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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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– ¿Todo bien? -llamó Maria.

– Perfecto -fue la respuesta de Anthony, pero su voz sonó tensa incluso a sus propios oídos. Empezó a canturrear, algo que siempre hacía para relajarse.

Se dio media vuelta y se dispuso a dar un paso adelante. Al fin y al cabo, Maria le esperaba.

Pero otra vez notó aquel maldito perfume. Lirios. Podría jurar que eran lirios. Y jabón. Los lirios eran intrigantes, pero el jabón era comprensible. Un mujer práctica como Kate Sheffield se frotaría con jabón hasta quedarse bien limpia.

Su pie vaciló en el aire y su primer paso resultó ser corto en vez de la habitual zancada larga. No podía escapar a aquel olor, o sea, que continuó dándose la vuelta, su olfato le hizo torcer instintivamente la vista hacia donde sabía que no podía haber lirios, y sin embargo su aroma estaba allí, por imposible que pareciera.

Y entonces la vio.

Debajo de su escritorio.

Era imposible.

Sin duda esto era una pesadilla. Sin duda si cerraba los ojos y volvía a abrirlos, ella habría desaparecido.

Pestañeó. Ella continuaba allí.

Kate Sheffield, la mujer más exasperante, irritante y diabólica de toda Inglaterra, estaba agazapada, en cuclillas como una rana, debajo de su escritorio.

Fue un milagro que no dejara caer el whisky.

Sus miradas se encontraron, vio sus ojos muy abiertos a causa del pánico y el temor. Bien, pensó con furia. Merecía pasar miedo. Iba a curtirla a palos hasta que estuviera escarmentada.

¿Qué diablos estaba haciendo aquí? ¿Empaparle de la inmunda agua del Serpentine no era suficiente para su espíritu sanguinario? ¿No estaba satisfecha con sus intentos de frustrar el cortejo de su hermana? ¿Además tenía que espiarle?

– Maria -dijo con suavidad mientras avanzaba hacia el escritorio hasta pisar la mano de Kate. No pisó con fuerza pero la oyó chillar. Esto le produjo a Anthony una terrible satisfacción.

– Maria -repitió-. De pronto he recordado un asunto urgente de negocios del que debo ocuparme de inmediato.

– ¿Esta misma noche? -preguntó. Sonaba poco convencida.

– Eso me temo. ¡Uy!

Maria pestañeó.

– ¿Acaba de gemir?

– No -mintió Anthony e intentó no atragantarse con aquella palabra. Kate se había quitado el guante y había agarrado la rodilla de Anthony con la mano para clavarle las uñas directamente hasta la piel a través de los pantalones. Con fuerza.

Anthony confió al menos en que fueran sus uñas. Podrían haber sido sus dientes.

– ¿Está seguro de que no pasa nada? -preguntó Maria.

– Nada… en… -fuera cual fuera la parte del cuerpo que Kate clavaba en su pierna, se hundió un poco más- ¡absoluto! -La última palabra surgió más bien como un aullido y entonces sacudió la pierna hacia delante, dando contra algo que tuvo la leve sospecha de que era el estómago de Kate.

En circunstancias normales, Anthony hubiera preferido morir antes que pegar a una mujer, pero esto parecía un caso de veras excepcional. En realidad se regodeó un poco al propinarle una patada mientras ella permanecía allí agazapada.

Al fin y al cabo, ella le estaba mordiendo la pierna.

– Permítame que la acompañe hasta la puerta -le dijo a Maria mientras se sacudía a Kate del tobillo.

Pero la mirada de Maria mostró curiosidad. La cantante se adelantó unos pocos pasos.

– Milord, ¿hay un animal debajo de la mesa?

Anthony solté una risotada.

– Así podría decirse.

Kate le dio con el puño en el pie.

– ¿Es un perro?

Anthony consideró en serio ofrecer una respuesta afirmativa, pero ni siquiera él podía ser tan cruel. Por lo visto, Kate apreció su tacto poco característico ya que le soltó la pierna.

Anthony aprovechó entonces ese momento para apartarse con rapidez de detrás del escritorio.

