El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
Alcide agarró la cuenta antes de que yo pudiera hacerme con ella y me frunció el ceño cuando abrí la boca para protestar. Finalmente sacudí ligeramente la cabeza. Tras la silenciosa pugna, me alegré de ver que Alcide dejaba generosas propinas. Aquello le hizo ganar puntos en mi estima. A decir verdad, ya estaba demasiado arriba en mi estima. Y eso que yo tenía todos los sentidos puestos en detectar cualquier cosa negativa en él. Cuando volvimos a la camioneta de Alcide (esta vez me ayudó más si cabe para entrar en la cabina, y me di cuenta de que disfrutaba con el proceso), ambos estábamos callados y pensativos.
– No has hablado mucho durante la cena -dijo-. ¿Lo has pasado mal?
– Oh, de ninguna manera. Simplemente pensé que no era el mejor momento para empezar a lanzar mis opiniones.
– ¿Qué piensas de Jake O'Malley? -O'Malley, un hombre que estrenaba los sesenta y de densas cejas grises, había estado hablando con Alcide al menos cinco minutos, sin dejar de lanzar ocasionales miradas a mis pechos.
– Creo que piensa joderte de seis formas distintas a partir del domingo.
Menos mal que aún no había arrancado del bordillo. Encendió las luces del techo y me miró con expresión sombría.
– ¿De qué estás hablando? -inquirió.
– Va a ofrecer un presupuesto más competitivo qué el tuyo en el próximo concurso porque ha sobornado a una mujer de tu despacho, una tal Thomasina no sé qué, para chivarle todos tus presupuestos. Y entonces…
– ¿Qué?
Me alegré de que la calefacción estuviese al máximo. Cuando un licántropo se enfada, se puede sentir la ira en el aire. Esperaba que así no tuviera que explicarme ante él. Había disfrutado tanto de mi anonimato.
– ¿Qué… eres? -me preguntó, asegurándose de que le entendía.
– Telépata -dije entre dientes.
Cayó un largo silencio, mientras Alcide digería la noticia.
– Y ¿has escuchado algo bueno por su parte? -preguntó finalmente.
– Claro. La señora O'Malley estaba deseando echarse encima de ti -le dije con una amplia sonrisa. Tuve que recordarme que no tenía una coleta que tensar.
– ¿Eso es bueno?
– Hombre, en comparación… -dije-, será mejor que te follen a que te jodan económicamente -la señora O'Malley era al menos veinte años más joven que su marido, y era la mujer más arreglada que había visto nunca. Estaba dispuesta a apostar a que se cepillaba las pestañas cien veces por noche.
Alcide agitó la cabeza. No tenía muy claro lo que estaba pensando.
– Y ¿qué hay de mí? ¿Me has leído también? Ajá.
– No es tan fácil con los cambiantes -dije-. No soy capaz de detectar una clara línea de pensamiento, sino más bien el humor general, las intenciones y cosas así. Supongo que si hubieras pensado directamente en mí, lo habría sentido. ¿Quieres probar? Piensa en algo.
«Los platos que uso en mi apartamento tienen un borde de rosas amarillas.»
– Yo no diría que fueran rosas -dije, dubitativa-. Son más bien cinias, diría yo.
Pude sentir cómo se retraía, cómo se preocupaba. Suspiré. Lo de siempre, como siempre. La verdad es que me dolió un poco, porque me gustaba.
– Pero captar pensamientos concretos que se te pasen en el momento, eso es más complicado -dije-. No puedo hacerlo constantemente con los cambiantes y los licántropos -otras criaturas sobrenaturales eran relativamente fáciles de leer, pero no vi la necesidad de sacar eso a colación en aquel momento.
– Gracias a Dios.
– ¿Oh? -dije, pícaramente, en un intento de levantar los ánimos-. ¿Qué temes que vaya a leer?
Alcide me dedicó una sonrisa antes de apagar la luz interior y abandonar el aparcamiento.
– No importa -dijo, ausente-. No importa. Entonces, lo que harás está noche será leer mentes para recabar alguna pista sobre el paradero de tu vampiro, ¿no?
