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El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
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– Escucha -le repitió, con el fin de sosegarla-, sólo estamos aquí para hablar contigo. Ya sé que no te apetece nada recordar lo que pasó esa noche, así que intentaremos ser breves. Limítate a contestar a mis preguntas, ¿de acuerdo?

Ella asintió.

– ¿A qué hora llegasteis a casa de Marc?

– Sobre las ocho. Bueno -rectificó-, yo llegué a las ocho. Aleix vino más tarde. No sé qué hora era. Las nueve o algo así…

– De acuerdo. -Él seguía mirándola con expresión amable-. ¿Y cuál era el plan?

Se encogió de hombros.

– Ninguno en especial…

– Pero tú pensabas quedarte a dormir, ¿no?

La pregunta la puso nerviosa. Miró a su madre, que hasta el momento había permanecido en silencio, atenta a las preguntas y a las respuestas.

– Sí.

– ¿Y qué pasó luego? ¿Bebisteis, pusisteis música? ¿Cenasteis algo?

Gina entrecerró los ojos. La rodilla empezó a temblarle.

– Inspector, por favor -intervino Regina-. Todo esto ya se lo preguntaron al día siguiente. -Miró a la agente Castro en busca de una confirmación a sus palabras-. Ha sido algo muy desagradable para ella. Marc y Gina se conocían desde hace años, eran como hermanos.

– No. -Gina abrió los ojos de repente y su tono amargo los sorprendió a todos-. ¡Estoy harta de oír eso, mamá! No éramos hermanos. Yo, yo… le quería. -Su madre intentó cogerle la mano, pero ella la rechazó y se volvió hacia el inspector con más decisión-. Y sí, bebimos, pusimos música. Preparamos unas pizzas en la cocina. No es que hiciéramos nunca nada especial, pero estábamos juntos. Eso era lo especial.

Héctor la dejó hablar sin interrumpirla e hizo un gesto hacia su compañera para que tampoco dijera nada.

– Luego llegó Aleix. Y cenamos. Y bebimos más. Y escuchamos más música. Como habíamos hecho muchas otras veces. Hablamos de la Selectividad, y de Dublín, y de los ligues de Aleix. Hacía tiempo que no estábamos los tres juntos. Como antes.

A Héctor no le pasó desapercibido el gesto de sorpresa de Regina. Fue momentáneo, un simple arqueo de cejas, pero estuvo ahí. Gina prosiguió, cada vez más acelerada:

– Entonces sonó una canción que nos gustaba y empezamos a bailar como locos, y a cantar a gritos. Al menos Aleix y yo, porque Marc se calló enseguida y volvió a sentarse. Pero nosotros seguimos bailando. Era una fiesta, ¿no? Eso le dijimos, pero no estaba de humor… Aleix y yo subimos el volumen, ya no recuerdo qué sonaba. Estuvimos bailando un rato hasta que de repente Marc cortó la música. -¿Estaba preocupado por algo?

– No sé… Había vuelto muy raro. Más serio. Casi no le había visto en los dos meses que llevaba aquí. Sí, yo estaba estudiando y todo eso, pero casi no llamaba.

– Pero… -intervino Regina. Su hija la cortó: -Y entonces Aleix dijo que si se había acabado la fiesta, él se iba. Discutieron. Y me jodió, porque lo estaba pasando bien, como antes. Así que cuando Aleix se marchó le pregunté a Marc qué le pasaba. -Hizo una pausa, y pareció a punto de romper a llorar-. Me dijo «has bebido mucho, mañana estarás fatal» o algo así, y era verdad, supongo, pero me enfadé y me fui a su cama y estuve un rato esperando… y, bueno, vomité en el cuarto de baño, pero lo limpié todo, y me cogió frío de repente y me acosté porque la habitación me daba vueltas y tenía como escalofríos. -Las lágrimas rodaban entonces por sus mejillas sin que hiciera nada por detenerlas. Su madre la rodeó con el brazo y esta vez Gina no rehuyó el contacto-. Y ya está. Cuando me desperté, ya había pasado todo.

La chica se refugió en los brazos de su madre, como un pajarillo. Regina la mantuvo abrazada y, dirigiéndose al inspector, dijo con severidad:

– Creo que ya basta, ¿no? Como pueden ver, a mi hija le afecta mucho todo esto. No quiero que tenga que repetir la misma historia una y otra vez.

