Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Эпическое фэнтези » Los Portales de Piedra
Los Portales de Piedra - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
1 ... 215 216 217 218 219 220 221 222 223 ... 341
Перейти на страницу:

Por el rabillo del ojo advirtió unos fugaces trazos negros en el cielo que lo sacaron repentinamente de su estupefacción. Una bandada de veinte o treinta cuervos volaba hacia el Bosque del Oeste, en dirección a las Montañas de la Niebla, donde había visto por primera vez a Verdugo. Los siguió fríamente con la mirada hasta que se convirtieron en motas negras en la distancia y entonces fue tras ellos.

Las largas y rápidas zancadas, de ocho kilómetros cada una y que convertían en un borrón el paisaje a su alrededor salvo el momento que separaba la zancada anterior de la siguiente, lo transportaron a través del frondoso y abrupto Bosque del Oeste, de las Colinas de Arena cubiertas de matojos y, por último, a las montañas encapotadas donde abetos, pinos y árboles caducos poblaban cañadas y laderas, hasta el mismo valle donde había visto por primera vez al hombre que Saltador llamó Verdugo, a la pendiente en la que apareció en el viaje desde Tear.

La puerta del Atajo estaba allí, cerrada con la hoja de Avendesora que semejaba una más entre la miríada de enredaderas minuciosamente labradas. Algunos árboles dispersos, retorcidos y nudosos por la acción del viento, salpicaban los parches de tierra existentes entre la roca vidriada donde Manetheren había ardido. Los rayos de sol centelleaban en las aguas del Manetherendrelle, allá abajo. Una leve brisa que llegaba del valle le llevó el olor de venados, conejos, zorros. No se movía nada hasta donde alcanzaba la vista.

A punto de marcharse, se frenó. La hoja de Avendesora. Una hoja. Loial había clausurado la puerta a los Atajos poniendo las dos a este lado del acceso. Se volvió y notó que se le erizaba el vello en la nuca. La puerta a los Atajos estaba abierta, y las masas gemelas de vegetación viva se agitaban con la brisa, enmarcando la opaca superficie plateada; su reflejo rielaba en ella. «¿Cómo es posible? —se preguntó—. Loial cerró la maldita puerta».

Sin ser consciente de ello, salvó la distancia que lo separaba del acceso y, en una fracción de segundo, se encontró ante la puerta a los Atajos. No había ninguna hoja trifoliada entre la maraña vegetal de las caras interiores de la puerta. Producía una sensación extraña pensar que en este momento, en el mundo real, alguien —o algo— estaba pasando justo por donde se encontraba él. Tocó la opaca superficie y gruñó. Tanto habría dado si fuera un espejo; sus dedos se deslizaron como lo habrían hecho sobre un pulido cristal.

Por el rabillo del ojo atisbó la repentina aparición de la hoja de Avendesora en su lugar, por la parte interior, y saltó hacia atrás en el mismo momento en que la puerta a los Atajos empezaba a cerrarse. Alguien —o algo— había salido o entrado. «Ha salido. Tiene que ser eso». No quiso pensar que más trollocs y Fados llegaban a Dos Ríos. Las dos mitades de la puerta se tocaron y de nuevo adquirió la apariencia de vegetación tallada en piedra.

La única advertencia que tuvo fue la sensación de que lo estaban observando. Saltó hacia un lado —una imagen vista a medias de algo negro surcando el aire donde un momento antes estaba su pecho; una flecha— y, sumergiéndose en un borrón multicolor producto de una larga zancada, apareció en otra ladera lejana; volvió a saltar, dejando atrás el valle de Manetheren, para reaparecer en una arboleda de enormes abetos durante un fugaz instante antes de saltar por tercera vez. Huyendo, se dijo para sus adentros, furioso; recordó la configuración del valle y el atisbo de la flecha. Había venido de esa dirección, de modo que tuvo que haber salido de…

Un último salto lo llevó de vuelta a la ladera que asomaba a la tumba de Manetheren, agazapado entre los retorcidos y escasos árboles y con el arco aprestado para disparar. Verdugo tenía que estar allí abajo, en alguna parte. Tenía que estar más abajo…

Sin pensarlo, Perrin se alejó de un salto y las montañas se convirtieron en un borrón gris, pardo y verde.

—Por poco —gruñó. Casi había cometido el mismo error que en el Bosque de las Aguas, dando por hecho que un enemigo actuaría como le convenía a él, que se encontraría donde él quería que estuviera.

