El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
No es que la vida en el Subura preocupara excesivamente a Aurelia, porque ella se desenvolvía en una gruta fresca, a salvo de la canícula gracias al verdor del jardín y a los gruesos muros de su ínsula. Cayo Matio y su esposa Priscila estaban en igual situación, debido al embarazo de ésta, que esperaba el niño por las mismas fechas que Aurelia.
Las dos mujeres estaban muy bien cuidadas. Cayo Matio iba y venía solícito y Lucio Decumio se asomaba a diario para ver si todo iba bien; seguía mandando flores, y desde el comienzo del embarazo las acompañaba con pequeños obsequios o dulces, especias exóticas, cualquier cosa que él considerase idónea para mantener el apetito de su apreciada Aurelia.
– ¡Ni que hubiera tenido un aborto! -dijo ella en broma a Publio Rutilio Rufo, otro visitante habitual.
El niño, Cayo Julio César, nació el decimotercer día de Quinctilis y, por consiguiente, el nacimiento se registró en el templo de Juno Lucina, por haber tenido lugar dos días antes de los idus de julio, con categoría patricia y condición senatorial. Era muy larguirucho y pesó algo más de lo que parecía, pero también era muy fuerte, solemne y tranquilo y poco dado a llorar; era tan rubio que el pelo casi no se le veía, aunque, mirándole de cerca, se observaba que lo tenía en abundancia, y sus ojos, nada más nacer, eran de color verde azulado claro, circundados de un azul tan oscuro que parecía negro.
– Vaya personalidad la de vuestro hijo -comentó Lucio Decumio, mirando fijamente el rostro del niño-. ¡Mirad esos ojos! ¡Seguro que asustas a tu abuela!
– ¡No digas esas cosas, verruga insoportable! -gruñó Cardixa, que adoraba al varón recién nacido.
– Déjame que le vea los bajos -dijo Lucio Decumio, agarrando con sus mugrientos dedos los pañales-. ¡Oooh, ajá, ajá! -exclamó satisfecho-. ¡Lo que me imaginaba! ¡Nariz grande, pies grandes y buena picha!
– ¡¡Lucio Decumio!! -exclamó Aurelia, escandalizada.
– ¡Ya está bien! ¡Fuera! -chilló Cardixa, agarrándole por el pescuezo y dejándole en la calle como si se tratase de un gatito.
Sila pasó a ver a Aurelia casi un mes después del nacimiento del niño, le dijo que era el único de la familia que quedaba en Roma y que perdonara si molestaba.
– ¡Ni mucho menos! -contestó ella, encantada de verle-. Espero que te quedes a cenar, o si hoy no puedes, tal vez mañana. ¡Me aburro mucho sola!
– No puedo -dijo él sin circunloquios-. Sólo he vuelto a Roma para ver a un viejo amigo que acaba de caer enfermo de fiebres.
– ¿Quién es? ¿Le conozco? -inquirió Aurelia, más por cortesía que por curiosidad.
Pero, por un instante, fue como si hubiese preguntado algo inoportuno o indebido; la expresión de Sila suscitó en ella mucho más interés que la identidad del amigo enfermo, por aquel gesto sombrío, abrumado y pesaroso. Fue un breve instante, seguido de una de sus sonrisas.
– Dudo que le conozcas -dijo-. Se llama Metrobio.
– ¿El actor?
– El mismo. En los viejos tiempos conocí a mucha gente del teatro; antes de casarme con Julilla y entrar en el Senado. Un mundo muy distinto -dijo, vagando con sus extraños ojos fulgurantes por la habitación-. Más parecido a éste, pero más vil. ¡Qué divertido! Ahora me parece un sueño.
– Parece como si lo lamentaras -dijo Aurelia con voz amable.
– No, qué va.
– ¿Y se pondrá bien, tu amigo Metrobio?
– ¡Claro! Sólo son unas fiebres.
Siguió un silencio algo incómodo, que él rompió sin decir nada, levantándose y dirigiéndose al espacio abierto que era como una ventana al patio.
– Es un jardín precioso.
– Eso creo yo.
– ¿Y tu hijo? ¿Cómo está?
– Ahora lo verás -contestó ella sonriente.
– Estupendo -dijo Sila, sin dejar de contemplar el patio.
– Lucio Cornelio, ¿va todo bien? -inquirió Aurelia.
Sila se volvió sonriendo, y ella pensó en lo atractivo que era, de un modo poco corriente. Y qué ojos tan desconcertantes, tan luminosos y circundados de oscuridad. Igual que los de su hijo. Y, sin saber por qué, la idea le hizo estremecerse.
– Sí, Aurelia, todo va bien.
