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READ-E-BOOK » Социально-философская фантастика » El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
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El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]

Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:

“El ojo de la garza” es la historia de dos comunidades de proscritos que, expulsados de la Tierra, viven en un remoto planeta. Una de estas comunidades, los violentos y ambiciosos habitantes de la Ciudad, trata de oprimir a la otra, heredera del movimiento pacifista que comenzara tiempo atrás en la Tierra. La heroína de la novela, Luz, abandona los privilegios y la seguridad doméstica de la Ciudad e intenta buscar su identidad personal, la libertad y el amor, entre esas gentes pacíficas que viven en los límites del mundo. Por último, decide encabezar una expedición a las tierras salvajes (enfrentada a la indiferencia de la naturaleza y a sus propios miedos) para fundar una nueva colonia y empezar una nueva vida en tierras desconocidas.
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Se fue rezagando hasta quedar junto al hombre al que habían azotado. Éste caminaba tapándose los ojos con el brazo y otro hombre lo sujetaba del hombro para guiarlo; eran los últimos de la fila. Un guardia los seguía, apenas visible en medio de la niebla baja.

—¿Puedes ver?

—No lo sé —respondió el hombre y se protegió la cara con el brazo. Su pelo cano estaba revuelto y erizado; llevaba camisa de dormir y pantalón e iba descalzo; sus pies anchos y desnudos resultaban extrañamente infantiles, tropezaban y se golpeaban con las piedras y el barro del camino.

—Pamplona, aparta el brazo para que podamos ver qué tienes en los ojos —dijo preocupado el segundo hombre.

El guardia que cerraba la marcha gritó algo, una amenaza o la orden a fin que avanzaran más rápido.

Pamplona bajó el brazo. Tenía los dos ojos cerrados; uno estaba intacto y el otro se perdía en un tajo abierto y sangrante producido por la tira de cuero del látigo, que lo había cortado desde el extremo de la ceja hasta el tabique de la nariz.

—Me duele —dijo—. ¿Qué tengo? No veo nada, me ha entrado algo en el ojo. Lyon, ¿eres tú? Quiero volver a casa.

Reunieron a más de cien hombres de las aldeas y las granjas aisladas del sur y el oeste del Arrabal para ponerlos a trabajar en las nuevas propiedades de Valle del Sur. Llegaron a media mañana, cuando la niebla ascendía desde el Río Molino en ondeantes pendones. En la Carretera Sur había apostados varios guardias para impedir que los alborotadores del Arrabal se sumaran al grupo de trabajadores forzados.

Distribuyeron herramientas: azadas, piquetas y machetes; los pusieron a trabajar en grupos de cuatro o cinco, vigilados por un guardia provisto de látigo o de mosquete. No levantaron barracas ni refugios para ellos ni para los treinta guardias. Cuando cayó la noche, encendieron fogatas de madera húmeda y durmieron a la intemperie, sobre el húmedo terreno. Aunque les habían dado alimentos, la lluvia empapó el pan hasta el punto de convertirlo en una masa pastosa. Los guardias comentaban amarga y mutuamente la penosa situación. Los aldeanos hablaban sin parar. Al principio, temeroso de una conspiración, el capitán Eden —el oficial a cargo de la operación— intentó prohibirles la palabra; más tarde, al darse cuenta que un grupo discutía con otro partidario de huir durante la noche, decidió dejarlos hablar todo lo que quisieran. No tenía modo de impedir que escaparan de a uno o de a pares en medio de la oscuridad; aunque había guardias apostados con mosquetes, por la noche no veían, era imposible mantener hogueras vivas a causa de la lluvia y no habían podido construir un «recinto cercado», tal como habían ordenado. Los aldeanos habían trabajado duro para despejar el terreno, pero resultaron ineptos y lerdos para levantar cualquier tipo de cerca o empalizada con las zarzas y los arbustos cortados, y sus hombres no estaban dispuestos a dejar las armas para realizar semejante tarea.

El capitán Eden ordenó a sus hombres que permanecieran de guardia y vigilaran; aquella noche ni siquiera él durmió.