– Eso es. No puedo leer a los vampiros; no parecen emitir ninguna onda cerebral. Así es como lo entiendo yo. No sé cómo lo hago, o si hay un término científico que lo defina -no mentía del todo. Las mentes de los no muertos eran realmente ilegibles, salvo algún destello tan fugaz como ocasional (lo cual casi no contaba y nadie debía saberlo). Si los vampiros averiguaban que podía leer sus mentes, ni siquiera Bill podría salvarme. Eso en el caso de que quisiera.
Cada vez que me olvidaba, aunque fuese por un segundo, de que nuestra relación había cambiado radicalmente, me dolía tener que recordármelo.
– Entonces ¿qué plan tienes?
– Me centraré en los humanos que salgan o sirvan a los vampiros locales. Los secuestradores eran humanos. Se lo llevaron de día. Al menos eso es lo que le dijeron a Eric.
– Debí de habértelo preguntado antes -dijo, más para sí mismo-. Sólo por si acaso escucho algo de la manera tradicional, con los oídos, deberías contarme los detalles.
Mientras atravesábamos lo que Alcide dijo que era la antigua estación de trenes, le hice un rápido resumen. Vi escuetamente un cartel de indicación que ponía AMITE mientras nos deteníamos bajo una marquesina que se extendía sobre una porción vacía de acera en los alrededores del centro de Jackson. La zona inmediatamente debajo de la marquesina estaba iluminada por una luz fría y brillante. De alguna manera, esa extensión de acera se me antojaba repugnantemente ominosa, sobre todo porque el resto de la calle estaba sumida en la oscuridad. La inquietud me recorrió la columna. Me sentí muy reacia a detenerme en ese sitio.
Era una sensación estúpida, me dije a mí misma. No era más que un tramo de cemento. No había bestias a la vista. Después de que cerraran los negocios a las cinco, Jackson no era una ciudad precisamente concurrida, ni siquiera en circunstancias normales. Estaba dispuesta a apostar a que la mayoría de las aceras del estado de Misisipi estaban desiertas en esa fría noche de diciembre.
Pero algo sospechoso flotaba en el aire, algo que nos vigilaba con una carga de malicia. Los ojos que nos observaban eran invisibles, pero ahí estaban a pesar de todo. Cuando Alcide salió de la camioneta y la rodeó para ayudarme a bajar, me di cuenta de que había dejado las llaves en el contacto. Saqué las piernas y puse las manos en sus hombros, con mi estola de seda firmemente enrollada y suelta por detrás, y sus flecos temblando bajo un soplo de aire helado. Me impulsé mientras él tiraba de mí y finalmente me encontré en la acera.
La camioneta se perdió en la noche.
Miré de lado a Alcide para ver si aquello lo había dejado también a él de una pieza, pero parecía antojársele lo más normal del mundo.
– Los vehículos aparcados en la parte de delante atraen al público general -me dijo, reduciendo su voz a un susurro en el vasto silencio de esa extensión de acera.
– ¿Puede entrar la gente normal? -pregunté, señalando a la solitaria puerta metálica. Reunía todos los requisitos para que una puerta no invitase a ser atravesada. No había ningún letrero; ni en ella, ni en el edificio. Tampoco había adornos de Navidad. (Obviamente los vampiros no celebran las vacaciones, salvo Halloween. Es la antigua festividad de Samhain, y está llena de disfraces que a los vampiros les encantan. Halloween es su gran momento, y se celebra en las comunidades vampíricas de todo el mundo.)
– Claro, si están dispuestos a pagar veinte dólares por beber los peores brebajes en cinco estados. Servidos por los camareros más groseros. Y sin prisas.
Traté de sonreír. No era precisamente un lugar que invitara a reír.
– Y ¿si salen de ésa?
– No hay espectáculos, nadie hablará con ellos, y si insisten en quedarse, se encontrarán en la acera, metiéndose en su coche sin un solo recuerdo de cómo llegaron aquí.
Tomó el pomo de la puerta y la abrió. El espanto que atenazaba el aire no pareció afectar a Alcide.
Dimos a un corto pasillo que estaba bloqueado por otra puerta, situada a algo más de un metro. De nuevo sentí que nos observaban, aunque no fui capaz de divisar ninguna cámara o mirilla disimulada en ninguna parte.