría querido escuchar:

—¿Dónde está Kenley? —La señora Ahan era una mujer guapa, con algunos mechones blancos entremezclados en la pulcra trenza de cabello negro, pero su frente se arrugó en un gesto de temor mientras recorría con la mirada las caras de los jóvenes y los ojos la esquivaban—. ¿Dónde está mi hijo?

—¡Bili! —llamó el anciano Hu al’Dai con incertidumbre—. ¿Alguien ha visto a Bili al’Dai?

—¡Hu…!

—¡Jared…!

—¡Tim…!

—¡Colly…!

Delante de la posada, Perrin casi se cayó de la silla en su prisa por desmontar y huir de aquellos nombres; ni siquiera vio de quién eran las manos que lo sostuvieron.

—¡Metedme en la posada! —instó con voz ronca—. ¡Llevadme dentro!

—¡Teven…!

—¡Haral…!

—¡Had…!

La puerta se cerró dejando fuera aquellas llamadas gemebundas y los gritos de la madre de Dael al’Taron pidiendo que alguien le dijera dónde se encontraba su hijo.

«En la olla de unos trollocs —pensó Perrin mientras lo sentaban en una silla de la sala—. En la tripa de algún trolloc, donde lo conduje yo, señora al’Taron. Donde lo conduje yo. —Faile le sujetaba la cabeza con las dos manos y lo observaba llena de preocupación—. Hay que ocuparse de los vivos. Ya lloraré por los muertos después. Después».

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