Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » El verano de los juguetes muertos
El verano de los juguetes muertos - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El verano de los juguetes muertos

Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:

El inspector Héctor Salgado lleva semanas apartado del servicio cuando le asignan de manera extraoficial un caso delicado. El aparente suicidio de un joven va complicándose a medida que Salgado se adentra en un mundo de privilegios y abusos de poder. Héctor no solamente deberá enfrentarse a ello, sino también a su pasado más turbio que, en el peor momento y de modo inesperado, vuelve para ajustar cuentas.
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
1 ... 16 17 18 19 20 21 22 23 24 ... 68
Перейти на страницу:

– ¿Ves lo que pasa por contestar? -le dice el calvo, alejándose un poco-. Anda, sé un buen chico y prueba con otra respuesta.

Tiene al calvo tan cerca que nota su aliento en la cara. Aire caliente salpicado de saliva. El otro está a su espalda y le rodea los hombros con un brazo que parece una tenaza. Rubén, sentado en un rincón del cuarto, desvía la mirada.

No es la primera vez que Aleix está en ese locaclass="underline" un antiguo garaje de la Zona Franca al que ha ido varias veces a pillar cocaína. Por eso ha dejado que Rubén lo lleve hasta allí, sin imaginar que dentro le esperaban los otros dos. Ni siquiera sabe sus nombres; sólo que están cabreados. Y con razón. Aleix está sudando, y no sólo por el calor. El primer puñetazo en el estómago lo deja sin aire. Abre mucho los ojos, realmente sorprendido. Cuando intenta explicarse siente otro golpe, y otro. Y otro más. Ni siquiera intenta zafarse del gordo: trata de poner la mente en blanco. Ellos no saben que de pequeño había tenido que soportar ya tanto dolor que éste ha dejado de asustarle. Se repite a sí mismo: «Esto es sólo una advertencia, un aviso». Quieren la pasta, no matarlo, ni nada de eso. Pero cuando el calvo deja de pegarle el tiempo suficiente, le ve la cara. El muy cabrón está disfrutando. Y es entonces cuando siente pánico; al ver esos ojos inyectados de satisfacción, una mano apoyada sobre el paquete como si fuera a masturbarse. Adivina lo que está pensando como si su frente fuera un cristal transparente y sus intenciones estuvieran escritas al otro lado. Clava la mirada en el bulto que se le ha formado al calvo en la entrepierna e intenta transformar el terror que siente en una mueca irónica. Cuando el otro le asesta dos nuevos puñetazos, sabe que lo ha conseguido y casi agradece el dolor. Es mejor que otras cosas.

– ¡Basta! -Rubén se ha levantado de la silla y se acerca hacia los otros.

El puño del calvo se queda suspendido en el aire y la tenaza se afloja un poco. Lo bastante para que Aleix resbale, como una mancha de líquido en una pared, hasta caer de rodillas. Entre una bruma de dolor, oye los pasos de Rubén, acercándose. Se arrodilla a su lado y le habla en voz tan baja que ni siquiera oye lo que le dice.

– Tienes suerte de que esté aquí éste. -El calvo mira su reloj-. Te damos cuatro días; el martes que viene vendremos a cobrar.

Aleix asiente porque no puede hacer otra cosa. Siente una mano apoyada en su hombro que le ayuda a levantarse. Se apoya en Rubén, que parece dolido.

– Lo siento, tío -le susurra al oído. Y Aleix nota que es sincero. Que a pesar de que ha tenido que conducirlo hasta esa encerrona, se preocupa por él.

– Llévalo a casita -le dice el calvo-. Ya sabe lo que tiene que hacer.

Rubén le agarra por los hombros y lo lleva hasta la puerta. Al salir, Aleix tiene que pararse: se le revuelven las tripas, le lloran los ojos. Y, lo que es peor, le pesa el miedo de no saber cómo salir de ésta.

En la cocina, Leire se bebió el vaso de agua despacio, mientras pensaba en cómo enfocar el asunto. Gina la observaba con el semblante inexpresivo. Había algo ahí detrás, algo que se atisbaba tanto en las lágrimas amargas de antes como en su mirada apática de ahora.

– ¿Tienes alguna foto de Marc? -le preguntó, en un tono amistoso-. Me gustaría ver cómo era. -Fue un tiro al aire, pero dio resultado. Gina se relajó y asintió.

– Sí, las tengo en mi cuarto.

Subieron la escalera hasta la habitación y Gina cerró la puerta. Se sentó al ordenador y tecleó deprisa.

– Tengo muchas en mi Facebook -le dijo-. Pero éstas son las de la noche de San Juan. No me acordaba de que las había hecho.

