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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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—Estoy bien —le dijo—. Sólo me he mareado un poco al desmontar. Nunca he sido un buen jinete.

Al parecer, no le creyó.

—¿Podéis hacer algo? —preguntó la joven a Verin.

La Aes Sedai sacudió la cabeza sosegadamente.

—Creo que será mejor que no haga nada, pequeña. Es una lástima que ninguna de las dos seamos Amarillas, pero Alanna es una Curadora mucho más diestra que yo. Mis Talentos van en otras direcciones. Ihvon la traerá enseguida. Ten paciencia, pequeña.

La sala de la posada se había convertido en una especie de armería. A excepción del hueco frente a la chimenea, todas las paredes servían de apoyo a un gran número de picas de todo tipo, con alguna que otra alabarda entremezclada entre ellas, así como varas rematadas por extrañas cuchillas, muchas de ellas picadas y descoloridas allí donde se había limpiado la herrumbre. Y, lo más sorprendente, junto a la escalera había un barril que contenía espadas amontonadas, la mayoría sin funda y todas diferentes. Sin duda se habían revuelto todos los desvanes en diez kilómetros a la redonda para sacar estas reliquias que dormían hacía generaciones bajo una gruesa capa de polvo. Perrin jamás habría imaginado que en todo Dos Ríos había más de cinco espadas. Por lo menos, antes de que los Capas Blancas y los trollocs llegaran.

Gaul se buscó un hueco apartado, cerca de la escalera que conducía a las habitaciones de la posada y a la vivienda de los al’Vere, y desde allí observó a Perrin aunque era obvio que estaba pendiente de Verin y de todos sus movimientos. Al otro lado de la sala, observando a Faile y todo lo demás, las dos Doncellas apoyaron las lanzas en el doblez del codo y adoptaron una postura aparentemente relajada pero que a la vez daba la impresión de que estuvieran en equilibrio sobre las puntas de los pies. Los tres muchachos que habían entrado a Perrin se dirigieron hacia la puerta sin dejar de contemplar con los ojos muy abiertos a él, a la Aes Sedai y a los Aiel, y se quedaron allí de pie.

—Los otros —dijo Perrin—. Necesitan…

—Se ocuparán de ellos —lo interrumpió suavemente Verin, que tomó asiento a otra mesa—. Querrán estar con sus familias. Es mucho mejor sentirse rodeado por los seres queridos.

Perrin sintió una punzada de dolor —la imagen de las tumbas debajo de los manzanos surgió repentinamente en su mente—, pero la rechazó. «Hay que ocuparse de los vivos,» se recordó con dureza.

La Aes Sedai sacó pluma y papel y empezó a hacer anotaciones en el pequeño libro con mano firme. El joven se preguntó si le importaría que hubieran muerto tantos muchachos de Dos Ríos mientras él siguiera vivo y así utilizarlo en los planes que la Torre Blanca tenía para Rand.

Faile le apretó la mano, pero se dirigió a la Aes Sedai.

—¿No deberíamos subirlo a una habitación?

—Todavía no —espetó, irritado, Perrin. Verin levantó la vista y abrió la boca, pero él se le adelantó, repitiendo con firmeza—. Todavía no. —La Aes Sedai se encogió de hombros y volvió a su ocupación—. ¿Sabe alguien dónde está Loial?

—¿El Ogier? —preguntó uno de los tres muchachos que estaban junto a la puerta. Dav Ayellan era más fornido que Mat, pero tenía la misma expresión risueña en los ojos, así como la misma apariencia desgreñada que Mat. En otros tiempos, la travesura que a Mat no se le ocurría, la discurría Dav, si bien era Mat quien llevaba la voz cantante—. Está fuera, con los hombres que están talando los árboles del Bosque del Oeste. Habríase dicho que estábamos matando a su hermano cada vez que talábamos un árbol, pero él corta tres por cada uno que talan los demás con esa monstruosa hacha que maese Luhhan le ha hecho. Si lo necesitas, vi que Jaim Thane corría a decirles que habéis llegado, así que apuesto a que vendrán todos para verte. —Hizo un gesto de dolor al mirar el astil roto y se llevó la mano a su propio costado como un acto reflejo—. ¿Te duele mucho?

