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Seducida por el millonario

Электронная книга - «Seducida por el millonario». Краткое содержание книги:

A Duncan Patrick, un poderoso hombre de negocios, no le gustaban los ultimátums, a menos que fuera él quien los diera. Pero la junta le estaba exigiendo que cambiara su dura imagen pública. Cuando conoció a la dulce Annie McCoy, profesora de guardería, supo que lo haría parecer como un ángel… aunque tendría que recurrir a manipulaciones diabólicas.
Consiguió que Annie se hiciera pasar por su amante, pero ahora necesitaba que lo fuera en la vida real. ¿Lograría el ejecutivo gruñón desplegar el encanto necesario para seducir a la mujer a la que casi había destruido?
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– Duncan, ¿por qué lo has hecho?

– Porque puedo hacerlo. ¿Tú eres la única que puede ser buena?

– No te hagas el razonable ahora -protestó Annie-. Me hace sentir incómoda.

– No es eso lo que pretendo -dijo él, poniéndose serio-. Sólo ha sido un cheque, no tiene la menor importancia.

– Un cheque enorme… dos, en realidad -Annie miró alrededor para comprobar que estaban solos-. Nos hemos acostado juntos, no puedes comprarme cosas.

Duncan volvió a sonreír.

– La mayoría de las mujeres dirían lo contrario, que después del sexo empiezan los regalos.

– No sé qué clase de mujeres conoces tú, pero está claro que no son las mismas que yo conozco -replicó ella, enfadada-. Además, tú y yo no estamos saliendo juntos. Tenemos un acuerdo y esto no es parte del acuerdo.

– ¿Te estás quejando porque te doy más de lo que esperabas?

No. Le preocupaba que si de repente Duncan empezaba a mostrarse como una buena persona, seguramente ella no sería capaz de decirle adiós sin que le rompiera el corazón.

Esa era la verdad. Claro. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Duncan era una fuerza de la naturaleza y ella sólo una chica normal. Él era rico, fuerte y poderoso. Se la había estado jugando desde el día que lo conoció.

– Yo… no tenías que hacerlo.

– Pero quería hacerlo, Annie.

– Sí, bueno… reconozco que ahora las cosas serán más fáciles. Gracias.

Duncan dio un paso adelante y tomó su cara entre las manos.

– ¿Lo ves? No ha sido tan difícil, ¿no?

– No.

Iba a besarla y ella iba a dejar que lo hiciera. Ya era demasiado tarde para protegerse a sí misma. Lo único que podía hacer era rezar para no quedar totalmente destrozada cuando aquello terminase. Una prueba de fuerza, pensó. Una prueba de fuego.

Duncan la besó de una manera que ya empezaba a ser familiar y Annie soltó las cartas, que cayeron al suelo, para echarle los brazos al cuello. Sentía tal pasión por él… lo deseaba en aquel mismo instante.

Sentía su erección, dura y gruesa, contra su vientre. Sería tan fácil hacerlo allí, sobre el escritorio. Pero el despacho estaba lleno de ventanales sin cortinas y cualquier podría entrar y verlos…

Duncan la besó de nuevo antes de soltarla.

– Un momento… tenemos que parar.

Ella asintió con la cabeza.

– Gracias por pagar las matrículas. Me ayuda mucho, de verdad.

– De nada -sonrió él, pasándole un brazo por los hombros para llevarla a la puerta-. Mi tío Lawrence quiere conocerte, por cierto.

– También a mí me gustaría conocerlo.

– ¿Qué tal si cenamos juntos el domingo?

– Muy bien, eso me gustaría.

Le gustarían muchas más cosas, pensó mientras volvía al coche. Le gustaría que hubiese una oportunidad para los dos, por ejemplo. Aunque era un deseo tonto, pensó luego. Duncan había dejado claro lo que quería desde el principio y, por lo que ella sabía, no era un hombre que cambiase de opinión sobre nada.

Después de despedir a Annie, Duncan tuvo serias dificultades para concentrarse en el trabajo. El informe que estaba leyendo le parecía mucho menos interesante y deseó ir tras ella. Tal vez podrían pasar la tarde juntos… y la noche. Pero tenía reuniones a las que acudir e informes que estudiar, se dijo. Además, algo le decía que debía tener cuidado. No quería que Annie se hiciera ilusiones porque no tenía intención de hacerle daño.