Eran fotos improvisadas. Las pizzas, las copas, la tradicional coca de piñones. Había un par de Aleix, pero la mayoría eran de Marc. El cabello rapado al uno, una camiseta azul marino con números blancos y unos téjanos desgastados. Un chico normal, tirando a guapo, aunque demasiado serio para estar en una fiesta. Leire contemplaba tanto las fotos como la cara de Gina, y si albergaba aún alguna duda de que la chica había estado enamorada, ésta se disipó de inmediato.

– Estabas preciosa. -Y era verdad. Resultaba evidente que la chica se había arreglado para aquella noche. Leire la imaginó vistiéndose para gustarle. Y había terminado borracha y sola, después de vomitar en el cuarto de baño. La pregunta saltó a sus labios sin pensar-: Había conocido a otra chica, ¿verdad? En Dublín, quizá.

Gina se puso tensa al instante y minimizó la pantalla. Pero su cara daba la mejor respuesta posible.

– Espera. -Un recuerdo súbito apareció en la cabeza de Leire: el cadáver de Marc en el suelo del patio, sangre seca en la parte posterior de la cabeza, téjanos, zapatillas… Y sí, estaba segura, un polo de color verde claro que nada tenía que ver con la camiseta azul-. ¿Se cambió de ropa?

Aleix se lo había dicho: «Si de repente no sabes qué contestar, di que no te acuerdas». Gina intentó aparentar desconcierto.

– ¿Por qué lo dice?

– La ropa con la que lo encontraron no es la misma que lleva en esas fotos.

– ¿No? La verdad es que no me acuerdo. -La rodilla le temblaba sin que pudiera pararla. Se levantó y fue hacia la puerta. El gesto era inequívoco: la conversación había terminado.

El viejo Citroën se paró en la misma esquina donde había recogido a Aleix hacía un par de horas. No habían hablado durante todo el camino: Aleix porque apenas podía articular palabra; Rubén porque no tenía nada que decir.

– Espera un momento -balbuceó Aleix.

El conductor apagó el motor. Siguió en silencio.

Rubén encendió un cigarrillo.

– Esos van en serio -le dijo, sin mirarlo-. Esta vez hay mucha pasta en juego, tío. Tienes que conseguir el dinero como sea.

– ¿Crees que no lo sé? ¡Mierda, Rubén!

– Consigue la pasta, tío. Pídesela a tus viejos, a tus colegas, a tu amiguita… Está forrada, ¿no? Si alguno de mis amigos necesitara cuatro mil euros, yo los sacaría de debajo de las piedras. Te lo juro.

Aleix suspiró. ¿Cómo explicarle a Rubén que precisamente la gente que más dinero tenía era la más reacia a soltarlo?

El humo huía por la ventanilla abierta, pero dejaba un rastro de olor en el coche. Aleix creyó que iba a vomitar.

– ¿Estás bien?

– No lo sé. -Asomó la cabeza en busca de aire, un gesto inútil con ese bochorno. Inspiró con fuerza de todos modos.

– Oye -Rubén había arrojado la colilla a la calle-, quiero que sepas una cosa: mi cabeza también está en juego. Si esa gente llega a creer que te has quedado con… ya sabes… Compiten en otra liga, tío. Ya te lo dije.

Era cierto. Los tratos entre Aleix y Rubén se remontaban a un año atrás, y habían empezado casi como un juego: la posibilidad de sacarse unas rayas gratis a cambio de colocar parte de la mercancía en ambientes a los que Rubén no tenía acceso. Aleix se había divertido haciéndolo; era una forma de transgredir las reglas, de dar un pequeño paso hacia el otro lado. Y cuando, semanas atrás, en vista de que el negocio funcionaba mejor que bien, Rubén le había propuesto aumentar el volumen de ventas gracias a estos nuevos colegas, él no se lo había pensado dos veces. La noche de San Juan llevaba encima cocaína suficiente para animar las fiestas de media ciudad.

– Joder, ¿cuántas veces tengo que decirlo? Marc se cabreó conmigo y la tiró por el retrete. No pude hacer nada. ¿Crees que estaría aguantando todo esto si pudiera evitarlo?

– ¿Por eso lo empujaste?

La pausa fue demasiado tensa, como una goma elástica estirada al máximo.

– ¿Qué?

Rubén desvió la mirada.

– Fui a buscarte, tío. La noche de San Juan. Sabía dónde estabas, así que cuando me cansé de llamarte, cogí la moto y me planté en casa de tu colega.

Aleix lo miraba atónito.

– Era tarde, pero la luz de la buhardilla estaba encendida. Se veía desde el otro lado de la verja. Tu colega estaba en la ventana, fumando. Volví a llamarte al móvil y ya me iba cuando…

1 ... 16 17 18 19 20 21 22 23 24 ... 68
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)