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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Todos se echaron a reír, incluidas las mujeres, a quienes no se impidió compartir aquella leve obscenidad.

– En la familia de Lucio Cornelio también puede haber gemelos -añadió Mario, enjugándose los ojos.

– ¿Por qué lo dices? -inquirió Rutilio Rufo, figurándose que se trataba de otro chismorreo.

– Pues porque, como bien sabéis, aunque se ignore en Roma, ha vivido un año entre los cimbros y tiene una esposa querusca, llamada Germana, que le dio gemelos.

– ¿Cautiva y muerta? -inquirió Julia, ya muy seria.

– ¡Edepol, no! La devolvió a su tribu en Germania antes de regresar con nosotros.

– Un individuo muy raro, ese Lucio Cornelio -dijo Rutilio Rufo, pensativo-. No está muy bien de la cabeza.

– Pues por una vez te equivocas, Publio Rutilio -replicó Mario-. No conozco a nadie que la lleve tan firme sobre sus hombros como Lucio Cornelio. En realidad, creo que es el futuro hombre de Roma.

– Desde luego, se volvió como un rayo a la Galia itálica después del triunfo -dijo Julia con una risita-. El y mi madre no dejan de pelearse, y cada vez más.

– Bueno, es comprensible -dijo Mario con sorna-. Tu madre es la única persona de este mundo capaz de atemorizarme.

– Marcia es encantadora -añadió Rutilio Rufo, soñador-. Por lo menos en los viejos tiempos daba gusto mirarla -se apresuró a añadir.

– No cabe duda que ha hecho todo lo que ha podido por encontrarle a Lucio Cornelio otra esposa -dijo César.

Rutilio Rufo casi se atraganta con un hueso de ciruela.

– Bien, estuve cenando en casa de Marco Emilio Escauro el otro día -añadió con tono de maliciosa complacencia-, y si no hubiese sido ya esposa de otro, habría apostado algo a que Lucio Cornelio habría encontrado cónyuge por sí solo.

– ¡No me digas! -exclamó Aurelia, inclinándose en la silla-. ¡Vamos, tío Publio, cuéntanoslo!

– Pues nada menos que la pequeña Cecilia Metela Dalmática -contestó Rutilio Rufo.

– ¿La esposa del mismísimo príncipe del Senado? -cacareó Aurelia.

– Eso es. Lucio Cornelio la miró nada más presentársela, se puso más rojo que su cabellera y se pasó toda la cena embobado sin dejar de mirarla.

– No puedo ni imaginármelo -dijo Mario.

– ¡Pues imagínatelo! -replicó Rutilio Rufo-. Hasta Marco Emilio lo notó; bueno, claro, ahora está con su pequeña Dalmática como una gallina clueca con un pollito. Así que la mandó en seguida a la cama en cuanto acabamos el primer plato. Y ella, con aire de gran decepción y dirigiendo una mirada de tímida admiración a Lucio Cornelio, derramó el vino al retirarse.

– Mientras no derrame el vino en el regazo… -comentó Mario.

– ¡Oh, no, otro escándalo no! -exclamó Julia-. Lucio Cornelio no puede permitirse otro escándalo. Cayo Mario, ¿no podrías decirle algo?

Mario adoptó esa actitud molesta que se da en un marido cuando su esposa le pide algo poco masculino e impropio de él.

– ¡Desde luego que no!

– ¿Por qué? -inquirió Julia, que consideraba lógica su petición.

– ¡Porque la vida privada de un hombre es cosa de él, y no le iba a gustar que metiese la nariz en sus cosas!

Tanto Julia como Aurelia hicieron un gesto de desagrado.

En su habitual papel de moderador, César lanzó un carraspeo.

– Como Marco Emilio Escauro tiene aspecto de aguantar otros cien años hasta que lo mate un hacha, no creo que tenga que preocuparse mucho de Lucio Cornelio y de Dalmática. Tengo entendido que Marcia ya ha elegido candidata y que Lucio Cornelio ha aceptado, así que en cuanto regrese de la Galia itálica recibiremos invitaciones de boda.

– ¿De quién se trata? -inquirió Rutilio Rufo-. ¡A mí no me ha llegado un solo rumor!

– Elia, la hija única de Quinto Elio Tubero.

– Ya no es ninguna niña, ¿no? -inquirió Mario.

