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El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
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Gina Martí los recibió en la puerta, y no hacía falta ser un genio de la observación para reparar en que había estado llorando hacía poco: la nariz enrojecida, los ojos vidriosos. Detrás de ella había un joven de expresión seria, respetuosa, a quien Leire reconoció al instante como Aleix Rovira.

– Mi madre está a punto de llegar -dijo la chica después de que Héctor se presentara. Parecía dudar entre si lo correcto era conducirlos al salón o permanecer de pie, en el recibidor. Aleix decidió por ella y los invitó a entrar, adoptando el papel de anfitrión.

– He pasado a ver a Gina -comentó, como si su presencia necesitara una justificación-. Si quieren hablar con ella a solas, me voy -añadió. Su tono era protector, cariñoso. Pero la chica siguió seria, tensa.

Ya sentados en el salón, Salgado observaba a Gina Martí, y por primera vez en toda la tarde Leire vio en los ojos del inspector un atisbo de empatía. Mientras él le explicaba, en tono tranquilizador, que estaban allí sólo para hacerle unas preguntas y Aleix asentía, de pie a su lado, con una mano apoyada en su hombro, ella contempló el salón de los Martí y decidió que no le gustaba en absoluto. Las paredes estaban forradas de estanterías atestadas de libros, la mesa y el resto de muebles eran de madera oscura y los sillones y butacas estaban tapizados en un verde oscuro. El conjunto, completado con densos bodegones enmarcados con gruesos marcos dorados y paredes pintadas de un tono ocre claro, ofrecía un aire levemente antiguo, claustrofóbico. Polvoriento, aunque estaba segura de que si pasaba un dedo por la mesa no recogería ni una mota de suciedad. Las cortinas, espesas y de color verde como los sillones, estaban corridas, lo que contribuía a esa sensación de penumbra y falta de aire. Justo entonces oyó las últimas palabras del inspector.

– Esperaremos a que llegue tu madre si lo prefieres.

Gina se encogió de hombros. Evitaba mirar directamente a su interlocutor. Eso podía ser simple timidez, se dijo Leire, o también el deseo de ocultar algo.

– Los dos conocíais a Marc desde hacía tiempo, ¿no?

Aleix tomó la palabra antes de que Gina pudiera hacerlo.

– Sobre todo Gina. De eso estábamos hablando ahora mismo. Este verano está siendo muy raro sin él. Y, además, no puedo quitarme de la cabeza que termináramos medio enfadados. Yo me fui a casa antes de lo previsto, y ya no volví a verle.

– ¿Por qué os enfadasteis?

Aleix se encogió de hombros.

– Por una tontería. Apenas recuerdo ahora cómo empezó. -Miró a su amiga, como buscando confirmación, pero ella no abrió la boca-. Marc había vuelto distinto de Dublín; mucho más serio, irritable. Se enfadaba por cualquier cosa, y esa noche me harté. Era la verbena de San Juan y no tenía ganas de aguantarlo. Suena fatal ahora, ¿verdad?

– Según tu declaración anterior, te fuiste directamente a casa.

– Sí. Mi hermano estaba despierto y lo ha confirmado. Estaba de mal humor por la discusión, y algo borracho también, así que me acosté enseguida.

Salgado asintió y esperó a que la chica añadiera algo, pero ella no lo hizo. Tenía la mirada puesta en algún punto del suelo y sólo la levantó cuando se oyó girar la llave en la cerradura de la puerta y una voz gritó desde el recibidor:

– Gina, cielo… ¿Han llegado ya? -Unos pasos rápidos precedieron la entrada de Regina Ballester-. Dios, ¿qué hacéis aquí a oscuras? Esta mujer quiere que vivamos en una tumba. -Sin prestarles la menor atención, la aparición rubia caminó rápidamente hacia las cortinas y las descorrió. Un chorro de luz invadió el salón-. Esto ya es otra cosa.

Y lo era, aunque no sólo por la luz. Existen personas que llenan los espacios, personas cuya presencia carga el ambiente. Regina Ballester, en menos de un minuto, había convertido una biblioteca rancia en una pasarela luminosa, en la que, eso sí, ella actuaba como modelo principal. Y única.

