La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— Es una vista muy bonita y romántica —comentó Pasha. Al fijarse en que Richard miraba hacia abajo, hacia otras secciones de palacio, señaló hacia allí y le advirtió, agitando un dedo hacia él—. Al otro lado de ese patio se encuentran algunas de las dependencias de las mujeres. No te acerques por allí. A no ser que una Hermana te invite a ir a su alcoba —añadió en un susurro.
— ¿Cómo debo llamarte? —quiso saber Richard—. ¿Hermana Pasha?
La joven soltó una risita nerviosa.
— No. Soy una novicia, aunque espero llegar un día a ser una Hermana, si demuestro contigo que soy digna de ello. Hasta entonces soy simplemente Pasha.
Richard dio media vuelta y la miró directamente a los ojos con mirada feroz.
— Yo me llamo Richard. ¿Acaso te cuesta recordarlo?
— Mira, me has sido asignado y…
— Si es demasiado difícil para que lo recuerdes, no tienes ninguna posibilidad de llegar a ser una Hermana, porque si insistes en tratar de rebajarme no llamándome por mi nombre, me encargaré de que fracases en esta prueba. —Richard se inclinó hacia ella, que lo miraba con los ojos muy abiertos—. ¿Lo entiendes bien, Pasha?
La joven tragó saliva.
— ¡No permitiré que me levantes la voz, jovenci…! —Pasha alzó ligeramente el mentón—. No permitiré que me alces la voz, Richard.
— Eso está mejor. Gracias. —Richard confió en que Pasha se diera por satisfecha; no estaba de humor para ser amable si ella no lo era.
El joven le dio la espalda. Desde ese balcón apenas se veía nada que pudiera interesarle, por lo que entró de nuevo en la alcoba. Pasha lo siguió.
— Escúchame bien, Richard, será mejor que aprendas buenos modales o tendré que…
Eso colmó la paciencia de Richard. Giró hacia ella tan bruscamente que Pasha estuvo a punto de chocar con él.
— Nunca has tenido ningún pupilo, ¿verdad? —Pasha no se movió—. Yo diría que ésta es la primera vez que se te asigna una responsabilidad y estás muerta de miedo de estropearlo todo. Debido a tu inexperiencia, crees que si actúas como una tirana lograrás que los demás piensen que tienes el control de la situación.
— Bueno, yo…
La voz de la joven se fue apagando conforme Richard se inclinaba hacia ella y le acercaba mucho el rostro.
— No deberías tener miedo de que me dé cuenta de que nunca has mandado a nadie, Pasha. De lo que deberías tener miedo es de que te mate.
La joven entornó los ojos, indignada.
— No te atrevas a amenazarme.
— Para ti esto es un juego. El modo de cumplir unas reglas arcanas es pavonearte por ahí, llevando de la correa a tu cachorro y enseñarle a lamerte una mano, para así subir de rango.
Richard apretó los dientes.
— Pero para mí no es un juego, Pasha —prosiguió, bajando la voz—. Para mí es cuestión de vida o muerte. Soy un prisionero, encadenado a un collar como una bestia o un esclavo. Vosotras decidís hasta qué punto tengo control de mi vida. Sé perfectamente que vais a torturarme para quebrar mi voluntad.
»Te equivocas si piensas que te estoy amenazando, Pasha. Esto no es una amenaza. Es una promesa.
»Tú no eres amiga mía, sino mi carcelera. —Richard alzó un dedo frente al rostro de Pasha y le advirtió—. No me des nunca la espalda o te mataré, al igual que maté a la última persona que me mantuvo prisionero con un collar.
Pasha parpadeó.
— Richard, no sé qué te ocurrió en el pasado, pero yo no soy así. Si deseo convertirme en una Hermana de la Luz es para ayudar a mis semejantes a ver la bondad del Creador.
Richard notaba que estaba peligrosamente cerca de perder el control de la magia y tuvo que hacer un esfuerzo por ponerle freno. Tenía otras cosas que hacer.
— No me interesan tus cuestiones teológicas. Tú recuerda lo que te he dicho.
Pasha sonrió.