Por la mañana todo el grupo —tanto sus hombres como los aldeanos— parecía seguir allí; todos se movían con lentitud en el frío brumoso y tardaron horas en encender las hogueras, preparar una especie de desayuno y servirlo. Había que distribuir nuevamente las herramientas: las largas azadas, los cuchillos de monte de acero de mala calidad, piquetas y machetes. Ciento veinte hombres armados con herramientas contra treinta con látigos y mosquetes. ¿No se daban cuenta de lo que fácilmente podían hacer? Bajo la atónita mirada del capitán Eden, los campesinos pasaron en fila por delante del montón de aperos, igual que el día anterior, recogieron lo que necesitaban y se dedicaron una vez más a arrancar la broza y la maleza de la ladera que bajaba hasta el río. Trabajaron dura y afanosamente; conocían estas faenas; no prestaron atención a las órdenes de los guardias y se dividieron en equipos, alternando las tareas más duras. La mayoría de los guardias vigilaba y, a un tiempo, se sentía aburrida, aterida y superflua; se sentían frustrados, estado de ánimo que los había embargado desde la fugaz e insatisfecha excitación de hacer una redada en las aldeas y reunir a los hombres.

El sol salió ya entrada la mañana, pero a mediodía las nubes habían vuelto a acumularse y otra vez llovía. El capitán Eden ordenó una pausa para comer —otra ración de pan estropeado— y estaba hablando con dos guardias que había decidido enviar a la Ciudad para solicitar provisiones frescas y lonas que usarían para montar tiendas de campaña y aislarse del terreno húmedo cuando Lev se le acercó.

—Uno de nuestros hombres necesita un médico y hay dos demasiado viejos para este trabajo. —Señaló a Pamplona que, con la cabeza vendada con una camisa hecha jirones, estaba sentado y hablaba con Lyon y con otros dos hombres de blanca cabellera—. Habría que enviarlos de regreso a su aldea.

Aunque la actitud de Lev no era la de un inferior que admira a un oficial, ciertamente era respetuosa. El capitán lo miró admirado pero dominado por los prejuicios. La noche anterior Angel había descubierto en ese joven menudo y delgado a uno de los cabecillas del Arrabal y era evidente que los aldeanos miraban a Lev cada vez que recibían una orden o amenaza, como si esperaran sus instrucciones. El capitán ignoraba cómo recibían la información, ya que no le había visto dar una sola orden a Lev; si de alguna manera ese joven era un cabecilla, el capitán Eden estaba decidido a tratarlo como tal. Para el oficial, el elemento más desconcertante de la situación era la falta de estructuración. Estaba al mando pero no tenía autoridad más allá de la que estaban dispuestos a concederle esos hombres y los suyos. En el mejor de los casos, sus hombres eran huesos duros de roer que ahora se sentían frustrados y maltratados; los arrabaleros eran una incógnita. En última instancia, no podía confiar plenamente en nada, salvo en su mosquete; nueve de sus hombres también estaban armados.

Fueran treinta contra ciento veinte o uno contra ciento cuarenta y nueve, la conducta más sensata era una firmeza notoriamente razonable y sin intimidación.

—Sólo es un corte producido por el látigo —respondió tranquilamente al muchacho—. Puede abandonar el trabajo durante un par de días. Los viejos pueden ocuparse de los alimentos, secar el pan, mantener encendidas las hogueras. No se permite regresar a nadie hasta que acabe el trabajo.

—Es un corte profundo. Perderá el ojo si no lo atienden. Además, está sufriendo. Tiene que volver a su casa.

El capitán caviló y respondió:

—De acuerdo. Si no puede trabajar, que se vaya. Pero tendrá que hacerlo por sí mismo.

—Su casa está demasiado lejos para que regrese sin ayuda.

—En ese caso, se queda.

—Habrá que trasladarlo. Se necesitarán cuatro hombres para acarrear la camilla. —El capitán Eden se encogió de hombros y se alejó—. Senhor, hemos acordado que no trabajaremos hasta que Pamplona sea atendido.

El capitán giró para mirar de nuevo a Lev y no lo hizo con impaciencia, sino con actitud firme.

—¿«Acordado…»?

—Cuando envíen a Pamplona y a los viejos a sus casas, reanudaremos el trabajo.

—Yo recibo órdenes de la Junta —dijo el capitán—, y ustedes de mí. Estos hombres deben saberlo claramente.

—Escuche, hemos decidido seguir adelante, al menos provisionalmente —prosiguió el joven con calor pero sin animosidad—. El trabajo vale la pena, la comunidad necesita nuevas tierras de cultivo y éste es un buen emplazamiento para una aldea. Pero no obedecemos órdenes, cedemos a las amenazas de emplear la fuerza para evitarnos a todos heridas o muerte. Ahora el hombre cuya vida está en peligro es Pamplona y si no hace algo para salvarlo, tendremos que actuar. Además hay que tener en cuenta a los dos viejos, que no pueden permanecer aquí si no hay refugio. El viejo Sol sufre de artritis. A menos que los envíen a casa, no podremos continuar con el trabajo.

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