Salgado se había levantado para estrechar la mano a la señora Ballester, y en los ojos de ésta Leire vio una mirada apreciativa aunque cauta.

– Creo que ya conoce a la agente Castro.

Regina asintió con un movimiento de cabeza rápido, indiferente. La agente Castro, estaba claro, no le suscitaba demasiado interés. De todos modos, su saludo más frío fue sin duda para el invitado a quien no esperaba encontrar. Aleix seguía junto a Gina, susurrándole algo al oído.

– Bueno, pues yo me voy ya. Sólo había venido a ver a Gina.

– Muchas gracias, Aleix. -Era obvio que la marcha del chico no le causaba ningún disgusto a Regina Ballester.

– Hablamos, ¿vale? -dijo él a su amiga. Se fue hacia la puerta, pero antes de salir se volvió-. Inspector, no sé si yo puedo ayudarles en algo, pero si es así… Bueno, estoy a su disposición. -En boca de otro chico, la frase habría sonado hueca, excesivamente formal. Pero en él era respetuosa, amable sin ser servicial.

– Creo que no hará falta, pero muchas gracias -repuso Salgado.

Como había dicho el profesor Esteve, Aleix Rovira podía ser un chico encantador.

Capítulo 10

Los faros de un coche aparcado le lanzaron un par de ráfagas justo cuando doblaba la esquina de su calle montado en la bici. Viejo y con una abolladura lateral, llamaba la atención en ese barrio tranquilo de casas con jardín y garajes privados. Por un momento tuvo la tentación de dar media vuelta, o de pasar de largo a toda velocidad, pero sabía que eso sólo significaba retrasar lo inevitable. Además, lo que menos le convenía era que alguien de su casa lo viera con un pintas como Rubén. Así que, intentando aparentar tranquilidad, se acercó a la ventanilla y desmontó de la bicicleta.

– Vaya, por fin apareces, tío -le dijo el tipo que estaba sentado en el asiento del conductor-. Estaba a punto de ir a buscarte a casa.

Aleix esbozó una sonrisa forzada.

– Pensaba llamarte ahora mismo. Escucha, necesito…

El otro meneó la cabeza.

– Tenemos que hablar. Sube al coche.

– Entro en casa a dejar la bici. Vuelvo enseguida.

No esperó a que le contestara: cruzó la calle, abrió la puerta blanca del jardín y empujó la bicicleta hacia el interior. En menos de un minuto estaba sentado en el coche; se volvió para comprobar si alguien de su casa le había visto entrar y salir.

– Arranca ya -le pidió.

El otro no dijo nada. Puso el coche en marcha y avanzó por la calzada despacio. Aleix se puso el cinturón e inspiró profundamente. No le sirvió de mucho; cuando habló, su voz seguía siendo nerviosa.

– Oye, tenéis que darme más tiempo… Joder, Rubén, estoy haciendo lo que puedo.

Rubén se mantuvo en silencio. Extrañamente callado. Como un chófer en lugar de un colega. No era mucho mayor que Aleix y, de hecho, su delgadez le hacía parecer incluso más joven. A pesar del tatuaje que descendía por su brazo y de las gafas de sol, tenía un aire aniñado, acentuado por el chándal y la camiseta blanca. Nadie habría dicho que llevaba años currando, primero de camarero y luego en una obra, hasta que cerraron tanto el bar como los andamios. No se volvió hacia su acompañante hasta que tuvo que detenerse en un semáforo.

– La has cagado, tío.

– Joder, ya lo sé. ¿Qué quieres que haga ahora? ¿Crees que puedo conseguir la pasta así, en un par de días?

El otro meneó la cabeza de nuevo, apesadumbrado.

– Por cierto, ¿adónde vamos? -preguntó Aleix.

De nuevo, Rubén no contestó.

En el salón de los Martí, Héctor observaba con atención a la chiquilla que tenía delante. A pesar de sus dieciocho años, Gina tenía todo el aire de una niña indefensa. Y, desde luego, intranquila. Se dijo que lo mejor que podía hacer era formularle preguntas directas, al menos al principio: dirigir el interrogatorio con preguntas neutras hasta que ella se sintiera más cómoda.

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