Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
– ¿Y no le sorprendió que las sospechas recayeran sobre el grupo? Quiero decir, teniendo en cuenta que eran unos jóvenes muy simpáticos, todos de buena familia, ¿no?
– No sé si me sorprendió o me dejó de sorprender.
Lo miró por encima del vaso con los ojos entornados. Cuánto habían visto aquellos ojos. Retos mucho mayores que Carl Mørck.
Luego dejó el vaso.
– Pero en las investigaciones que hicieron en 1987 se vio que algunos no eran como los demás -añadió.
– ¿Qué quiere usted decir?
– Bueno, mi abogado y yo insistimos en estar presentes cuando interrogaron a los chicos en la comisaría de Holbæk, naturalmente. Mi abogado los asesoró a los seis durante todo el proceso.
– Bent Krum, ¿verdad?
La pregunta la había formulado Assad, pero Valdemar Florin hizo caso omiso.
Carl asintió. Por lo visto, aquel nombre hacía mella.
– Decía usted que no eran como los demás. ¿Quién cree que no fue como los demás durante los interrogatorios? -prosiguió.
– Quizá debería llamar a Bent Krum y preguntárselo a él, ya que lo conoce. Me han informado de que sigue teniendo una memoria excelente.
– Ajá. ¿Y quién se lo ha dicho?
– Aún es el abogado de mi hijo. Sí, y también el de Ditlev Pram y Ulrik.
– Me había parecido entender que no conocía usted a esos chicos, señor Florin, pero oyéndolo hablar así de Ditlev Pram y de Ulrik Dybbøl Jensen, cualquiera pensaría lo contrario.
Dio una leve cabezada.
– Conocía a sus padres, eso es todo.
– Y a los padres de Kristian Wolf y de Kirsten-Marie Lassen ¿también los conocía?
– Lejanamente.
– ¿Y al padre de Bjarne Thøgersen?
– Un don nadie. No lo conocía.
– Tenía un negocio de maderas en el norte de la isla -intervino Assad.
El subcomisario asintió; él también lo recordaba.
– Mire -dijo Valdemar Florin levantando la vista hacia el cielo despejado que se veía a través de las cristaleras del techo-, Kristian Wolf está muerto, ¿vale? Kimmie desapareció hace ya muchos años. Mi hijo dice que vagabundea por las calles de Copenhague con una maleta a cuestas. Bjarne Thøgersen está entre rejas. ¿De qué demonios estamos hablando?
– ¿Kimmie? ¿Se refiere a Kirsten-Marie Lassen? ¿Así la llaman?
No contestó. Se limitó a beber otro sorbo y coger su libro. La audiencia había concluido.
Al abandonar la casa, a través de las ventanas del porche lo vieron estrellar el maltrecho libro contra la mesa y abalanzarse sobre el teléfono. Parecía furioso. Quizá estuviera previniendo al abogado de su posible visita. Tal vez llamara a los de Securitas para informarse de si existía algún sistema de alarma que impidiera que ese tipo de visitas pasara de la verja.
– Conocía todas las cosas, Carl -comentó Assad.
– Sí, puede. Nunca se sabe con tipos así. Han tenido toda una vida para aprender a no irse de la lengua. ¿Tú sabías que Kimmie estaba en la calle?
– No, eso no lo pone en ningún sitio.
– Hay que encontrarla.
– ¿Y no podríamos hablar primero con los demás?
– A lo mejor, sí.
Carl contempló el agua. Tendrían que hablar con todos, por supuesto.
– Pero cuando una mujer como Kimmie Lassen le da la espalda a su mundo y acaba en la calle, tiene que haber un buen motivo. Las personas como ella pueden tener heridas muy profundas en las que conviene hurgar, Assad. Por eso hay que encontrarla.
Al llegar al coche, que habían dejado junto a la cabaña, Assad se detuvo un momento a recapitular.
– No entiendo la cosa del Trivial, Carl.
Ni que tuviéramos telepatía, pensó su jefe. Luego dijo:
– Vamos a revisar la cabaña una vez más, estaba a punto de decir lo mismo. Tenemos que llevarnos el juego para que analicen las huellas.