A las cuatro, su ayudante lo llamó para decir que la señora Morgan estaba esperando. Duncan miró su agenda y frunció el ceño porque no recordaba el nombre. Alguien del departamento de contabilidad, por lo visto.

– Dile que pase.

Unos segundos después, una mujer de unos cincuenta años entraba en el despacho con una sonrisa tímida.

– Señora Morgan…

– Gracias por recibirme, señor Patrick.

– De nada. Siéntese, por favor.

– Hablé con Annie en la fiesta de Navidad -empezó a decir ella, nerviosa-. Le conté algunas ideas que tenía y ella me animó a que hablase con usted.

Ah, qué típico de Annie, pensó Duncan, irritado y sorprendido a la vez.

– Annie cree firmemente en la comunicación.

La señora Morgan tragó saliva.

– Sí, bueno, verá, soy contable y, como sabe, tenemos que hacer cursos sobre cuestiones fiscales cada año.

– Sí, claro.

– Hace poco acudí a un curso sobre depreciación y ha habido varios cambios que podrían tener un gran impacto en la empresa. Si pudiera explicárselo…

La mujer abrió una carpeta y le entregó varios documentos. Luego, mientras él los estudiaba, le explicó que no estaban aprovechando las ventajas de las nuevas clasificaciones fiscales y los pequeños cambios eran importantes cuando se trataba de una gran flota de camiones, barcos y trenes.

– El ahorro en impuestos con esta nueva exención sería una cantidad de seis cifras.

– Impresionante -murmuró Duncan-. Gracias, señora Morgan. Le agradezco mucho que se haya tomado la molestia de contármelo. Hablaré con el director administrativo y le pediré que eche un vistazo a esas nuevas exenciones.

La mujer sonrió.

– Me alegro de haber podido ayudar.

Y era cierto, podía verlo en su expresión. Él siempre había dirigido la empresa con mano de hierro y jamás había confraternizado con los empleados. Para dirigir un imperio había que aprender a tener mentalidad de gran empresa o la empresa seguiría siendo siempre pequeña.

Pero, aunque él había aprendido la lección, nunca le había gustado. Ahora, viendo a la señora Morgan recoger sus papeles, entendía los beneficios de animar a los empleados. Tal vez Annie tenía razón, tal vez debería hablar más con ellos, confiar en que hicieran lo correcto y recompensarlos si aportaban alguna idea.

– Recibirá un cheque por el diez por ciento del dinero que nos ahorremos, señora Morgan.

Ella parpadeó, sorprendida.

– ¿Perdone?

– Va a ahorrarle a la empresa mucho dinero y lo más justo es que reciba una parte -dijo Duncan-. Es una nueva norma de la empresa. Quiero animar a la gente a que haga sugerencias que mejoren el negocio. Si llevamos a cabo la idea que propongan, el empleado recibirá un diez por ciento de los beneficios.

La señora Morgan se puso pálida.

– Pero el diez por ciento sería… más que el sueldo de un año entero.

Duncan se encogió de hombros.

– Entonces es un buen día de trabajo, ¿no?

– ¿Está seguro?

– Por supuesto.

– Gracias, señor Patrick. Yo… no sé qué decir. Gracias. Gracias.

Cuando llegó a la puerta, Duncan estaba seguro de que iba llorando.

Sonriendo, se echó hacia atrás en la silla. Se sentía bien… como si hubiera hecho una buena acción. Tal vez era posible que lo de ser una buena persona no estuviera tan mal, pensó, irguiéndose para escribir una nota al director de Recursos Humanos pidiéndole que informase de la nueva norma a todos los empleados. Tal vez alguien en Relaciones Públicas podría también informar a la prensa… y de ese modo conseguiría que lo sacaran de la lista de los empresarios más odiados.

Después de eso, seguiría adelante con su plan de comprar las acciones del consejo de administración para quedarse como único propietario, como a él le gustaba, sin tener que darle explicaciones a nadie. Aunque mantendría la nueva normativa. No por Annie, se dijo a sí mismo. La mantendría porque era una buena idea.

Capítulo Ocho

Annie llamó a la puerta del dúplex de Duncan. Estaba más nerviosa que durante la primera cita, pero la ansiedad no tenía nada que ver con él. Iba a conocer a su único pariente, el tío Lawrence, y quería caerle bien.

Llevaba una tarta y dos películas en DVD, pero no sabía si había hecho bien. Tal vez debería haber llevado a sus primas y a Kami para que lo distrajesen…

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