– Treinta y tantos; la misma edad que Lucio Cornelio -contestó apaciblemente César-. Por lo visto él no quiere más niños; por eso Marcia pensó que una viuda sin hijos era ideal. Es una dama bastante guapa.

– De una buena familia -añadió Rutilio Rufo-. ¡Y rica!

– Pues me alegro por Lucio Cornelio -dijo Aurelia, satisfecha-. ¡No lo puedo evitar, yo le aprecio!

– Todos le apreciamos -añadió Mario, dirigiéndole un guiño-. Cayo Julio, ¿no te da celos esa admiración confesada?

– Bah, tengo rivales más serios por el afecto de Aurelia que simples patricios legados -contestó sonriente César.

– ¿Ah, sí? ¿Quién? -inquirió Julia.

– Se llama Lucio Decumio, y es un hombrecillo mugriento de unos cuarenta años, de piernas delgadas, cabello grasiento y que apesta a ajo -contestó César, cogiendo el plato de frutos secos para elegir la pasa más grande-. Me llena la casa de espléndidos ramos de flores, de la estación o exóticas, a Lucio Decumio igual le da; envía un cargamento cada tres o cuatro días. Y no hace más que visitar a Aurelia dándole una coba asquerosa. En realidad está tan encantado con nuestro futuro retoño, que a veces me pregunto…

– ¡Ya está bien, Cayo Julio! -exclamó Aurelia riendo.

– ¿Y quién es ese hombre? -inquirió Rutilio Rufo.

– El vigilante o lo que sea de ese colegio de la encrucijada que Aurelia está obligada a aguantar sin cobrar alquiler -contestó César.

– Lucio Decumio y yo tenemos un trato -dijo Aurelia, arrebatándole a César la pasa que estaba a punto de llevarse a la boca.

– ¿Qué trato? -inquirió Rutilio Rufo.

– Respecto a su zona de actuación; quedando excluido el vecindario,

– ¿Qué actuación?

– Es que es un asesino -contestó Aurelia.

Cuando Saturnino presentó su segunda ley agraria, la cláusula que estipulaba lo del juramento sonó como un trueno en el Foro; no fue un rayo de Júpiter Tonante, sino un trueno aciago de los antiguos dioses, los verdaderos, los dioses sin rostro, los numina. No sólo se exigía un voto a los senadores, sino que en lugar del juramento tradicional en el templo de Saturno, la ley de Saturnino estipulaba que el voto se efectuara al aire libre en el templo sin techumbre de Semo Sancus Dius Fidius, en el bajo Quirinal, en el que el dios sin rOstrO y sin mitología contaba con la sola imagen de Caya Cecilia -esposa del rey Tarquino Prisco de la antigua Roma- humanizando el recinto. Y las deidades en cuyo nombre se efectuaba el juramento no eran las grandes deidades del Capitolio, sino las modestas numína sin faz auténticamente romanas, los Di Penates Publici, guardianes de la bolsa y la despensa públicas, los Lares Praestites, guardianes del Estado, y Vesta, guardiana de la tierra. Nadie conocía su aspecto ni de dónde procedían, ni siquiera el sexo que tenían. Constituían una presencia y tenían gran importancia porque eran romanas. Eran los símbolos públicos de los dioses más privados, las deidades que presidían la familia, la más sagrada de todas las tradiciones romanas. Ningún romano podía jurar por esas divinidades ni romper su juramento, pues ello habría supuesto acarrear la ruina, el desastre y la desintegración de su familia, su casa y su bolsa.

Pero la mentalidad legalista de Glaucia no confiaba únicamente la ley al temor sin nombre de los numina innominables; para dar empaque al voto, la ley de Saturnino especificaba que a los senadores que se negasen a jurar no se les daría fuego ni agua en toda Italia, se les impondría una multa de veinte talentos de plata y quedarían despojados de su ciudadanía.

– El inconveniente es que aún no hemos llegado lo bastante lejos con la rapidez necesaria -dijo Metelo el Numídico a Catulo César, al pontífice máximo Ahenobarbo, a su hijo Metelo, a Escauro, a Lucio Cota y a su tío Marco Cota-. La Asamblea de la plebe aún no está madura para deshacerse de Cayo Marío y aprobará la ley. Y se nos obligará a jurar -añadió con un estremecimiento-. Y si juro, tendré que mantener el juramento.

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