– ¿Encontraría imperdonable mi rudeza -preguntó mientras avanzaba hasta Maria, cogiéndola luego por el brazo- si la acompañara sólo hasta la puerta en vez de llevarla hasta la sala de música?

Ella se rió, con un sonido grave y sensual que debería haberle seducido a él.

– Soy una mujer hecha y derecha, milord. Creo que puedo arreglármelas en esta distancia tan corta.

– ¿Me perdona?

Maria se fue hasta el umbral de la puerta que él mantenía abierta para ella.

– Sospecho que no hay ninguna mujer viva que pueda negarse a perdonarle con esa sonrisa.

– Es una mujer excepcional, Maria Rosso.

Ella se rió.

– Pero, por lo visto, no lo bastante.

Salió flotando y Anthony cerró la puerta con un chasquido decidido. Luego, seguramente un demoniejo sobre su hombro le pinchó y decidió dar una vuelta a la llave en la cerradura y metérsela en el bolsillo.

– Usted -dijo con un bramido mientras salvaba la distancia hasta el escritorio en cuatro largas zancadas-. Salga de ahí.

Al ver que Kate no se daba suficiente prisa, se agachó, le puso la mano en la parte superior del brazo y la sacó a rastras para ponerla de pie.

– Explíquese -ordené entre dientes.

A Kate casi se le doblan las piernas mientras la sangre volvía precipitadamente a sus rodillas que habían estado dobladas durante casi un cuarto de hora.

– Ha sido un accidente -dijo, y se agarró al borde del escritorio en busca de apoyo.

– Es curioso con qué sorprendente frecuencia surgen esas palabras de su boca.

– ¡Es verdad! -protestó-. Estaba sentada en el pasillo y… -tragó saliva. Él se había adelantado y ahora estaba muy, muy cerca-. Estaba sentada en el pasillo -dijo otra vez, la voz le sonaba insegura y ronca- y le oí venir. Simplemente intentaba evitarle.

– ¿Y por eso invadió mi despacho privado?

– No sabía que era su despacho. Yo… -Kate tomó aliento. Él incluso se había acercado más, sus amplias y planchadas solapas ahora estaban a tan sólo centímetros del corpiño de su vestido. Sabía que aquella proximidad era intencionada, que él pretendía intimidarla más que seducirla, pero aquello no sirvió para contener los frenéticos latidos de su corazón.

– Pienso que tal vez estaba informada de que éste era mi despacho -murmuró él y se permitió recorrer con el dedo índice el lado de su mejilla-. Tal vez no pretendía evitarme en absoluto.

Kate tragó saliva repetidamente, ya había dejado de tener sentido intentar mantener la compostura.

– ¿Humm? -Deslizó el dedo por la línea de la barbilla-. ¿Qué dice a eso?

Los labios de Kate se separaron, pero era incapaz de pronunciar una palabra aunque su vida dependiera de ello. Él no llevaba guantes-se los habría quitado durante su encuentro con Maria- y el contacto de su piel era tan poderoso que parecía controlar todo su cuerpo. Respiraba cuando él se detenía, dejaba de hacerlo cuando él se movía. No cabía duda de que su corazón latía al compás del puso de él.

– Tal vez -susurró él, tan cerca ahora que su aliento besó sus labios- deseaba en realidad alguna cosa más.

Kate intentó sacudir la cabeza pero sus músculos se negaban a obedecer.

– ¿Está segura?

En esta ocasión, su cabeza la traicionó y dio una pequeña sacudida. Anthony sonrió y ambos supieron que él había ganado.

Capítulo 7

También presentes en la velada musical de lady Bridgerton: la señora Featherington y sus tres hijas mayores (Prudence, Philippa y Penelope, ninguna de las cuales vestía con colores que favorecieran sus cutis); el señor Nigel Berbrooke (quien, como es habitual, tenía mucho que contar, aunque nadie salvo Philippa Featherington parecía interesada); y, por supuesto, la señora Sheffield y la señorita Katharine Sheffield.

Esta Autora supone que la invitación a las Sheffield incluía también a la señorita Edwina Sheffield, pero no se encontraba presente. Lord Bridgerton parecía de buen humor pese a la ausencia de la joven señorita Sheffield, pero, ay, su madre no podía disimular su decepción.

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