Esta vez corrió tan deprisa como pudo y llegó en tres zancadas relampagueantes al borde de las Colinas de Arena, confiando en que su maniobra hubiera pasado inadvertida. A continuación dio un amplio rodeo para regresar a la zona alta de la misma montaña, allí donde el aire era frío y se notaba enrarecido y los escasos árboles eran gruesos troncos apenas más altos que un arbusto, separados entre sí por cincuenta pasos o más; era el sitio donde un hombre se apostaría para localizar a otro que intentara escabullirse de una flecha disparada.

Y allí estaba su presa, un centenar de pasos más abajo; un hombre alto, de cabello oscuro, agazapado junto a un afloramiento rocoso de granito, con el arco a medio tensar en las manos, examinando la zona inferior de la pendiente con ansiosa paciencia. Ésta era la primera vez que Perrin veía bien al hombre; un centenar de pasos no era mucha distancia para su aguzada vista. La chaqueta de cuello alto del tal Verdugo tenía el estilo de las Tierras Fronterizas y su rostro guardaba suficiente parecido con el de Lan para hacerse pasar por hermano del Guardián. Sólo que Lan no tenía hermanos ni, que Perrin supiera, ningún pariente vivo; además, aunque los hubiera tenido, no habrían estado aquí. Sin embargo, era un hombre de las Tierras Fronterizas. Tal vez shienariano, aunque llevaba el cabello demasiado largo; los hombres de ese país se lo afeitaban totalmente, excepto una cola de caballo. Lo llevaba sujeto en la nuca, atado con un cordón de cuero trenzado, exactamente igual que Lan. Tampoco podía ser de Malkier; el Guardián era el último malkieri vivo.

De dondequiera que procediera, Perrin no sintió el menor remordimiento cuando tensó el arco y apuntó la flecha a la espalda de Verdugo. Ese hombre había intentado matarlo con argucias, ya que un tiro pendiente abajo podía considerarse una emboscada.

Tal vez se entretuvo demasiado o quizá Verdugo percibió su fría mirada, pero el caso es que de repente se convirtió en un borrón al desplazarse como un rayo, en zigzag, hacia el este.

Mascullando una maldición, Perrin lo persiguió plantándose de tres zancadas en las Colinas de Arena y con una más en el interior del Bosque del Oeste. Allí, entre los robles y la densa maleza, Verdugo se desvaneció como una sombra.

Perrin se detuvo y escuchó. Las ardillas y los pájaros habían enmudecido. Olisqueó profundamente. Un pequeño rebaño de venados había pasado por allí no hacía mucho. También se percibía un débil vestigio de otro olor; un olor humano, pero demasiado frío, demasiado implacable para pertenecer a un hombre, un aroma que despertaba en él una sensación familiar, como si tuviera que recordarlo porque le era conocido. Verdugo se encontraba cerca, en alguna parte. El aire estaba tan quieto como silencioso el bosque; no soplaba la más ligera brisa que le revelara de dónde provenía el olor.

—Un buen truco el de cerrar la puerta a los Atajos, Ojos Dorados.

Perrin se puso en tensión, aguzando el oído al máximo. Imposible deducir de qué dirección venía aquella voz en este frondoso bosque.

—Si supieras cuántos Engendros de la Sombra murieron allí intentando salir de los Atajos, tu corazón se alegraría. El Machin Shin se dio un gran banquete en esa puerta, Ojos Dorados. Sin embargo, el truco no funcionó tan bien como esperabas. Ya lo viste: la puerta vuelve a estar abierta.

Allí, a la derecha. Perrin se deslizó entre los árboles con tanto sigilo como cuando cazaba en este bosque.

—Al principio sólo fueron unos pocos centenares, Ojos Dorados, justo los suficientes para tener en jaque a esos necios Capas Blancas y conseguir que el traidor muriera. —El tono de Verdugo sonó colérico—. Así me consuma la Sombra si ese hombre no tiene más suerte que la Torre Blanca. —Se echó a reír inopinadamente—. Pero tu presencia, Ojos Dorados, fue toda una sorpresa. Quieren clavar tu cabeza en una pica, y con tal de dar contigo destrozarán tu precioso Dos Ríos de punta a cabo como la reja del arado desbroza la tierra. ¿Qué tienes que decir a eso, Ojos Dorados?

1 ... 215 216 217 218 219 220 221 222 223 ... 341
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)