Héctor asintió y miró a Leire de reojo. Ésta no terminó de entender lo que quería decirle él con esa mirada, pero sí estaba segura de que en ese momento, protegida por su madre, Gina no les diría nada más. Y, a pesar de que las lágrimas de la joven parecían sinceras, ella había notado cierta relajación en la postura de Gina tras las últimas palabras de su madre. Iba a decir algo, pero Regina se le adelantó:

– Todavía recuerdo lo terrible que fue a la mañana siguiente. -Los focos de la pasarela volvían a la actriz principal, que reclamaba representar su papel.

Héctor le siguió el juego.

– ¿Cómo se enteró de lo sucedido?

– Gloria me llamó a primera hora de la mañana para decírmelo. ¡Dios! No podía creerlo… Y aunque me dijo enseguida que Gina estaba bien, que había sido el pobre Marc quien había… Bueno, no me quedé tranquila hasta que la vi. -Abrazó a su hija con más fuerza.

– Por supuesto -afirmó el inspector-. ¿Habían celebrado una fiesta en el chalet de los Castells?

La mujer esbozó una sonrisa irónica.

– Llamarlo fiesta es una exageración, inspector. Dejémoslo en una simple cena de amigos. Gloria es un encanto, y una de las mujeres más organizadas que conozco, pero lo suyo no son precisamente las fiestas.

– ¿Quiénes estaban?

– Éramos sólo siete: los Rovira, los Castells, mi marido y yo, y el hermano de Enric, el mossén. Bueno, y Natalia, claro. La hija adoptiva de los Castells -aclaró.

– ¿Se retiraron temprano?

Si Regina pareció sorprendida por la pregunta, no dio muestras de ello.

– ¿Temprano? No sabría decirle, a mí la noche se me hizo eterna. No me aburría tanto desde la última película turca que me llevó a ver Salvador. Imagínese: los Rovira, que dedican más tiempo a bendecir la mesa que a comer. Será porque creen que disfrutar de la comida es un pecado de gula o de avaricia. Y Gloria, que se pasó toda la cena levantándose para ver si los petardos molestaban a su niña. Le dije que los chinos llevan siglos jugando con la pólvora, pero me miró como si fuera imbécil.

Gina lanzó un suspiro de fastidio.

– Mamá, no seas mala. Gloria no es tan histérica. Y Natalia es un sol, siempre que me quedo de canguro se duerme enseguida. -Y, dirigiéndose al inspector, añadió, con un leve toque de ironía-: Mi madre no soporta a Gloria porque aún usa una talla treinta y seis, y porque está estudiando una carrera.

– Gina, no digas tonterías. Aprecio mucho a Gloria, ha sido lo mejor que podía pasarle a Enric: encontrar a una esposa como las de antes. -Si el comentario pretendía ser elogioso, el tono expresaba a las claras cierto desdén-. Y admiro su capacidad de organización, pero eso no quita que la fiesta fuera un tostón: mi marido, Enric y el cura hablaron largo y tendido de la situación desastrosa de Catalunya en estos momentos, de la crisis, de la falta de valores… Para colmo, ahora una ni siquiera puede tomarse una copa con la de controles que ponen en la carretera durante la noche de San Juan. -Lo dijo como si eso fuera responsabilidad directa del inspector Salgado.

– ¿A qué hora volvieron?

– Serían alrededor de las dos cuando llegamos a casa. Salvador llega mañana de viaje. Se lo preguntaré, él se fija mucho más en las horas que yo.

Mientras su madre hablaba, Gina se levantó y fue a buscar un pañuelo de papel. Leire la siguió con la mirada. Las lágrimas habían terminado y en su lugar, durante un momento, apareció algo parecido a la satisfacción. Movida por un impulso, Leire se levantó y se dirigió a la chica.

– Perdona -le dijo-, tengo que tomarme una pastilla. ¿Te importa darme un vaso de agua? Voy contigo, no hace falta que lo traigas.

Siente un manotazo en la boca, dado con el dorso de la mano por el tipo que tiene delante. Es más humillante que doloroso. Un hilo de sangre salada le mancha el labio.

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