– Ojalá me dijeras la verdad.
Él abrió la boca para contestar, pero en aquel momento entró Cardixa con el heredero del apellido César.
– Ibamos al cuarto piso -dijo la criada.
– Muéstraselo a Lucio Cornelio, Cardixa.
Pero a Sila sólo le interesaban sus propios hijos, así que se limitó a mirar con detenimiento la cara del retoño y luego dirigió la vista hacia Aurelia a ver si estaba satisfecha.
– Puedes irte, Cardixa -dijo la madre, con gran alivio de Sila-. ¿A quién le toca hoy?
– A Sara.
Aurelia se volvió hacia Sila, sonriendo con toda naturalidad.
– Desgraciadamente no tengo leche y al niño le dan el pecho en los pisos. Es una de las grandes ventajas de vivir en un sitio tan grande como una insula, en la que siempre hay por lo menos media docena de mujeres dando el pecho; todas amamantan a mis hijos.
– De mayor querrá a todo el mundo -dijo Sila-, porque me imagino que tienes inquilinos de todo el orbe.
– Así es; resulta muy interesante.
Sila volvió a mirar al patio.
– Lucio Cornelio, es como si no estuvieses aquí -añadió Aurelia en amable reproche-. Algo sucede. ¿No puedes contármelo? ¿O es uno de esos asuntos estrictamente de hombres?
Sila tomó asiento en un sofá frente al de ella.
– Es que nunca tengo suerte con las mujeres -contestó de pronto.
– ¿En qué sentido? -inquirió Aurelia, sorprendida.
– Con las mujeres que… amo. Con las mujeres con quienes me caso.
Qué curioso: le resultaba más fácil hablar del matrimonio que del amor.
– ¿Pero ahora de qué se trata? -inquirió ella.
– Oh, un poco de ambas cosas. Enamorado de una y casado con otra.
– ¡Oh, Lucio Cornelio! -dijo Aurelia mirándole con verdadera complacencia y sin un ápice de deseo-. No voy a pedirte nombres, porque en realidad no quiero saberlos, pero me has planteado un dilema y trataré de contestar.
– No hay mucho que decir -replicó él encogiéndose de hombros-. Me he casado con Elia, elegida por mi suegra. Después de Julilla, quería una matrona romana cabal, alguien como Julia o como tú, si fueses mayor. Cuando Marcia me presentó a Elia, pensé que era la mujer ideaclass="underline" tranquila, apacible, con buen humor, atractiva, una buena persona. Y pensé: ¡Estupendo! Por fin tengo esa mujer romana que quiero. No puedo amar a cualquiera, así que me caso con alguien que me gusta.
– Tengo entendido que tu mujer Germana te gustaba -dijo Aurelia.
– Sí, mucho. Aún hay cosas en que la echo de menos. Pero ella no es romana y de nada puede servirle a un senador, ¿no crees? En fin, pensé que Elia acabaría siendo muy parecida a Germana -dijo con una seca carcajada-. ¡Pero me equivoqué! Resultó que Elia es aburrida, vulgar. Muy buena persona, sí, pero un rato en su compañía y bostezo.
– ¿Es buena con los niños?
– Muy buena; no puedo quejarme -contestó con otra carcajada-. Si la hubiera contratado como niñera, sería ideal. Adora a los niños y ellos la idolatran.
Hablaba como si ella no existiera, como si no importara que le oyera, como si fuese un simple pretexto para expresar en voz alta sus pensamientos.
– Nada más regresar de la Galia itálica, Escauro me invitó a cenar a su casa -prosiguió-. Me sentí en cierto modo halagado, aunque no sin reservas, porque pensé si no estaría todo el clan de Metelo para intentar apartarme de Cayo Mario. Y allí fue donde la conocí, a la pobre: la esposa de Escauro. ¡Por todos los dioses!, ¿por qué tenían que casarla con Escauro? ¡Puede ser su abuelo! Dalmática es su nombre; para tener metidas en cintura a los centenares de Cecilias Metelas. Nada más verla, la amé. Al menos, creo que es amor, aunque también es compasión; pero no dejo de pensar en ella, y eso quiere decir que es amor, ¿no? Esta encinta. ¿No te parece repugnante? Naturalmente, a ella nadie le pidió su parecer. Metelo el Meneitos se la regaló simplemente a Escauro como a un niño un dulce. Ha muerto tu hijo, pues toma este premio de consolación. ¡Haz otro hijo! Repugnante. Y, sin embargo, si me conocieran a medias, serían ellos los asqueados. Para mí, Aurelia, son más inmorales que yo, pero ellos nunca lo verán asi.