—Bastante —repuso, cortante, Perrin. Venían para verlo. «¿Es que soy un juglar para causar tanta sensación?»—. ¿Y qué hay de Luc? No es que quiera verlo, pero ¿está aquí?

—Me temo que no. —El otro joven, Elam Dowtry, se rascó la larga nariz. La espada que colgaba en su cadera resultaba incongruente con su atuendo de granjero; la empuñadura del arma había sido forrada recientemente con badana sin curar, y el cuero de la vaina estaba pelado a trozos—. Lord Luc está buscando el Cuerno de Valere o tal vez dando caza a trollocs.

Dav y Elam eran —o habían sido— amigos de Perrin, compañeros de cacería y pesca, ambos más o menos de su edad, pero sus sonrisas excitadas los hacían parecer más jóvenes. Mat o Rand, cualquiera de los dos, habría pasado por ser cinco años mayor como poco. Seguramente ocurría igual con él.

—Espero que regrese pronto —continuó parloteando Elam—. Me ha estado enseñando a manejar la espada. ¿Sabías que es un cazador del Cuerno? Y un rey, si hace valer sus derechos. De Andor, por lo que he oído contar.

—En Andor gobiernan reinas —murmuró Perrin, absorto, encontrando la mirada de Faile—, no reyes.

—Así que no está aquí —dijo la joven. Gaul cambió ligeramente de postura; daba la impresión de estar dispuesto a ir en busca de Luc. Sus azules ojos semejaban pedazos de hielo. A Perrin no lo habría sorprendido que Bain y Chiad se cubrieran con el velo en ese mismo instante.

—No —intervino Verin con gesto ausente, ya que era evidente que estaba más atenta a sus anotaciones que a lo que decía—. No es que no haya sido de ayuda en ocasiones, pero siempre se las compone para ocasionar problemas cuando está aquí. Ayer, sin contar con nadie, se puso a la cabeza de una delegación y le salió al paso a una patrulla de Capas Blancas. Les dijo que Campo de Emond estaba cerrado para ellos. Al parecer les advirtió que no se acercaran a menos de quince kilómetros. No siento la menor simpatía por los Capas Blancas, pero supongo que no acogieron muy bien esa actitud. No es sensato enfrentarse a ellos más de lo estrictamente necesario. —Miró, ceñuda, lo que había escrito y se frotó la nariz sin percatarse de que dejaba una mancha de tinta en ella.

A Perrin lo traía sin cuidado que los Capas Blancas se molestaran por lo que fuera.

—Ayer —susurró. Si Luc había regresado al pueblo el día anterior no era probable que tuviera algo que ver con que los trollocs no vinieran por donde se suponía que lo harían. Cuanto más pensaba en el resultado de la emboscada más se convencía de que los trollocs los estaban esperando y más ganas tenía de culpar de ello a Luc—. «Desearlo no hace que la piedra se vuelva queso» —rezongó—. Pero me sigue oliendo a queso podrido.

Dav y los otros dos jóvenes intercambiaron una mirada desconcertada. Perrin imaginó que lo que decía debía de sonar a jeringonza.

—En su mayoría eran un puñado de Coplin —dijo el tercer muchacho con una voz sorprendentemente profunda—. Darl, Hari, Dag y Ewal. Y Wit Congar. Daise le montó un buen escándalo por haber ido.

—Creía que todos eran partidarios de los Capas Blancas —comentó Perrin mientras pensaba que la voz de bajo del muchacho le resultaba familiar. Era dos o tres años más joven que Elam y que Dav, pero les sacaba unos cuantos centímetros y tenía los hombros anchos a pesar de su rostro delgado.

—Oh, sí. —El joven se echó a reír—. Ya sabes cómo son. Tienen una tendencia innata a respaldar cualquier cosa que signifique problemas para alguien. Desde que lord Luc empezó a dar discursos, todos ellos son partidarios de marchar hacia Colina del Vigía y decirles a los Capas Blancas que se marchen de Dos Ríos. O, más bien, son partidarios de que los demás, no ellos, marchen hacia allí con esa embajada, porque me da la impresión de que tienen pensado quedarse en la retaguardia.

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