Esta vez lo revisaron todo de arriba abajo: las casetas exteriores, el césped de la parte trasera, que ya medía casi un metro, y el armario con barrotes donde almacenaban el gas.
Cuando le tocó el turno al salón, seguían en el mismo punto que al principio.
Mientras Assad se arrodillaba en el suelo a buscar los dos quesitos que faltaban en la ficha marrón, la mirada de Carl recorrió en una lenta panorámica el estante de recuerdos y los muebles.
Al final volvió a encontrarse con las fichas y el tablero del Trivial.
Todo invitaba a fijarse en aquellas fichas colocadas en la casilla dorada del centro. Pequeños destellos en medio de un todo. Una ficha contenía los quesitos correctos y a la otra le faltaban dos. Uno rosa y otro azul.
De pronto se le ocurrió.
– Aquí hay otro corazón -murmuró Assad, desprendiéndolo de una esquina de la alfombra.
Carl no dijo nada. Se agachó muy despacio a coger las tarjetas que había delante de las cajas con las preguntas. Dos tarjetas con seis preguntas cada una, cada pregunta de un color que correspondía a los colores de los quesitos.
En aquel momento solo le interesaban las preguntas marrones y rosas.
Dio la vuelta a las tarjetas y leyó las respuestas.
La sensación de haber dado un paso de gigante le hizo lanzar un suspiro.
– ¡Assad! ¡He encontrado algo! -exclamó con toda la calma y el autocontrol de que fue capaz-. Ven a ver esto.
Assad se levantó con el corazón en un puño y observó las tarjetas por encima del hombro del subcomisario.
– ¿El qué?
– Faltaban un quesito rosa y otro marrón en una de las fichas, ¿no?
Le tendió primero una tarjeta y luego la otra.
– Lee la respuesta rosa de esta tarjeta y luego la marrón de esta otra. ¿Qué pone?
– En una, «Arne Jacobsen»;y en la otra, «Johan Jacobsen».
Intercambiaron una breve mirada.
– ¿Arne? Así se llamaba el policía que se llevó el expediente de Holbæk y se lo entregó a Martha Jørgensen, ¿verdad? ¿Cuál era su apellido, te acuerdas?
Assad levantó las cejas. Luego sacó la libreta del bolsillo de su camisa y empezó a pasar páginas hacia atrás hasta llegar al interrogatorio de la anciana.
Susurró un par de vocablos incomprensibles y lo miró.
– Tienes razón, se llamaba Arne, lo pone aquí. Pero Martha Jørgensen no dijo ningún apellido.
Volvió a susurrar en árabe y bajó la vista hacia el Trivial.
– Si Arne Jacobsen es el policía, ¿quién es el otro, entonces?
Carl sacó el móvil y marcó el número de la policía de Holbæk.
– ¿Arne Jacobsen? -preguntó el oficial de guardia. No, tendría que hablar con alguno de los compañeros que llevaba más tiempo en el Cuerpo. Si esperaba un momento, le pondría con alguno.
Pasaron tres minutos.
Luego Carl colgó el teléfono.
11
Suele ocurrir el día que se cumplen los cuarenta. O el día que se gana el primer millón. O al menos cuando amanece el día en que el padre de uno se jubila y ya solo le queda por delante una vida entre crucigramas. Ese día la mayoría de los hombres se sienten al fin liberados de la condescendencia, los comentarios sabihondos y la mirada crítica del patriarca.
Pero ese no fue el caso de Torsten Florin.
Había superado la riqueza de su padre, se había distanciado lo indecible de sus cuatro hermanos menores, que, al contrario que él, no habían destacado en ningún campo, y aparecía en los medios con mucha más frecuencia que Valdemar. Toda Dinamarca lo conocía y admiraba, en especial las mujeres que su padre siempre codiciaba.
Con eso y con todo, al oír la voz de Valdemar Florin al otro lado de la línea siempre lo invadía una sensación de malestar, se sentía un niño difícil, inferior y menospreciado, y se le formaba un nudo en el estómago que no desaparecía hasta que colgaba.
