Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
1 ... 21 22 23 24 25 26 27 28 29 ... 85
Перейти на страницу:

Estaba claro que no era un despacho para darse tono: aquí trabajaba alguien.

Kate deambuló hasta el escritorio, la curiosidad la estaba dominando, y pasó los dedos distraídamente por el borde de madera. Había un ligero olor a tinta en el aire, tal vez incluso se detectaba un leve resto de humo de pipa.

En conjunto, decidió, era una habitación preciosa. Cómoda y práctica. Una persona podía pasar horas aquí ensimismado en perezosas reflexiones.

Pero mientras Kate se recostaba contra el escritorio, saboreando la tranquila soledad, oyó un sonido espantoso.

El chasquido del pomo de una puerta.

Con un resuello frenético, se lanzó debajo del escritorio, apretujándose en el cubo de espacio vacío y agradeciendo al cielo que el escritorio fuera tan sólido, en vez de esa clase de mesa que descansa sobre cuatro patas largas y delgadas.

Sin apenas respirar, escuchó.

– Pero he oído que éste va a ser el año en que por fin veamos al famoso lord Bridgerton caer en la trampa del párroco -llegó un cantarina voz femenina.

Kate se mordió el labio. Era una cantarina voz femenina con acento italiano.

– ¿Y dónde ha oído eso? -se oyó la voz inconfundible del vizconde, seguida por otro chasquido del pomo.

Kate cerró los ojos con gran agonía. Estaba atrapada en aquel despacho con una pareja de amantes. Sencillamente, la vida no le podía ir peor.

Bueno, podían descubrirla. Aquello sí que sería peor. De todos modos, era curioso que aquello no consiguiera animarla. Su situación era francamente difícil.

– Lo dicen por toda la ciudad, milord -contestó Maria-. Todo el mundo dice que ha decidido sentar cabeza y buscar esposa.

Hubo un silencio, pero Kate habría jurado oírle a él encogerse de hombros.

Algunas pisadas. Los amantes se acercaron a la mesa un poco más.

Luego Bridgerton murmuró:

– Probablemente ya era hora.

– Me rompe el corazón, ¿lo sabe?

Kate pensó que iba a darle una arcada.

– Vamos, vamos, mi dulce signorina- sonido de labios sobre la piel- ambos sabemos que su corazón es inmune a cualquiera de mis maquinaciones.

A continuación se oyó un roce de sedas, que Kate interpretó como el sonido de Maria apartándose con timidez, tras lo cual se oyó:

– Pero no soy aficionada a los escarceos, milord. No es que busque el matrimonio, por supuesto, pero la próxima vez que busque un protector digamos que será a largo plazo.

Pisadas. ¿Tal vez Bridgerton cruzaba de nuevo la distancia que les separaba?

Su voz sonó grave y ronca cuando dijo:

– No consigo entender cuál es el problema. -Bridgerton soltó una risita-. El único motivo para renunciar a la querida de uno puede surgir cuando uno ama a su esposa. Y puesto que no tengo intención de escoger una esposa de la que pueda enamorarme, no veo el motivo de negarme los placeres de una mujer preciosa como usted.

¿Y quiere casarse con Edwina? A Kate le costó no ponerse a chillar. La verdad, si no estuviera allí agazapada como una rana sujetándose los tobillos con las manos, lo más probable fuera que saliera como una furia a intentar matar a aquel hombre.

Luego se sucedieron unos pocos sonidos ininteligibles, que Kate rogó no fueran el preludio de algo considerablemente más íntimo. No obstante, tras un momento, la voz del vizconde surgió con claridad.

– ¿Le apetece algo de beber?

Maria murmuró una respuesta afirmativa y las zancadas enérgicas de Bridgerton reverberaron por el suelo, se acercaron más y más hasta que…

Oh, no.

Kate inspeccionó la licorera, que descansaba sobre la repisa de la ventana, directamente enfrente de su escondite debajo del escritorio. Si él continuaba de cara a la ventana mientras servía, Kate podría escapar sin ser detectada, pero si se volvía tan sólo noventa grados…

Se quedó paralizada. Paralizada por completo. Dejó de respirar del todo.