— Lo haré. Te pido perdón por hacerte enfadar llamándote jovencito. Por favor, perdóname. Es la primera vez que hago esto y trataba de seguir las reglas que me han enseñado.
— Olvida las reglas. Sé tú misma y te irá mejor en la vida.
— Si eso ayuda a que creas que solamente pienso en tu bien, lo haré. Ven, siéntate en el borde de la cama.
— ¿Por qué?
Aunque Pasha no se movió, Richard notó un suave empujón. Algo lo impulsó hacia atrás, obligándolo a sentarse al borde del lecho.
— No…
Pasha se aproximó a él hasta colocarse entre sus piernas.
— Chsss. Déjame hacer mi trabajo. Ya te he dicho antes que es preciso que mi han conozca el rada’han que llevas, para así saber dónde te encuentras en todo momento.
Pasha posó las manos a ambos lados de su cuello, por encima del collar y cerró los ojos. Los senos, que quedaron justo delante del rostro de Richard, se le movían al ritmo de la respiración. El joven sintió un suave cosquilleo que le llegaba a la punta de los pies y volvía a subir de nuevo. Era una sensación ligeramente incómoda aunque sin ser desagradable y, de hecho, cuanto más duraba, más agradable era.
Cuando Pasha retiró las manos, la ausencia de esa sensación le provocó un momento de angustia. Tuvo las impresión de que el mundo zumbaba y giraba a su alrededor. Richard sacudió la cabeza.
— ¿Qué me has hecho?
— Simplemente he dejado que mi han conociera tu rada’han. —Pasha parecía algo mareada. Tragó saliva al tiempo que una lágrima le corría por la mejilla—. Y también parte de tu han, tu esencia.
Pasha dio media vuelta. Richard se levantó.
— ¿Significa eso que siempre sabrás dónde estoy, a través del collar que llevo?
La joven asintió débilmente mientras cruzaba lentamente la alcoba.
— ¿Cuáles son tus preferencias en cuanto a comida? —le preguntó, ya con voz normal—. ¿Deseas algo especial?
— Bueno, no como carne.
Pasha se detuvo de golpe.
— Es la primera vez que oigo algo así.
— Y el queso ya no me gusta, creo.
Tras unos instantes de reflexión, la joven siguió paseándose.
— Se lo diré a los cocineros.
Richard estaba trazando un plan en su cabeza y Pasha no formaba parte de él. Tenía que deshacerse de ella.
La novicia se acercó a un ropero alto de madera de pino. Estaba lleno de elegantes prendas: pantalones de un suave tejido, al menos una docena de camisas en su mayoría blancas y algunas con volantes, así como abrigos y mantos de todos los colores.
— Son tuyas —dijo Pasha.
— Si a todo el mundo le sorprendió tanto que fuese un hombre adulto, ¿cómo es que son de mi talla?
Pasha observó las diversas prendas, palpando los tejidos. Entonces eligió algunas y las sacó para verlas mejor.
— Alguien debía de saberlo. Supongo que Verna lo comunicó.
— La hermana Verna.
— Lo siento, Richard, pero ahora es sólo Verna —se disculpó Pasha, volviendo a colgar un sobretodo negro y sacando una camisa blanca—. ¿Te gusta?
— No. Me sentiría ridículo llevando ropas tan recargadas.
Pasha sonrió con coquetería.
— Pues a mí me parece que estarías muy guapo. Claro que, si no te gustan, tienes monedas en esa mesa de allí. Te llevaré a algunas tiendas de la ciudad para que compres lo que más te guste.
Richard echó un vistazo a la mesa con el tablero de mármol. Sobre ella vio un cuenco con monedas de plata y, al lado, otro lleno a rebosar con monedas de oro. Ni trabajando toda la vida como guía de bosque llegaría a ganar ni la mitad de todo ese oro.
— No me pertenece.
— Claro que sí. Eres nuestro invitado y, como tal, tenemos el deber de proporcionarte todo lo que necesites. Cuando te lo gastes, te daremos más. —Pasha eligió un manto con brocado dorado en hombros y puños. Al contemplarlo, sus ojos se iluminaron—. Richard, éste te quedaría soberbio.