El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Hester no dudaba de que cuanto decía el doctor Wade era cierto. Había tenido ocasión de verlo con sus propios ojos.
– Por supuesto -convino-. Gracias. No sabe cuánto me alegrará verlo más aliviado y comprobar que descansa sin sobresaltos.
El médico le sonrió. Su rostro era encantador, pura expresión de afecto.
– Estoy seguro de ello, miss Latterly. Es muy afortunado teniéndola a su lado. Seguiré viniendo a diario, pero no duden en enviar al mozo a por mí cuantas veces les parezca necesario. -Se volvió hacia Sylvestra-. Creo que Englantyne vendrá mañana, si te parece bien. ¿Le digo que podrás recibirla?
Por fin pareció que también Sylvestra se relajaba un poco, y una tímida sonrisa afloró a sus labios.
– Sí, por favor. Gracias Corriden. No consigo imaginar cómo habríamos hecho frente a esto sin tu amabilidad y tu talento.
El doctor Wade se mostró un tanto incómodo.
– Ojalá… Ojalá no fuese necesario. Todo esto es… trágico…, muy trágico. -Se irguió-. Volveré a pasar mañana, querida. Hasta entonces, ten coraje. Miss Latterly y yo haremos cuanto podamos.
Capítulo 3
Monk pasaba el rato a solas en un sillón de su domicilio en Fitzroy Street. No estaba al corriente del caso que llevaba Evan, como tampoco de la relación de Hester con una de las víctimas. Hacía más de dos semanas que no veía a Hester, y si algo tenía claro era que no abrigaba la menor intención de verla en un futuro próximo. La participación en el caso de difamación de Rathbone le había llevado al continente, primero a Venecia y después al pequeño principado alemán de Felzburgo. El viaje le había permitido probar una vida completamente diferente, plena de glamour, riqueza y ociosidad, divertida y banal, que se le había antojado enormemente seductora. También presentaba elementos que no le eran desconocidos. Éstos habían despertado recuerdos de su lejano pasado, de cuando aún no había ingresado en el cuerpo de policía. Había luchado con denuedo para retenerlos y fijarlos, aunque sin éxito. Como todos los demás recuerdos, sé perdían irremisiblemente una vez entrevistos; eran como ventanas entornadas que mostraran retazos de paisaje para volver a cerrarse de pronto dejándolo aún más confundido que antes.
Se había enamorado de Evelyn von Seidlitz. Al menos llegó a pensar que lo que sentía era amor. Sin duda era algo delicioso y emocionante que le ocupaba la mente y le aceleraba el pulso. Le había dolido, aunque con menos sorpresa de la que cabía esperar, descubrir que era una mujer superficial y que, bajo una apariencia encantadora e ingeniosa, escondía un egoísmo supremo. Cuando el idilio tocó a su fin, echó en falta las virtudes más consistentes y menos llamativas de Hester: su honestidad, su amor por el coraje y la verdad. Hasta su moralidad y sus opiniones, con frecuencia farisaicas, tenían una suerte de limpieza intrínseca, como una brisa fresca que disipara el calor y ahuyentara a las moscas.
Se inclinó para alcanzar el atizador y remover los carbones. Los pinchó con saña. No quería pensar en Hester. Era una mujer arbitraria, arrogante y a veces presuntuosa, defecto que hasta conocerla creía patrimonio del género masculino. No podía permitirse ser vulnerable a tales pensamientos.
No se estaba ocupando de ningún caso interesante, lo cual no contribuía a mejorar su sombrío humor. Siempre había pequeños hurtos que resolver, pero o bien eran obra de sirvientes a quienes resultaba incluso demasiado sencillo descubrir, o bien de ladrones a quienes era imposible seguir el rastro, pues surgían de las decenas de miles de almas que se apiñaban en los bajos fondos para desaparecer de nuevo entre las masas en cuestión de minutos.
Ahora bien, tales casos eran preferibles a no tener nada que hacer. Siempre podía ir a ver a Rathbone por si necesitaba alguna información, aunque ése era su último recurso; por una cuestión de orgullo. Rathbone le caía bien. Juntos habían defendido causas y se habían expuesto a peligros. Habían trabajado empleando a fondo la imaginación, el coraje y la inteligencia en toda clase de asuntos, probando una valía que se traducía en mutua admiración. Y dado que habían compartido éxitos y también fracasos, los unía además un lazo de amistad.
Con todo, su trato a veces le resultaba irritante, pues sus diferencias con frecuencia les enfrentaban: sus opiniones y posturas entraban en conflicto en lugar de complementarse. Y luego estaba Hester, quien al mismo tiempo les unía y les separaba.
Pero no quería pensar en Hester, y mucho menos con relación a Rathbone.
Le alegró oír la campanilla de la puerta anunciando la llegada de una visita. Era una mujer de mediana edad, aunque guapa en un estilo vigoroso y resuelto. Tenía la boca demasiado grande pero de formas sensuales, los ojos magníficos, las carnes prietas y un torso decididamente pechugón. Vestía ropa oscura y lisa, de calidad indefinida, y sus aires proclamaban a primera vista su confianza en sí misma, con una actitud casi avasalladora. No se trataba de una dama, ni de nadie que tuviera que ver con damas.
– ¿Es usted William Monk? -preguntó sin darle tiempo a hablar-. Sí, ya veo que sí. -Le miró de la cabeza a los pies sin el menor disimulo-. Ha cambiado. No sabría decirle exactamente qué es, pero está distinto. La cuestión es… ¿Sigue siendo tan bueno como antes?
– ¡Sí, soy extremadamente bueno! -respondió con astucia. Al parecer la mujer le conocía, aunque él no tenía la menor idea de quién era ella, salvo por lo que podía deducir de su aspecto.
La mujer profirió una carcajada chillona.
– ¡Igual no ha cambiado tanto, entonces! Sigue dándose los mismos aires. -El regocijo se esfumó de su rostro, que se endureció mostrando cautela-. Quiero contratarle. Puedo pagar.
Aquello no tenía trazas de ser un trabajo con el que fuera a disfrutar, pero no se encontraba en posición de rechazarlo. Lo menos que podía hacer era escucharla. Era poco probable que tuviera problemas de orden doméstico. Se la veía más que capaz de resolver ese tipo de cosas por sí misma.
– Me llamo Vida Hopgood -dijo-. Por si no lo recuerda.
No lo recordaba, aunque estaba claro que ella le conocía del pasado, de antes del accidente. Le crispó que le volvieran a recordar su punto más vulnerable.
– ¿Qué clase de problema tiene, señora Hopgood? -Le indicó el sillón que estaba al otro lado de la chimenea y, una vez que se hubo acomodado, se sentó frente a ella.
Vida Hopgood echó un vistazo a los carbones encendidos antes de pasear la mirada por aquella estancia tan agradable con sus cuadros de paisajes, las gruesas cortinas y los muebles viejos pero de primera calidad. En su mayoría eran donaciones de la patrona de Monk, Lady Callandra Daviot, los restos de su casa de campo. Aunque no era imprescindible que Vida Hopgood se enterara de ese detalle.
– Veo que le va bien por su cuenta -dijo de buena gana-. No se casó, si no a santo de qué andaría removiendo los trapos sucios de los demás. Además, usted no era de los que se casan. Demasiado cabezón. Siempre quería el tipo de esposa que no le tocaba. Así que supongo que no ha perdido su inteligencia. Por eso he venido. Para esto la va a necesitar toda, y puede que incluso más de la que dispone. Pero tenemos que saber. Tenemos que acabarlo de una vez.
– ¿Qué es lo que hay que acabar, señora Hopgood?