Con los ojos muy abiertos, sin pestañear (¿podían producir algún sonido los ojos?), observó con completo horror que Bridgerton aparecía ante su vista y su silueta atlética quedaba destacada de modo sorprendente desde aquel puesto aventajado en el suelo.

Los vasos entrechocaron un instante cuando él los dispuso para servir, luego retiró el tapón de la licorera y sirvió dos dedos de líquido ámbar en cada copa.

No te vuelvas. No te vuelvas.

– ¿Todo bien? -llamó Maria.

– Perfecto -respondió Bridgerton aunque sonaba algo distraído. Alzó las copas y canturreó algo para sí mismo mientras su cuerpo empezaba a volverse con parsimonia.

Continúa andando. Continúa andando. Si se apartaba de ella mientras se daba la vuelta, volvería al lado de Maria y ella estaría a salvo. Pero si se daba la vuelta y luego caminaba, podía darse por muerta.

Sin duda él la mataría. Con toda franqueza, aún le sorprendía que no lo hubiera intentado la semana anterior en el Serpentine.

Anthony se volvió despacio. Y se volvió un poco más. Y no caminó.

Y Kate intentó adivinar cuál era el motivo de que no le pareciera de pronto algo tan malo morir a los veintiún años.

Anthony sabía muy bien cuál era el motivo de haber traído a Maria Rosso a su estudio. Estaba claro que ningún hombre de sangre caliente podía quedar inmune a sus encantos. Tenía un cuerpo exuberante, una voz embriagadora y sabía por experiencia que el contacto con ella era igualmente potente.

Pero aun cuando tomaba un mechón de sedoso cabello azabache y aquellos labios carnosos que formaban un puchero, aun cuando sus músculos entraban en tensión con el recuerdo de otras partes carnosas, estrechas, de su cuerpo, sabía que la estaba utilizando.

No se sentía culpable por utilizarla para su propio placer. A ese respecto, ella le estaba utilizando también a él. Y al menos ella se vería compensada por ello, mientras que a él le costaría varias joyas, una asignación trimestral y el alquiler de una casa elegante en una parte bastante elegante de la ciudad, aunque tampoco demasiado.

No, el motivo de que se sintiera inquieto, de que se sintiera frustrado, de que tuviera ganas de atravesar con el puño un muro de ladrillo, era que estaba utilizando a Maria para sacarse de la cabeza aquella pesadilla que era Kate Sheffield. No quería volver a despertarse torturado, con una erección, sabiendo que Kate Sheffield era la causa. Quería hundirse en otra mujer hasta que todo recuerdo de aquel sueño se disolviese y se desvaneciera en la nada.

Porque Dios sabía que nunca iba a tomar parte activa en esa fantasía erótica particular. Ni siquiera le gustaba Kate Sheffield. La idea de acostarse con ella le provocaba un sudor frío, aunque extendiera una oleada de deseo por sus entrañas.

No, la única manera de que el sueño se hiciera realidad era que Anthony estuviera delirando de fiebre… y ella tal vez tendría que estar delirando también… y quizá los dos tendrían que haberse perdido en una isla desierta o estar sentenciados a muerte a la mañana siguiente o…

Sintió un estremecimiento. Aquello, sencillamente, no iba a suceder.

Pero, qué diantres, aquella mujer tenía que haberle hechizado. No había otra explicación para aquel sueño, no, mejor dicho, aquella pesadilla. Y aparte de eso, incluso en aquel preciso instante podía olerla. Era aquella mezcla enloquecedora de lirios y jabón, aquel roma cautivador que se había apoderado de él mientras estaban en Hyde Park la semana pasada.

Aquí estaba él, sirviendo una copa del mejor whisky a Maria Rosso, una de las pocas mujeres que sabía apreciar ambas cosas, un buen whisky y la embriaguez diabólica que venía a continuación, y lo único que podía oler era el maldito aroma de Kate Sheffield. Sabía que estaba en la casa -y estaba medio dispuesto a matar a su madre por aquello-, pero esto era ridículo.

1 ... 21 22 23 24 25 26 27 28 29 ... 85
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)