Pero Torsten no colgaba. A su padre, jamás.
Tras esas conversaciones, por breves que fueran, era casi incapaz de contener la rabia y la frustración.
«La suerte del primogénito», lo llamó en una ocasión el único profesor medianamente decente del internado. Torsten lo odió por haber pronunciado aquellas palabras porque, si era cierto, ¿cómo cambiar las cosas? Esa pregunta lo obsesionó día tras día, igual que a Ulrik y a Kristian.
Los unió el odio compartido hacia sus padres, y cuando Torsten golpeaba sin piedad a sus víctimas inocentes, les retorcía el cuello a las palomas mensajeras del profesor simpático, o, más adelante, miraba a los ojos a sus envidiosos competidores cuando estos se daban cuenta de que acababa de crear otra de sus insuperables colecciones, en quien pensaba realmente era en su padre.
– Cabronazo -dijo temblando cuando Valdemar le colgó-. Cabronazo -susurró mientras recorría con la vista los diplomas y los trofeos de caza que cubrían las paredes.
De no haber sido por los diseñadores, por su jefe de ventas y por las cuatro quintas partes de sus mejores clientes y de sus contrincantes, que en esos momentos abarrotaban la sala contigua, habría aullado hasta dar rienda suelta a todo su desprecio, pero tuvo que conformarse con coger la antigua vara de medir que le habían regalado por el quinto aniversario de la empresa y destrozarla contra la cabeza disecada de un antílope que colgaba de la pared.
– ¡Cabrón, cabrón, cabrón! -susurraba a cada golpe.
Al sentir que el sudor se le empezaba a acumular en la nuca, se detuvo y trató de pensar con claridad. La voz de su padre y lo que le había contado le afectaban más de lo aconsejable.
Levantó la mirada. Afuera, en el punto donde el bosque se fundía con el jardín, revoloteaban unas urracas hambrientas. Graznaban alegremente mientras picoteaban los restos de unos pájaros que ya habían probado la ira de Torsten.
Putos pajarracos, pensó. En ese momento comprendió que iba a calmarse. Empuñó el arco de caza que colgaba de un gancho en la pared, sacó unas flechas de la aljaba que guardaba detrás del escritorio, abrió la puerta de la terraza y disparó hacia las aves.
Cuando sus graznidos cesaron, desapareció también la furia que le abrasaba la mente. Siempre funcionaba.
Después atravesó el césped, extrajo las flechas de los cuerpos de las urracas, apartó los cadáveres a patadas hasta llevarlos al bosque, con los demás, regresó a su despacho, escuchó el desenvuelto murmullo de sus invitados, colgó el arco en su sitio y guardó las flechas en la aljaba. Luego marcó el número de Ditlev.
– La policía ha ido a Rørvig a hablar con mi padre -fueron sus primeras palabras.
Por un momento se hizo el silencio al otro lado de la línea.
– Ajá -contestó Ditlev con cierto retintín-. ¿Y qué quería?
Torsten inspiró a fondo.
– Han estado haciéndole preguntas sobre los dos hermanos del lago. Nada concreto. Si ese viejo chiflado lo ha entendido bien, alguien ha acudido a la policía y ha estado sembrando dudas acerca de la culpabilidad de Bjarne.
– ¿Kimmie?
– Ni idea, Ditlev. Por lo que sé, no han dado nombres.
– Tú avisas a Bjarne, ¿estamos? ¡Ahora, hoy! ¿Qué más?
– Papá les sugirió a los policías que hablaran con Krum.
La carcajada de Ditlev era muy propia de él. Totalmente impasible.
– A ese no van a sacarle una palabra -dijo al fin.
– No, pero tienen en marcha algún tipo de investigación y eso sí es un problema.
– ¿Eran de la policía de Holbæk? -se interesó Ditlev.
– Creo que no. El viejo dice que venían de Copenhague, del departamento de Homicidios.
– Joder. ¿Se quedó con sus nombres?
– No, el muy arrogante no prestó atención, como de costumbre. Pero Krum nos los conseguirá.
– Olvídalo. Voy a llamar a Aalbæk. Tiene un par de contactos en Jefatura.